martes 21 de septiembre de 2021
SOCIEDAD Saskia Sassen
03-05-2007 19:04
03-05-2007 19:04

"Los políticos no entienden casi nunca las dinámicas urbanas"

La socióloga holandesa, criada en la Argentina y especialista en planeamiento urbano, analiza las consecuencias de la globalización en la conformación de las ciudades modernas. Cómo el dinamismo económico, que renovó la estructura de Buenos Aires en los 90, generó miseria en las viejas clases medias.

03-05-2007 19:04

—¿Qué entiende por nueva economía?
—Es un concepto muy ambiguo, porque nuevas economías han pasado por todos los siglos. Pero en el contexto actual, es aquella que usa de manera muy intensa las nuevas tecnologías de la digitación; tanto para cuestiones de redes interactivas como de software de servicios que se pueden vender. Y refiere también a cómo eso se va expandiendo y va alterando sectores de la economía. Sectores que quizás están produciendo algo que no es digital, sí, pero en cuyo proceso de producción, distribución, o de ejecución, este componente está presente. Hay muchas modalidades a través de las cuales este fenómeno afecta a las distintas ciudades.

—Muchas ciudades modernas se conformaron a partir de la industrialización. ¿Cómo afecta la nueva economía a las ciudades? Por otra parte, ¿cuáles son realmente las que se ven afectadas?
—Esta nueva modalidad de producción y distribución, que usa esta nueva tecnología, forma parte de todos los sectores económicos. Y afecta a distintas ciudades en una variedad de modos. Con estas tecnologías, algunas de las viejas lógicas que explicaban la aglomeración urbana dejan de tener tanto peso.

—Una nueva tendencia de urbanización...
—En realidad, la mitad de la tendencia. La otra es que, para ciertos sectores, especialmente los de punta, la posibilidad de la dispersión geográfica de sus actividades genera una necesidad contraria. Es decir, una necesidad de funciones de comando que, irónicamente, implica una reterritorialización, una nueva lógica de aglomeración. Para ciudades más pequeñas, esa tendencia puede tener múltiples consecuencias. A distinta escala, esta tendencia es una mezcla de dispersión geográfica y reterritorialización en forma de aglomeración urbana de ciertas actividades de punta. Eso se evidencia en muchas ciudades, también en las que no tienen nada que ver con la globalización, porque encuentran esas dinámicas a nivel de su economía nacional.

—Cada vez más ciudades se lanzan, a veces de manera precipitada, a construir edificios-emblemas, encarar importantes transformaciones urbanas y organizar grandes eventos. Hay quienes dicen que esto es indispensable para atraer inversiones y hacer una “ciudad global”.
—Sólo es una cuestión de una fase. Cuando desarrollé este modelo corría la década del 80 y eso se empezaba a vislumbrar en ciudades como Nueva York o Londres, que sufrían la bancarrota, y todas las predicciones de que estaban terminadas. Y en los 80 vemos una serie de intervenciones que restablecen el espacio urbano a unos precios muchos más altos. Ahora bien, lo que yo no me esperaba era que esa dinámica se diera en los 90 también en Beirut, en Buenos Aires, en todo el mundo.

—¿Una dinámica necesaria, entonces?
—Yo lo plantearía, más bien, por medio de dos cuestiones. La primera: si es necesaria para el desarrollo urbano en esta época. Porque todo tiene su historicidad, aquí nada es eterno, de la misma forma que la crisis fiscal de aquellas ciudades no duró para siempre. Dentro de esta historicidad, ¿es necesario para el desarrollo urbano o es un posible modelo que genera rentas para un suficiente número de sectores del poder que lo ven atractivo? Este tipo de inversiones se da por todo el mundo, de forma impresionante. Esta noción del edificio más alto, de arquitectura que refleja el poder simbólico, es en ciertos casos una especie de modelo, que también se observa en ciudades asiáticas. Por otro lado, hay una expansión de un cierto tipo de firma, de empresa, y de un cierto tipo de trabajador (de oficina, de alto nivel profesional) que tienen una capacidad de renta enorme, que se encuentran en un mercado global competitivo, y para los cuales estar en determinadas ciudades, en determinado edificio, etcétera... importa. Forma parte de un ambiente espeso que mezcla cuestiones simbólicas con cuestiones de necesidad real. Aunque no creo que sea sólo de necesidad.

