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Arte y realidad

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No sabemos con certeza si Andreas Lubitz vio o no vio Relatos salvajes; no sabemos si alcanzó a verla, al igual que tanta gente, o si al final la descartó o se la perdió, al igual que casi nadie. El asunto no cambiará, de todas formas, la suerte ya para siempre adversa del vuelo de Germanwings que Andreas Lubitz copilotaba; y afectará, llegado el caso, tan sólo en parte, la suerte notoriamente venturosa de la película de Damián Szifrón. Lo que bien puede ilustrar, en cambio, y en definitiva es algo que trasciende la circunstancia puntual de una película que triunfa o de un avión que fracasa, es la decisiva cuestión de las relaciones entre arte y realidad.

Porque, según se ha informado por estos días, en algunas salas cinematográficas de Inglaterra en las que Relatos salvajes ha comenzado a proyectarse, se decidió hacer preceder esas proyecciones de cristalinas advertencias acerca de su condición ficcional o acerca de heridas en las susceptibilidades. La célebre provocación esteticista de Oscar Wilde, según la cual “la vida imita al arte”, o las mejores utopías del arte de agitación en procura de afectar las conductas en el mundo, quedan chiquitas al lado de semejantes precauciones (es decir, de semejante confianza): suponer, o dar por cierto, que una determinada película, y por extensión el cine, y por extensión el arte, son capaces de suscitar conductas reales en el mundo real.

Entre nosotros surgieron inquietudes análogas en distintas oportunidades: a propósito de un fuerte encontronazo de ruta entre el conductor de un auto de alta gama y el conductor de una batata casi caduca, o a propósito del posible aumento del número de desquiciados por el sistema de leva de autos con grúa en la Ciudad de Buenos Aires, no faltó quien se preguntara si la exitosa Relatos salvajes (exitosa en el sentido de que acude mucha gente a verla) no estaba provocando consecuencias en lo empírico.

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No obstante, lo ocurrido en estos días asume un carácter más alarmante, más extremo, más internacional: ¿pudo acaso Andreas Lubitz, el copiloto de Germanwings que decidió estampar el Airbus 320 contra los Alpes, inspirarse en el episodio inicial del film de Szifrón? Algunos cines ingleses que hoy lo tienen entre manos parecen conjeturar que sí, o en todo caso deciden abrir el paraguas, lo cual no deja de ser un síntoma. Se atajan por los copilotos que el día de mañana quieran echar abajo su avión contra una cordillera o una casaquinta suburbana.

A mi entender, sin embargo, el caso ficcional de Relatos salvajes y el caso real de Andreas Lubitz son sustancialmente distintos. A Pasternak, el personaje de la película, los pasajeros le interesan muchísimo, de hecho los rastreó y los reunió, constituyen para él toda una colección de sus fracasos en la vida, les otorga tal importancia que hasta está dispuesto a morir con tal de que mueran ellos. ¡Es todo lo contrario de lo que habrá vivido Andreas Lubitz! La experiencia de Andreas Lubitz fue de extrema soledad, y no sólo por la situación de que quedó solo en la cabina. Imbuido en sus desdichas, su malestar, su depresión, agobiado por sus contrariedades y por sus incertidumbres, no pudo pensar más que en sí mismo, en sus ganas de acabar con todo, y en los otros ni reparó. Pasternak era un criminal, y para serlo debió suicidarse; Lubitz era un suicida, y para serlo debió matar. Pasternak tenía un proyecto en la vida, que era justo el de tirar abajo el avión, y hacerlo contra el jardín de sus padres; Lubitz se quedó sin proyecto, creyó que el futuro ya no le deparaba nada, y si tiró abajo el avión fue por eso. Pasternak habrá muerto feliz, feliz como cualquier rencoroso que consuma su venganza; Lubitz se sentía muy desdichado, y se habrá sentido desdichado hasta el final (con un mínimo atisbo de esperanza, con una mínima brecha de ilusión a su alcance, habría abierto “la maldita puerta”).

Quien quiera encontrar una inspiración estética para la terrible decisión de Andreas Lubitz deberá remitirse, en mi opinión, al universo inacabable del romanticismo alemán; para indagar allí lo que puede provocar un paisaje, la inmensidad y la vastedad de la naturaleza imponente, sobre al alma atribulada de un pobre hombre solo.