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COLUMNISTAS / Opinión
sábado 9 marzo, 2019

Autoayuda

A veces, yendo de un lado a otro, encontramos un libro especial, un autor que desconocíamos pero que nos habla.

por Quintín

default Foto: CEDOC
sábado 9 marzo, 2019

Un día nos damos cuenta de que no podremos leer todo lo que alguna vez nos propusimos. Tarde comprendemos que la mayoría de los libros que llenan la biblioteca quedarán allí intocados. Marie Kondo, la Gestapo de la limpieza, diría que debemos quedarnos solo con unos pocos imprescindibles. Lo mismo aconsejan algunas personas sabias. De todos modos, el problema interesante no es el destino físico de los libros que ya tenemos, sino uno más bien virtual: el de establecer un programa de lecturas. Dado que no podremos leerlo todo, decidamos en qué nos concentraremos en el futuro.

Cuando era joven leía de un modo aleatorio: lo que me recomendaban, lo que estaba de moda, lo que me caía en las manos. Todavía lo sigo haciendo en buena medida. Pero con la edad me empiezan a pesar los libros malos a los que dediqué demasiadas horas. Pero a veces, yendo de un lado a otro, nos encontramos con un libro especial, con un autor que desconocíamos pero que nos habla. Un autor del que sabemos con anticipada certeza que todos sus libros serán extraordinarios. Nos proponemos, naturalmente, leer toda su obra. A veces es bastante fácil. Por ejemplo, Ricardo Strafacce y Ariel Magnus decidieron leer todo lo que publicó César Aira. Como resultado, aparecieron dos libros curiosos: César Aira, un catálogo e Ideario Aira, donde eligen de cada obra de Aira un pasaje (una página Strafacce, una invención Magnus). Sospecho que lo hicieron para dar cuenta de la tarea cumplida, para dejar constancia de lo que disfrutaron. Otro ejemplo es el de Pierre Léon, cineasta ruso-francés, un enamorado de Dostoievski, que lee su obra entera y, cuando termina, empieza de nuevo.

Pero la cuestión puede complicarse. Hace poco, me intrigó uno de esos libros que tenía sin abrir en la biblioteca: Cuentos de lo extraño (Atalanta, 2011), de Robert Aickman. Me puse a leer y quedé convencido de que debía seguir con todo lo que había escrito. Aickman (1914-1981) fue un cultor de ese género vecino al horror que es común a otros ingleses como Walter de la Mare, Arthur Machen, M.P. Shiel o M. John Harrison. También fue un personaje rarísimo. Publicó 48 cuentos agrupados en distintas colecciones. Una es la que leí, y todos los relatos son obras maestras. Otra colección se llama La aparición (Edhasa, 2011, con prólogo de Matías Serra Bradford) y me está esperando en la mesa de luz. Hay una tercera colección de cuentos en castellano, Las casas de los rusos, también editada por Atalanta. Pero el impulso por traducir a Aickman parece haberse desvanecido antes de agotar los cuentos y de pasar al resto: dos novelas, dos volúmenes autobiográficos y dos libros sobre una gran pasión de Aickman además de la ópera: la Inland Waterways Association, sociedad dedicada a la preservación de las pequeñas vías navegables inglesas (un asunto digno de Tolkien o de William Morris).

Aickman era un genio literario cuya obra permaneció casi desconocida en vida, aunque su calidad es demasiado obvia para que eso haya ocurrido. Hoy, sus ficciones se consiguen, pero las no ficciones son más difíciles. Me pregunto si debería perfeccionar mi inglés, ya que no hay otra manera de leer completo a Aickman. Pero, si lo hago, estoy seguro de que aparecerían muchos más autores imprescindibles que no están traducidos. Y la vida es breve.


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