—Algunos critican que las ciudades globales están más conectadas y complementadas entre ellas que con su entorno, al que le dan la espalda.
—Eso es una tendencia básica muy importante, lo cual no significa que opera con la misma intensidad en todos lados. Nueva York o Londres representan ese caso. O sea, que no importa demasiado lo que pasa en el entorno, no importa demasiado la economía regional. Pero en ciudades que pertenecen al nivel subglobal, observamos una exageración del papel de la ciudad principal –esto es: del centro financiero y comercial–, que nos recuerda al viejo colonialismo. Esas ciudades articulan un espacio económico nacional con los circuitos globales. Así, con la globalización, especialmente en el Sur, en la década de los noventa, se vuelve a ese tipo de articulación.

—¿Como pasa con Buenos Aires?
—En la urbanística clásica se entendía que la jerarquía urbana integraba al territorio nacional. Entonces, cuando una ciudad como Buenos Aires se vuelve ciudad global como lo hizo en los 90, integra el territorio nacional, con un objetivo muy estrecho y con formas especializadas de articulación. Formas que llevan a la extracción de valores de la economía nacional y su inserción en circuitos globales... y vaya uno a saber adónde para la renta. Puede hacerlo en Nueva York, en inversiones argentinas en España. Se trata de un aspecto muy problemático, una nueva versión, con diferencias, de esas viejas pautas del colonialismo. En Argentina siempre hablábamos de cómo las redes de ferrocarriles tenían como intención conectar al interior con Buenos Aires en vez de conectarse entre ellas. Ahora, eso pasa otra vez.

—¿Y cómo desempeña, por ejemplo Buenos Aires, ese papel de ciudad global en el contexto nacional?
—Hay que pensar en esos centros financieros, y las finanzas en general, no simplemente en términos de flujo de dinero, sino como actores con la capacidad de volver líquidos valores económicos que en el pasado pensábamos que eran sólidos y, una vez vueltos líquidos, pueden circular como instrumentos financieros en circuitos globales. Por ejemplo, antes, si tenías la propiedad de un edificio, sobre lo que tenías propiedad era sobre la construcción en sí. Ahora existe el instrumento financiero que representa al edificio. Uno tiene propiedad sobre ese instrumento, al que puede vender y comprar de nuevo, y lo puede hacer en cualquier lado del mercado global. Buenos Aires cumple una función enormemente sofisticada en ese trabajo de licuar, que se da tanto a través de profesionales y empresas argentinas como de filiales de compañías extranjeras.

—Podríamos afirmar que las ciudades globales son aquellas que han logrado adaptarse a la economía globalizada y donde se sitúan los principales actores del poder que manejan el capitalismo global.
—Son nodos de ajuste de este sistema. Un ajuste que conlleva la reinvención del espacio central, y que puede estar en el centro mismo o, como en el caso de Argentina, en una región metropolitana. Ese ajuste implica toda una revalorización del entramado urbano y un desplazamiento de quienes no entran en esta modalidad. Para mí, la ciudad global tiene dos funciones productivas: una, la de facilitar y manejar parte de lo que llamamos “la economía global”, la cual no existe simplemente en los mercados electrónicos sino que nace en esas urbes. Esa red de 40 ciudades globales que surge en los 90 cumple la función de expandir la economía global. No responde a una decisión de los jefes urbanos de esas ciudades. La segunda función es política en dos sentidos: desestabiliza viejas políticas de clase y genera nuevas modalidades políticas.

—¿Por ejemplo?
—Emergen dos actores estratégicos. La ciudad global representa un momento en la trayectoria del capital globalizado donde ese capital tan electrónico, poderoso, elusivo, invisible, se vuelve hombres y mujeres, y se convierte en una necesidad de edificios y de infraestructura. En tanto, se vuelve hombres y mujeres que lo quieren todo en el circuito de las oficinas de producción y también en el de reproducción social. Esa fuerza enorme, privada, se materializa. Se vuelve, hablando en términos marxistas, fuerza social; una fuerza social muy distinta de la vieja burguesía. Junto a ésta, hay una segunda fuerza social emergente: un nuevo plantel de trabajadores, que incluye empleados muy vulnerables, a menudo migrantes o inmigrantes, mujeres, ciudadanos minimizados. Trabajadores desprotegidos, que ocupan una posición sistémica, porque también son parte de las dinámicas de la globalización. Ellos también logran emerger, forman esa especie de lo que Marx llamaba el lumpen, aunque conforma un error verlo como tal, ya que constituyen una nueva fuerza social.

