Dos años y medio después de la inauguración del (des)gobierno libertario sobran las evidencias para pensar que, lejos de venir a terminar con la “casta” político económica que desde el fin de la dictadura deterioró sin pausa los fundamentos de la democracia y de la república, lo que esta gestión consiguió es revalidarla, fortalecerla y unirse a ella. Figuras nefastas de esa casta están en el gobierno, y no en funciones menores, forman parte del oficialismo parlamentario y hacen fabulosos y a menudo turbios negocios bajo la mirada, la aprobación o el aliento del gobierno. Nadie en esa asociación de intereses, en la que ni los escrúpulos ni el bienestar de la sociedad son prioritarios, pagó los costos de un ajuste dogmático, impiadoso y estéril en cuanto a frutos visibles para el bien colectivo. Por el contrario, los precios sociales, económicos y laborales fueron solventados con sudor, lágrimas, decepción, depresión y desaliento por los sectores más débiles y menos protegidos de la sociedad.
Mientras a la casta, de por sí obesa e inmutable, se sumaba una generación de integrantes libertarios con una voracidad digna de famélicos y una impudicia propia de quien no quiere perder ni una miga del pastel, la motosierra mutilaba miembros y órganos esenciales para la vida de cualquier país que se proponga darse un porvenir: atacaba a la salud, la educación, el trabajo, la infancia, el cuidado de los vulnerables. A una grieta ideológica como la fomentada por los gobiernos kirchneristas se le sumó un abismo cavado a fuerza de inmoralidad. De un lado los que tienen, acumulan, engordan y exhiben desvergonzadamente, y del otro los que carecen, pierden y ven esfumarse lo conseguido en años de esfuerzo y dedicación.
Si en la génesis del liberalismo fueron fundamentales el respeto por los derechos civiles y políticos, la igualdad de oportunidades como sostén de la auténtica libertad (sin carajos), la tolerancia, el respeto hacia la dignidad del otro y el fortalecimiento de los pilares republicanos, en el libertarismo (cuyo parentesco con el liberalismo es ficticio) prevalecen el individualismo egoísta, la indiferencia ante el semejante, la prevalencia del interés propio o de secta y un brutal desprecio por el interés común y el destino colectivo.
Si bien el panorama es sombrío, quizás en los hechos el gobierno libertario, lejos de ser lo opuesto a la perversa decadencia de un régimen como el anterior, es el grotesco canto del cisne de una etapa histórica que lo incluye. Aunque no sepamos todavía qué viene después. Eso lo decidirá la sociedad en la medida en que no finja demencia (una vez más).
Entrevistado en el diario La Nación por la periodista Laura Ventura el sólido y reconocido historiador inglés Antony Beevor explicó cómo, en el momento del ocaso de sus regímenes, ciertos reyes, dictadores o mandatarios se aferran a formas espurias de espiritualidad. Creen hablar con seres muertos, afirman recibir mensajes divinos, se ven a sí mismos como reencarnaciones de figuras bíblicas o mitológicas. En la Argentina ya hemos asistido a la imaginaria reencarnación de una faraona egipcia (hoy en presidio domiciliario) y nos encontramos ahora ante un dúo que se autopercibe como la resurrección de Moisés y de Aarón, su hermano mayor. Mientras esto ocurre entre arrebatos de furia, insultos a diestra y siniestra, brotes emocionales inquietantes de la figura presidencial y otras cuestiones muy poco espirituales, en simultáneo, y a cielo abierto, se produce una rebelión en la granja de la casta libertaria que, si no coincidiera con una devastación económica y social, resultaría desopilante.
*Escritor y periodista.