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COLUMNISTAS / ESTEREOTIPOS
domingo 23 septiembre, 2018

¿Incluye el género a todos y a todas?

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por Sergio Sinay

default Foto: CEDOC

Hacia mediados de los años 80 los escritos y las experiencias de Robert Bly (poeta y mitólogo), Sam Keen (filósofo), Herb Goldberg (psicólogo) y Frank Cardelle (psicólogo), entre otros, impulsaron la nueva masculinidad. Libros como Hombres de hierro, de Bly, Fuego en el cuerpo, de Keen, Hombres hombres, de Goldberg o El desafío de ser hombre hoy, de Cardelle, inspiraban un movimiento que proponía romper el estereotipo que atrapaba a los varones en la celda de las cuatro P: ser productores, proveedores, protectores y potentes. Ese estereotipo inducía a una competición depredadora, guerras, violencia, alejaba a los hombres de sus sentimientos, de su sensibilidad, de sus hijos, del amor y, vía homicidios, accidentes y enfermedades como cánceres e infartos derivados del mismo, dejaba una sociedad de viudas y huérfanos. Compartiendo en grupos experiencias, propuestas y esperanzas, en búsquedas solidarias, el movimiento anunciaba un nuevo varón que, así lo proponían sus mentores, no abdicaría, sin embargo, de atributos nutricios y fecundantes de la masculinidad profunda: fuerza para construir, capacidad de guiar, paternidad afectiva y transmisora de valores, sexualidad activa y amorosa, liderazgo asertivo, etcétera.
En la Argentina, Juan Carlos Kreimer, Guillermo Vilaseca y otros le dieron impulso propio a esa corriente. Por esa época me sumé a ella con mis primeras columnas sobre el tema en los medios en los que escribía, luego con la coordinación de trabajos grupales junto a Daniel Santinelli, más tarde en grupos que coordiné bajo mi responsabilidad y, finalmente, con libros como Esta noche no, querida, El hombre divorciado, Hombres en la dulce espera, Ser padre es cosa de hombres y, más recientemente, La masculinidad tóxica. Aquella “nueva masculinidad” no cuajó en una corriente poderosa, colectiva y transformadora. Hubo, y hay, remedos casi caricaturescos y vacíos, como la metrosexualidad y otras variantes, tan chirles y vacuas como comerciales. Pero no una transformación colectiva. Sí, en cambio, muchísimos empeños individuales. Quizás se deba a que los varones no somos mujeres y nuestro camino no será como el de ellas, sino uno propio, en el que cada uno deberá internarse profundamente en su propia interioridad hasta deshacer mandatos y modelos para emerger presto a encarnar una masculinidad fecunda. Un camino individual, no competitivo y simultáneo al de otros varones. El encuentro será en el final de la tarea, no en el comienzo.
Entretanto, mucho avanzaron las mujeres. Era necesario, no solo para ellas, sino para todos (machistas abstenerse). Pero algunas cosas se desenfocaron. Se insiste en la igualdad. Pero la igualdad somete a todos a un único patrón. Estira al bajo y serrucha al alto para que den la misma medida. ¿Y quién fija la medida? Varones y mujeres somos, por fortuna, diferentes. Por eso nos necesitamos y debemos complementarnos. Entonces habría que hablar de equidad. La equidad no estira ni serrucha, respeta lo diverso y busca el punto de integración que derive en justicia. Bajo la igualdad mal entendida lo que a menudo se propone es, simplemente, dar vuelta la tortilla. No cambiar el juego de sometimiento y desvalorización, sino que los jugadores muden de lugar. Se habla de igualdad, pero en la práctica la palabra “género” (así como todo lo relacionado con ella) excluye lo masculino salvo como anatema. Con la mejor intención, este diario estrena una Defensora de Género. ¿A quién defenderá, y de qué? ¿No extiende la misma denominación una sospecha sobre los hombres? Será difícil salir de la tóxica jaula de los estereotipos (masculino y femenino) si el camino no es recorrido por todos y todas (sin lenguaje inclusivo, que excluye y estrecha más de lo que ayuda). Y si es un camino de revancha, sin un examen conjunto y sincero, aunque sea doloroso, que permita comprender cómo esa jaula la forjamos juntos a lo largo de generaciones, con poderes repartidos, según los espacios fueran públicos o domésticos. Las cuestiones de género no deberían ser propiedad de nadie y sí motivo de trabajo compartido para todos y todas.

*Escritor y periodista.


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