—¿Cómo conviven estas dos fuerzas sociales?
—Las luchas son, más bien, microsociales, donde hay mucho anarquismo: los que ocupan casas; la defensa de sectores de bajo nivel social para que sus espacios no se vuelvan apartamentos de lujo, lo cual implicaría su desplazamiento; la lucha contra policías que intentan limpiar una parte de la ciudad para que se vuelva más manejable para un nuevo circuito social, como ocurrió en Río de Janeiro o San Pablo. Esas son microluchas políticas donde este capital globalizado se confronta. Y muchas de las formas de violencia que vemos en la ciudad expresan esa lucha política. La ciudad global conforma un espacio que también genera esos actores políticos, no simplemente refiere a un aspecto de la economía global.

—Cabe preguntarse sobre si la aparición de estos nuevos actores políticos exige una reformulación de las instituciones de gobierno.
—En muchas de estas ciudades, el gobierno no se ha comportado brillantemente. Pascual Maragall, cuando fue alcalde de Barcelona, supo cómo manejar esto: si bien no eliminó la desigualdad, la manejó de una manera que permitió una redistribución de los beneficios. La Buenos Aires de los 90, donde hubo un dinamismo económico espectacular a nivel urbano, generó una miseria en las viejas clases medias. Surgieron profesionales de mucho ingreso, se embelleció y renovó parte de la estructura de la Ciudad, pero no hubo distribución de beneficios. Ese es uno de los grandes problemas de gobiernos nacionales y locales, dependiendo de qué parte del mundo se está hablando. Y responde a que los políticos no entienden casi nunca las dinámicas urbanas.

—Las desigualdades de la globalización neoliberal son cada vez mayores. El sociólogo catalán Manuel Castells dice que si se sigue esta tendencia terminaremos viviendo en universos paralelos. ¿Exagera?
—Ya hay un poco de esto. De hecho, la ciudad global no es la descripción de toda una ciudad, sino un modelo analítico que trata de captar ciertas dinámicas urbanas estratégicas y los espacios en los cuales éstas se materializan. Así, hay muchas partes de la ciudad que no aparecen en esas dinámicas, casos muy extremos, como el barrio Bronx, en Nueva York, donde la miseria es enorme. Pero opino muy diferente a Castells, en cuanto a que, volviendo a la función política, encuentro que algunas de estas clases de trabajadores, medio lúmpenes, tienen una posición sistémica dentro del espacio económico que conforma la ciudad global. Un lugar que los posiciona como actores políticos, como parte del capitalismo avanzado globalizado. Como el código que utilizamos no nos permite captar esta conexión, hay que refutar el código. ¿Cómo el inmigrante que no habla inglés en Nueva York puede ser parte del sector avanzado? ¿Cómo puede serlo del sector globalizado? Y sí, puede serlo. De hecho, lo es. Pero para entenderlo hay que trazar cuáles son los circuitos que conectan estos mundos económicos con las finanzas globalizadas. Aunque parecen ser mundos paralelos, forman todos parte del capitalismo actual.

—Existe un discurso muy fuerte que señala que la globalización es un proceso “inevitable”. Y sus detractores la explican como una excusa que ayuda a concentrar poder. ¿Otra globalización, más justa, es posible?
—Emerge una globalización de sectores sociales donde se ubican los movimientos de Porto Alegre, los activistas del medio ambiente, los de los derechos humanos... Emerge una globalización que es política, de resistencia, de ciertas formas de acción política, pero también de acción social, de acción legal. Hay una serie de proyectos sociales, cívicos, de ley que contesta al neoliberalismo, que lo resiste. Y que, a su vez, se siente como global, no como antiglobal, sino como lo que ahora llamamos la otra globalización. Y es muy importante reconocerlo.

—Otro tipo de globalización que permite esperanzarse...
—Sí. Ahora bien, también hay otra globalización, que es criminal. La de los traficantes de drogas, los de personas, el terrorismo internacional organizado. Mafias que usan las infraestructuras de la globalización para sus objetivos.

*www.revistateina.com

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