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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 16 junio, 2019

El lujo de la verdad

El libro de Aleksiévich es una de las fuentes de la serie, inteligentemente concebida y estructurada por Craig Mazin.

por Quintín

default Foto: CEDOC

La miniserie Chernobyl tuvo una gran audiencia y una gran cobertura en los medios, creo que justificada: pocas cosas impresionan tanto como la mayor catástrofe nuclear de la historia. Hace un par de años leí Voces de Chernobyl, el libro que le valió un Premio Nobel a la bielorrusa Svetlana Aleksiévich, y tuve entonces mi bautismo de fuego. El libro de Aleksiévich es una de las fuentes de la serie, inteligentemente concebida y estructurada por Craig Mazin. Lo que distingue a Chernobyl de otros casos de “ficción basada en hechos reales” es que la amenaza de la radiación liberada por el reactor, desde el momento de la explosión hasta un futuro lejano, produce un miedo incomparable: es una amenaza invisible que viene del aire y ataca de múltiples maneras. Pero a ese enemigo sobrehumano se suma otro muy humano: el encubrimiento por parte de las autoridades soviéticas de los errores en la construcción y la operación de la planta, tanto como de los peligros derivados del accidente.

Aunque me cansé de leer en estos días notas que justificaban el comportamiento de la burocracia y otras que minimizaban el desastre para sostener que la energía nuclear es la más limpia y la más segura, la serie retrata con elocuencia a sus villanos: por un lado, una tecnología que en manos incompetentes o en circunstancias imprevistas puede producir daños de una proporción dantesca, y por el otro, un sistema político basado en la mentira y el engaño permanentes. Chernobyl es una dramatización de ambas circunstancias a partir de los métodos y recursos clásicos para evocar emociones: la inquietud del cine de terror, la abnegación propia del melodrama, el suspenso de las películas de tribunales, la solemnidad de las escenas entre altos funcionarios. Chernobyl es, ante todo, una película de héroes. Por un lado, el trío de protagonistas: dos físicos nucleares y un ministro que encuentran las maneras de acotar los daños del desastre. Por el otro, los bomberos, mineros y cientos de miles de voluntarios de la descontaminación forzosa que se sacrifican por sus semejantes. Allí, el sistema recupera parte de su crédito: al borde del abismo político y económico, la URSS es capaz de convocar al pueblo ruso para que dé su vida, como en la Gran Guerra Patriótica. El mito de Stalin, paradójicamente, no es ajeno al espíritu de los héroes de Chernobyl.

Chernobyl está basada en una premisa: la búsqueda de la verdad como antídoto frente a la proliferación de la mentira. Con esa invocación empieza y termina la serie, que propone una reconstrucción minuciosa de lo ocurrido  esa noche fatal de 1986. Debo a Pierre Léon el conocimiento de Raspad (Descomposición), la última película de Mikhail Belikov, un cineasta ucraniano (1940-2012) que la filmó en 1990, antes del final del régimen. Se puede ver en YouTube (subtítulos en inglés) y vale la pena compararla con Chernobyl: aquí no hay ministros ni científicos, solo la vida de algunos ciudadanos de Kiev después del accidente, presas del pánico y sometidos al bloqueo de las noticias. El personaje principal es un periodista que consigue del amante de su mujer un pase para la zona de exclusión. Es otro cine, otra idea de la ficción pero también de la realidad, basada en la premisa de que, para las personas ordinarias, la verdad es un lujo inaccesible.


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