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COLUMNISTAS / econOMISTA DE LA SEMANA
sábado 17 noviembre, 2018

La trilogía del riesgo argentino

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por Rodrigo Álvarez Litre

Legado de Macri. Quien gane en las elecciones de octubre deberá negociar con Lagarde y el FMI. Foto: PRESIDENCIA

Promediaba la Segunda Guerra Mundial y la Alemania nazi venía de un duro revés en tierras rusas. Las fuerzas aliadas habían recuperado el norte de Africa luego de duras batallas con los ejércitos del Eje. Claramente el balance de fuerzas estaba cambiando, pero Winston Churchill supo encontrar la justa medida para situar el logro. “Este no es el final. No es incluso el principio del final. Es, tal vez, el fin del principio”. Ocho décadas más tarde, bien valen estas palabras para definir el significado de haber logrado algo más de un mes de tranquilidad en el frente cambiario. Pero ¿cuáles son las próximas batallas económicas y políticas que debe enfrentar la Argentina?   
El año 2019 es una bisagra en la que confluyen fuerzas con elevado potencial de desestabilización. Identificamos una trilogía de riesgos cuya dinámica no solo condiciona la performance económica en el corto plazo, sino también y, fundamentalmente, la capacidad de pensar la Argentina en el mediano y largo plazo.
El primer vértice de esta trilogía es del contexto internacional. En este sentido, nuestro timming de relacionamiento no ha sido el mejor. Elegimos cerrarnos en tiempos de precios de materias primas elevados y abundante financiamiento barato. Y ahora que los vientos soplan de frente, estamos abiertos, expuestos. En el mundo crece el valor del proteccionismo, las tensiones comerciales entre los grandes jugadores son moneda corriente e incluso el Mercosur puede dejar de ser un refugio para la producción y el comercio regional. El frente financiero internacional dista de estar despejado. Las tasas de interés iniciaron un proceso de suba, sin prisa, pero sin pausa, que reduce el apetito por riesgo emergente. Es una mala noticia para un modelo de crecimiento extremadamente vulnerable a los cambios de humor de los inversores financieros. Este año fue el fiel reflejo de que la desregulación financiera puede traer consecuencias.
La segunda dimensión de esta trilogía es el frente político. Y aquí propongo viajar al futuro para volver al presente. El gobierno que asuma en diciembre de 2019 deberá enfrentarse con un mercado de crédito cerrado, básicamente porque la preocupación de los inversores va a ser el denso perfil de vencimientos de deuda que se debe afrontar a partir de 2022 por los abultados vencimientos con el FMI. Es altamente improbable que los inversores estén dispuestos a aumentar su exposición a la Argentina para que el próximo gobierno pueda cancelar la deuda con el organismo internacional. Por el contrario, los inversores van a exigir un nuevo y más amplio paraguas financiero del organismo como condición para seguir en el juego. Nuestra propia historia, y la de economías que transitaron por acuerdos similares, es contundente: la refinanciación de vencimientos vendrá asociada a nuevas condicionalidades. Es cierto que el FMI no es tan duro como en los 90, pero tampoco va a renegociar gratuitamente el stand by, al menos las experiencias recientes no indican lo contrario. Sergio Massa, con poco timming, expuso una realidad casi matemática: quien gane en las elecciones de octubre se deberá sentar a negociar con el FMI. La pregunta es entonces ¿cómo se manejará el FMI si en lugar de negociar con Macri debe hacerlo frente a CFK? ¿Tendrá la misma vocación por llegar a un acuerdo? En cualquier caso, las nuevas condicionalidades del FMI implicarían nuevos desafíos políticos.
El tercer ángulo de la trilogía es la economía. La Argentina enfrenta la mencionada tensión financiera global y la incertidumbre eleccionaria de 2019 con desequilibrios macroeconómicos pesados: el déficit fiscal y de cuenta corriente, que se están corrigiendo de la peor manera. La devaluación cierra la brecha externa de la mano de una recesión económica con lejanos precedentes y cuya duración se extenderá, a nuestro juicio, por más tiempo del que muchos creen, dando por tierra dos de los principales logros de Cambiemos, el crecimiento económico y la reducción de la pobreza. En este marco, el cierre brusco de la brecha fiscal requerido por el FMI no contribuye a mejorar el crecimiento.
Alzando la mirada para ver un horizonte que se extienda más allá del año que viene surgen varias incógnitas. La primera es ¿cuál será el efecto sobre la cuenta financiera de un cambio de gobierno? Sea cual fuere el resultado eleccionario, la próxima administración deberá, necesariamente, renegociar la deuda con el FMI y/o plantear un canje. Bajo este supuesto, ¿habrá margen para que, por ejemplo, si un candidato de Unidad Ciudadana resultara electo, pueda montarse sobre la competitividad cambiaria y los precios de tarifas para atrasar todo otra vez? A nuestro juicio, no.
De cara a 2019, el panorama está abierto. La reciente medida de aumento de encajes a préstamos bancarios provenientes del exterior pareciera dar cuenta de una toma de conciencia del peligro que representa el ingreso indiscriminado de capitales especulativos, pero resta mucho por recorrer en ese sentido. Hoy pareciera que se ganó la primera batalla con el tipo de cambio, pero resta generar los resortes institucionales para evitar repetir esta crisis y atender los daños que dejó sobre la actividad. Estamos, tal vez, y tan solo, frente al fin del principio.

*CEO de Analytica.


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