jueves 29 de julio de 2021
COLUMNISTAS Asuntos internos
04-04-2021 03:51

Daisy Ashford y las muñecas

04-04-2021 03:51

Finalmente, la memoria es un recurso como cualquier otro. Encuentro que de un tiempo a esta parte recurro mucho a la memoria –y no me agrada. No encuentro un placer especial en compartir recuerdos. Entiendo que a muchos les agrade compartirlos: a mí también, pero con poca gente. Y si cedo a mis resistencias y comparto aquí algunos recuerdos es porque, justamente, creo que me lee poca gente.

A fines de los 90 yo dirigía una colección de libros raros, y entre otras joyas se me ocurrió hacer traducir y publicar un libro del que poco antes no sabía nada y que me había regalado mi amigo Damián Tabarovsky porque intuía, con esas intuiciones que tienen cada tanto los mejores amigos, que el libro iba a gustarme. Se llamaba The Young Visiters (Los jóvenes visitantes) y su autora era una británica llamada Daisy Ashford. El título de la novela incluía una pequeña errata (visiters en vez de visitors), cosa que quedaba absolutamente justificada cuando supe que su autora la había escrito teniendo solamente 9 años.

La elección del regalo de mi amigo tenía un sentido subalterno: yo amaba (amo todavía) a George Steiner, y Damián lo odia. Steiner en un ensayo hablaba de un hecho sorprendente: los prodigios existen en muchos órdenes del arte y de la ciencia, en la música, el ajedrez y las matemáticas, pero no en literatura. Damián demostraba con ese regalo que Steiner, “una vez más”, estaba equivocado.  Aunque ese solo caso no hacía más que darle la razón, “una vez más”, a Steiner.

Daisy Ashford, efectivamente, escribió varios relatos entre los 4 y los 12 años. La descubrió J.M. Barrie, el autor de Peter Pan, que era amigo de los padres de Daisy. El libro, como en un tableau vivant cinematográfico, cuenta las entradas y salidas de las visitas en su casa, un desfile de personajes aristócráticos de los que la autora, de un modo un poco improbable, se ríe. 

Como sabía que era una novela que César Aira amaba particularmente le propuse traducirla, y aceptó encantado. No solo aceptó, sino que trabajó con tal celeridad que la pequeña novela estuvo traducida apenas diez días después, y como si esto no bastara, con el agregado encantador de un extenso prólogo escrito por él mismo. 

El misterio a resolver siempre que se habla de Ashford es por qué razón, habiendo nacido en 1881 y muerto en 1972, es decir habiendo vivido 90 años, y habiendo publicado entre 1919 y 1920 sus obras escritas en la niñez, a pesar de varias insistencias, de su editor y de sus amigas (presumiblemente también de su esposo, sir James Devlin), nunca más volvió a escribir. Intentó, poco antes de morir, iniciar una autobiografía, pero renunció al proyecto. 

Todo lo que se conoce de ella es Los jóvenes visitantes y otra novela breve que aún permanece inédita en español, The Hangman’s Daughter (La hija del verdugo), que muchos consideran su obra cumbre, escrita a los 12 años. Aira arriesga a propósito de su negativa a volver a empuñar la pluma una teoría tentadora por lo justa: para Daisy Ashford, escribir era como jugar a las muñecas, el pasatiempo infantil por excelencia entre las niñas británicas de la época victoriana (y no solo victoriana, y no solo británicas,y no solo niñas). 

La explicación dada por Aira resulta no solo justa, sino imbatible, total y brutal. Es fácil imaginar a la adulta Daisy negándose a escribir, haciendo con la mano el gesto del que dice: “No estoy en edad de perder el tiempo en esas cosas”. El tiempo de las muñecas había terminado para ella.