Javier Milei en Davos: el espejo del mundo
El presidente argentino busca la validación externa y respaldo del mundo. No obstante, las inversiones, capitales, anuncios y compromisos, no llegan.
Mientras Javier Milei recorre foros internacionales y se exhibe en Davos como un alumno aplicado del liberalismo más duro, lo hace por convicción o por necesidad. Es evidente que el tono del discurso comenzó a moderarse, buscando mostrar sustentabilidad y señales de racionalidad. Tal vez el objetivo sea incentivar inversiones. Pero la realidad es tozuda: no hay una fila de empresarios del mundo disputándose lugares para invertir en la Argentina. No hay avalancha de capitales, ni anuncios estructurales, ni compromisos de largo plazo.
Davos convive, además, con otras preocupaciones: la relación con Brasil, las tensiones regionales, los alineamientos ideológicos y un contexto internacional cada vez más fragmentado. Hay gestos, fotos, aplausos y promesas abstractas. Mucho clima y poco dinero. Mucho relato global y poca economía real.
La relación con Donald Trump funciona, en ese contexto. Milei se alinea, se entusiasma, repite consignas y sobreactúa afinidad. Pero no está claro si lo hace por convicción doctrinaria o porque sigue necesitando financiamiento, respaldo político y legitimidad externa. En la Argentina del ajuste perpetuo, el crédito es poder. Y el poder, hoy, se busca afuera. Mientras tanto, el mundo se resquebraja lentamente, a la espera del resultado de la nueva conformación de fuerzas que plantea la geopolítica global.
Davos ya no es lo que era. Supo ser una reunión del poder económico para ordenar el sistema. Hoy sigue siendo importante, sí, pero es un Davos atravesado por una incógnita de responsabilidad global. Europa vive pendiente del efecto Trump: de sus amenazas comerciales, de su desprecio por los acuerdos multilaterales y de su mirada utilitaria sobre la OTAN y la guerra en Ucrania. América Latina observa con atención, pero también con cautela. Sabe que Trump no invierte: transacciona.
La realidad de este espejo americano es que Donald Trump no está fuerte en su propio país. Hasta hoy, no es favorito claro para las elecciones de medio término. Su liderazgo divide, erosiona y cansa. Por eso muchos observan y esperan para ver cómo evoluciona la Argentina si Trump no logra consolidar poder.
Si se plantea la hipótesis de que la Casa Blanca pueda quedar en manos de un republicanismo más clásico, menos personalista y menos dispuesto a conceder beneficios y ni hablar si regresan los demócratas, la fragilidad de una política exterior basada en afinidades personales queda aún más expuesta.
Javier Milei en Davos: "El socialismo suena lindo, pero termina mal"
La política exterior no puede basarse en gestos de tribuna ni en relaciones personales. Apostar todo a Trump es apostar a una variable inestable. Y hacerlo desde una economía frágil es una temeridad estratégica.
En este juego de espejos, Milei parece haber iniciado el camino de convertirse en un presidente más celebrado afuera que adentro; más aplaudido en foros que respaldado por resultados. Un presidente que habla el idioma que el mundo quiere escuchar, pero que no logra que el mundo apueste de verdad por su país.
La Argentina no necesita devoción ideológica ni obediencia geopolítica. Necesita reglas, previsibilidad, institucionalidad y una política exterior menos dependiente del humor de un solo hombre. Hannah Arendt escribió que el poder auténtico no se impone ni se declama: se construye en común y se sostiene en la realidad.
Cuando un liderazgo necesita del espejo ajeno para confirmarse, algo esencial ya se ha resquebrajado. La Argentina no necesita un presidente famoso. Necesita un presidente responsable. Un país no se sostiene por la fama de su presidente, sino por la solidez de sus instituciones. La fama puede cruzar fronteras; la responsabilidad, no.
ER/as
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