Inaugurado en 1936 para conmemorar el cuarto centenario de la primera fundación de Buenos Aires, el monumento más emblemático de la ciudad atravesó polémicas, transformaciones y apropiaciones populares hasta convertirse en el gran símbolo urbano de la Argentina.
En diálogo con Horacio Spinetto, el especialista repasó los orígenes, las curiosidades y las historias menos conocidas del monumento ubicado en el cruce de las avenidas Corrientes y 9 de Julio.

“El Obelisco fue construido en 1936 a raíz del cuarto centenario de la primera fundación de Buenos Aires, la de Pedro de Mendoza”, explicó Spinetto. Y agregó: “Se transformó en un edificio símbolo de Buenos Aires, pero tuvo sus idas y venidas”.
Con sus 67,5 metros de altura, el monumento se levantó en un lugar cargado de historia: allí había estado la iglesia de San Nicolás de Bari, demolida en 1931 durante la apertura de la Diagonal Norte. “Era una iglesia muy importante porque en su torre se había izado por primera vez la bandera nacional en la ciudad de Buenos Aires, en 1813”, recordó.
La decisión política de construir el Obelisco estuvo impulsada por el entonces intendente Mariano de Vedia y Mitre, durante la presidencia de Agustín P. Justo. El diseño quedó en manos del arquitecto Alberto Prebisch, uno de los máximos exponentes de la arquitectura moderna en la ciudad y también autor del Teatro Gran Rex.

“Le pidieron que lo construyera rápidamente. Tenían apenas 60 días para hacer la obra”, contó Spinetto. La construcción comenzó el 20 de marzo de 1936 y fue inaugurada el 23 de mayo de ese mismo año. Participaron 157 obreros y se utilizó cemento de endurecimiento rápido para acelerar el proceso.
Según relató el investigador, el propio Prebisch definía al monumento como “una forma simple y honesta”. “Reivindicaba el derecho a utilizar la forma tradicional del obelisco como monumento”, explicó.
Sin embargo, los primeros años no fueron sencillos. El monumento recibió críticas y burlas, e incluso sufrió un importante incidente en 1938, cuando se desprendieron las lajas cordobesas que revestían originalmente su estructura. “Afortunadamente ocurrió de noche”, señaló Spinetto, al recordar que los fragmentos cayeron sobre un palco utilizado horas antes en un acto oficial.

Con el correr de las décadas, el Obelisco dejó atrás las polémicas y pasó a convertirse en escenario central de celebraciones, protestas, campañas y expresiones artísticas. “Se transformó en un punto neurálgico de Buenos Aires”, definió Spinetto.
Entre las intervenciones más recordadas mencionó el árbol navideño instalado en 1973, la campaña “El silencio es salud” de 1975, el enorme preservativo rosa colocado en 2005 por el Día Mundial de la Lucha contra el Sida y la obra del artista Leandro Erlich, que simuló “cortar” la punta del monumento mediante una ilusión óptica.
También recordó las palabras del escritor español Ramón Gómez de la Serna, quien definió al Obelisco como “el hijo de la Pirámide de Mayo”. “Decía que, como todo hijo, era más alto que la madre”, relató entre risas.
Para Spinetto, el Obelisco mantiene intacta su potencia simbólica y turística. “Cualquier provinciano que llega por primera vez a Buenos Aires se saca una foto con el Obelisco. No hay vuelta de hoja”, afirmó.

El especialista también destacó las inscripciones históricas presentes en las cuatro caras del monumento. Una de ellas recuerda que en ese sitio se izó por primera vez la bandera argentina en la ciudad. Otra rememora la federalización de Buenos Aires y una tercera homenajea la segunda fundación realizada por Juan de Garay.
Además, sobre una de sus caras puede leerse un pequeño poema de Baldomero Fernández Moreno dedicado al Obelisco. “Lo escribió en una servilleta durante una cena homenaje a Prebisch y se lo entregó a la esposa del arquitecto”, contó.
A nueve décadas de su inauguración, el Obelisco sigue siendo la imagen más reconocible de la ciudad. “Es la postal básica de Buenos Aires. Su ubicación es privilegiada y evidentemente es un símbolo porteño. No cabe la menor duda”, concluyó Spinetto.