lunes 14 de junio de 2021
COLUMNISTAS Asuntos internos
25-10-2020 03:12

Haciendo mucho de la nada

25-10-2020 03:12

Probablemente muchos conozcan la entrevista que la uruguaya María Esther Gilio le hizo a Clarice Lispector en Rio de Janeiro en 1976 (apareció en una vieja revista Crisis). Fue un mal día para María Esther: Clarice no tenía ganas de hablar. Clarice muestra y difiere: responde escuetamente, lo indispensable, y repite una y otra vez “Dispénseme. No me gusta hablar”. Cualquiera de nosotros, frente la misma situación, luego de la entrevista habría sucumbido ante la evidencia del fracaso, se hubiese dado una ducha y habría pasado a otra cosa. Y sin embargo María Esther Gilio se sentó y escribió, describiendo su fracaso. Es la mejor entrevista a Clarice Lispector que recuerdo haber leído. 

Muchos años después, en 2000, conocí a María Esther Gilio y le mencioné esa entrevista. La recordaba a la perfección, e incluso me confesó que lo que más recordaba de aquel encuentro era el fox terrier consentido y excitado de Clarice, que no dejó de molestar en todo el encuentro, que se complacía en manejarla y al que Clarice “le hablaba con tono pausado y monocorde, un poco ausente”. Por alguna razón María Esther seguía viendo esa entrevista como un error, un fracaso, y en vano traté de demostrarle que estaba equivocada: levantó la mano mostrándome la palma y luego la bajó repentinamente, como hace uno cuando le pide a su interlocutor que deje de decir tonterías.

En La noche americana, Truffaut dice algo inquietante: “En un principio uno espera dirigir una obra maestra, luego lo único que quiere es acabar la película”. De acuerdo, no es lo mismo, pero en ambos casos prevalece el deseo de concluir algo con lo que se tiene, no con lo que se deseaba tener. 

Y esto me recuerda a David Hockney, quien un día, para realizar uno de los fotocollages que lo hicieron famoso, lleva a revelar varios rollos de fotografía a un laboratorio de Bridlington, en Inglaterra, donde vive, y cuando pasa a retirar el material se entera de que uno de los rollos fue accidentalmente velado por el laboratorista. Éste acaba de irse y le dejó una breve nota, lleno de pesar y remordimiento, donde explica lo ocurrido y pide disculpas, y Hockney arma de todos modos su fotocollage, reemplazando las fotos faltantes con la nota culposa del laboratorista.

Hay otro caso ejemplificador, tal vez el más ejemplificador de todos: La gente va a reírse de nosotros (People Might Laugh at Us), un cortometraje documental de 1964 dirigido por Jacques Godbout y Françoise Bujold. Jacques y Françoise se enteran de una práctica en la reserva india de Bahía Chaleur, en la provincia de Québec, en Canadá. Allí los niños de la tribu micmac hacen pájaros y muñecos de papel de colores brillantes y los cuelgan de los árboles. Godbout y  Bujold se expresan en imágenes poéticas, esto es imprecisas, mostrando a los niños y a sus muñecos, la lluvia y las cabañas, los perros (sin perros no hay civilización) y el mar (sin mar tampoco), hasta que de pronto los niños se niegan a ser filmados, aduciendo que “la gente va a reírse de nosotros”. La película dura apenas 9 minutos y carece de sonido (salvo por la música de fondo, una pieza compuesta y ejecutada por Ginette Martenot).

Bujold murió en 1981, a los 47 años. Era poeta, para algunos la mejor poeta de Quebec. Godbout vive, tiene 86 años y nunca dejó de escribir (es poeta y novelista) y de hacer documentales. Dudo que sepa que junto con Bujold lo que hizo fue el requiem del género, el último documental de la historia. Una pequeña obra maestra que habla de lo mucho que se puede hacer con casi nada, un manual para dejar atrás las excusas y decir de una vez por todas y con lo que se dispone lo que uno lleva en el corazón.

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