viernes 21 de enero de 2022
COLUMNISTAS Asuntos internos
05-12-2021 02:39
05-12-2021 02:39

De un laberinto a otro

05-12-2021 02:39

En un reciente artículo publicado en la revista New Yorker, Nicola Twilley (Nicola es nombre italiano de hombre que deriva del griego y significa “victoria del pueblo”, pero en Gran Bretaña y en Alemania, probablemente porque termina en “a”, como ocurre con Andrea, otro nombre italiano de hombre, fue adoptado como nombre de mujer: Nicola Twilley es mujer) narra su encuentro con Adrian Fisher, el más grande, tal vez el único, fabricante de laberintos del mundo. La crónica de Twilley prueba varias cosas, pero principalmente dos: que siempre hay un modo de vivir de lo que se ama hacer, si se consigue convencer a los demás de que lo que uno hace tiene alguna utilidad, y que definitivamente no se puede hablar de laberintos sin pronunciar la palabra mágica Borges. Fisher la menciona, casi transitando la mitad de la crónica de Twilley, a raíz del relato “El jardín de senderos que se bifurcan”, al que considera uno de los mejores y más efectivos propulsores del boom de los laberintos en los años 80.

Naturalmente, como todo, los laberintos tienen una historia, es decir un esplendor, una decadencia y una caída, pero el logro de Fisher reside en haber conseguido darle nueva vida a ese arte conspicuo y excéntrico que consiste en conseguir que la gente se pierda en un sitio cerrado, sin poder salir de él, y que la cosa le divierta. Fisher considera el arte de proyectar laberintos muy similar al arte de jugar al ajedrez, en el sentido que debe preocuparse por anticipar las jugadas del oponente. El arte de anticiparse a las jugadas también remite a las películas de Alfred Hitchcock, pero Fisher no lo nombra: no debe de encontrarlo pertinente.

Twilley fue a visitar a Fisher el verano británico pasado en su casa de Dorset, donde vive con Marie, su segunda esposa. Fisher recibió a Twilley en una oficina repleta de libros, presentándose como “un hombre del Renacimiento, de gran creatividad y grandes pasiones”, que entre otras cosas está escribiendo una novela que habla de astronautas, del almirante Horatio Nelson y de caballeros artúricos. 

Fisher lleva hechos más de 700 laberintos en 42 países, entre los que se cuentan el más grande de ellos, localizado en Ningbo, en China, y el que sin ser el más grande ocupa tres estados, realizado en el límite entre los Países Bajos, Bélgica y Alemania. 

Nacido en 1951, no se interesó por los laberintos hasta entrado en la adultez, a los 30 años, cuando decidió crear uno en el jardín de la casa familiar que “gustaba mucho a los amigos, que a menudo estaban borrachos”. La pasión sabe abrirse camino, y eso hicieron los laberintos en el espíritu de Fisher, al punto que con un socio fundó en los 80 Minotaur Design, una empresa que los proyectaba. Pero pronto se dio cuenta de que los clientes escaseaban, de modo que, tal como había ocurrido con su pasión, una idea se abrió camino: “Si quería hacer laberintos, primero tenía que hacer que la gente quisiera laberintos”. 

Entonces escribió una carta que fue publicada por el London Times, en la que trazaba brevemente la historia de los laberintos y mencionaba a Borges, presentándose como un “consultor” en la materia. Eso fue suficiente. Los británicos aman muchas cosas, pero sobre todo aman los perros y los jardines. Y la especialidad de Fisher se volvió el laberinto de ligustrina, también conocido como laberinto botánico. A partir de allí su actividad se difundió a toda velocidad, para terminar siendo, en palabras de Twilley y en las de cualquiera que se asome a su trabajo, “el único creador de laberintos del mundo”. Aunque todos sepamos que eso no es cierto.