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Los autómatas

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En su Enciclopedia de historias improbables, cosas exóticas y datos inútiles (existe una traducción al castellano, chapucera pero eficaz, de Charles Albert Zanin), su autor, Jacques de Vaucanson, abunda acerca de la propensión humana a fabricar simulacros, sustitutos o representaciones de cada mundo o persona existente, y se lamenta sobre la esencial insatisfacción que producen la ciencia y la técnica contemporáneas cuando a ese deseo ancestral sólo aportan el arte inmaterial y plano del holograma o de su antecesor inmediato, el cinematógrafo. En su opinión, holograma y film carecen de la íntima realidad de la sustancia física, son un derivado espectral del cuento de fantasmas.

Para ilustrar la diferencia, refiere una anécdota atribuida a René Descartes. Tras la muerte de su hija de 5 años, el filósofo mandó construir una muñeca autómata. Tan unido se sintió a ella que la llamaba Francine, como la difunta, y la llevaba consigo a todas partes. En el curso de un viaje, mientras cruzaba el mar de Holanda, la guardó en un cofre al que le brindaba el mayor de los cuidados. El capitán del barco, intrigado por el contenido, consiguió entrar en su camarote y abrirlo. La muñeca se levantó y mostró sus atónitos ojos de porcelana e incluso dijo unas palabras (la Enciclopedia no consigna si fue la famosa sentencia “Pienso, luego existo”). Erizado de espanto, arrojó el engendro por la borda. Al enterarse de lo acontecido, Descartes enloqueció de ira y compensó su pérdida brindándole la misma suerte al capitán. ¿Sufre un autómata los mismos horrores de un ser vivo cuando se hunde en las aguas? (¿Sufre la carne muerta de un niño cuando un fotógrafo lo acomoda en la orilla de una playa?)

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Es evidente que una cosa que suelta palabras no es un ser que se pregunta por las palabras y las cosas. Pero para Descartes, cosa y ser resultaron lo mismo cuando se trató de compensar un dolor.