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El territorio

Por Jorge Fontevecchia | Las candidaturas de Macri y Massa protagonizaron la convención radical en Gualeguaychú y no tanto quién surgió como candidato de la UCR

Radicales: recuperaron el centro de la escena política.
| Marcelo Aballay

Un ejemplo adecuado para Macri: un empresario con recursos ilimitados se propone fundar un nuevo club de fútbol. Construye el más grande y moderno estadio de la Argentina en el barrio más caro de Buenos Aires, contrata a los mejores jugadores de todo el mundo y logra que su equipo salga campeón. Pero lo que no puede conseguir es que haya tribunas llenas gritando: “¡Viva Deportivo Recoleta!” porque eso sólo se compra con tiempo, el necesario para que una costumbre pase de un abuelo a un hijo y a un nieto. Por eso, los millonarios rusos compran un club de fútbol en lugar de fundarlo. Un partido político no es lo mismo pero tiene sus similitudes.

Lograr los 355 intendentes en prácticamente todas las provincias de Argentina que tiene el radicalismo es una tarea que trasciende los límites de la duración de la vida de una persona y, salvo excepciones, iniciar un partido que perdure sólo es posible en momentos refundacionales de una nación. Berlusconi creó su partido, Forza Italia, en 1993 gracias a la implosión de los partidos que absorbió, especialmente la Democracia Cristiana, tras los escándalos de corrupción develados por el proceso judicial Mani Pulite, y aun así su partido entró en disolución en 2008 para ser refundado recientemente. Y Lula fundó el Partido dos Trabalhadores en Brasil en 1980 pero tuvo que esperar 23 años para tener alcance nacional y recién entonces ser electo presidente en 2003.

Macri imaginó usar el aparato del PJ pero de un peronismo como el de Menem y Duhalde, más de derecha.

Macri entendió la metáfora del club de fútbol desde el comienzo, por eso no fundó un club de fútbol y se hizo presidente de Boca. Y en sus planes políticos iniciales aspiró a imbricarse en el peronismo para munirse de la estructura territorial nacional del PJ. El peronismo al que Macri se sentía cercano era el de Menem y en menor medida el de Duhalde, un peronismo que simplificadamente se podría definir como de derecha. Pero la llegada del kirchnerismo y sus 12 años de conducción férrea torció el rumbo de ese peronismo hacia un nacionalismo de izquierda sui géneris, que más allá de los nombres es claramente menos orientado al mercado y a la globalización. Respecto del republicanismo (otra promesa del PRO), ni el kirchnerismo ni el menemismo fueron institucionalistas, pero quizás ése sea un atributo que Macri reivindica sólo porque percibe que es una demanda de muchos votantes y no porque le resulte esencial.

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El mejor ejemplo son sus cortocircuitos con Gabriela Michetti, quien –al igual que Carrió– hace de la lucha contra la corrupción una cuestión esencial. Es probable que, obligado por sus aliados y en el futuro por el propio radicalismo en pleno, Macri termine impulsando una Conadep de la corrupción más allá de su propio agrado. Una señal en ese sentido es que por primera vez el gobierno porteño puso freno a la expansión de Cristóbal López con el juego en su jurisdicción, objetando esta semana la concesión que Lotería Nacional quería hacerle de varios bingos en la Ciudad.

El radicalismo, controlando el Congreso en una eventual presidencia de Macri, podría resultar un fiscal del PRO similar al que soporta Dilma en Brasil, donde el PMDB, su aliado, que puso hasta el vicepresidente en la fórmula del PT, presidiendo las dos cámaras del Legislativo brasileño ataca hoy más a Dilma que la propia oposición. El radicalismo ya fue el ariete de De la Rúa con las críticas y luego renuncias de Terragno y Carrió, sumadas a las coimas en el Senado.

Sanz defiende la alianza con Macri casualmente para que el radicalismo, desde adentro, cumpla el papel de guardián institucional del republicanismo que –todos entienden– naturalmente Macri no tiene, y espontáneamente le sale más el pragmatismo empresarial de su genética paterna.

Pero a Macri no le queda otra alternativa que el radicalismo porque, una vez que descartó al PJ como plataforma territorial, queda sólo esa estructura nacional. Esa fue su principal divergencia estratégica con De Narváez, con quien había comenzado a recorrer el camino de la política hace 15 años. El gran ideólogo del alejamiento de Macri del peronismo fue su asesor Jaime Duran Barba, quien, al venir de un país pequeño como Ecuador, piensa la política en términos unitarios. En Ecuador y en todos los países andinos, los territorios no son tan extensos como en Argentina o en Brasil, países federales. En la política de Colombia, Ecuador o Perú, es habitual que se pase de intendente a presidente. En la Argentina, donde la Ruta 40 tiene 6 mil kilómetros de extensión, parece más natural que un gobernador aspire a la presidencia. Menem, de La Rioja, y Kirchner, de Santa Cruz, son ejemplos clásicos. No es casual que los tres principales radicales en pugna, Sanz, Cobos y Morales, provengan de Mendoza y Jujuy, mientras que Macri y Massa –carentes de estructura nacional– sean de Buenos Aires (también Scioli lo es, pero él tiene el aparato territorial del PJ).

Berlusconi tuvo que refundar su partido, y Lula, esperar 23 años para que su PT fuera nacional y ser presidente.

Las candidaturas a presidente de Macri y Massa fueron las protagonistas de la convención radical en Gualeguaychú y no tanto quién surgió como candidato presidencial de la UCR. Como siempre se dice, en el radicalismo es más importante la interna sobre quién controla el partido. Quizás esta vez, como nunca, tengan razón, porque el futuro presidente, sea del partido que fuera, no tendrá el poder de Menem o Kirchner, ni el de Alfonsín, que contaron con el control del Congreso o por lo menos de una de sus cámaras por algún tiempo. En ese escenario, quien ocupara la presidencia del partido, si realmente lo controla, tendría un poder comparable con el del presidente del país.

El solo hecho del multiplicado interés que despertó esta convención radical de Gualeguaychú es un síntoma de que viene un ciclo político en el que el Ejecutivo no tendrá el poder de sus predecesores.