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COLUMNISTAS / Opinión
domingo 17 marzo, 2019

La verdad como problema

El objeto, las cosas, no juegan el rol de la evidencia o la verdad, sino la excusa para la interpretación.

por Luis Costa

Foto: Cedoc

Todo en imágenes y todo en una repetición recurrente. Sergio Denis se está cayendo en los medios hace varios días, y se cayó el miércoles, el jueves, el viernes, y siempre en tomas nuevas porque la clave es la novedad de su caída en renovadas capturas. Es tiempo de imágenes evidentes, es la era de la “cosa”, del objeto, de la foto, igual que hace Cristina Kirchner para contar que viaja a Cuba, con un videoclip de momentos de su hija sobrerrepresentada en imágenes de quien pide que dejen en paz en un uso interesante del contrasentido. Expone masivamente a quien solicita que no molesten.

Sin embargo, el objeto, las cosas, no juegan el rol de la evidencia o la verdad, sino la excusa para la interpretación. En el mundo moderno, la interpretación no es producto de una secuencia abstracta de ideas, sino de la adaptación del contacto con eventos u objetos, a un mundo ya existente.

Macri sufre el discurso en el Congreso porque es real, porque su cuerpo está ahí, no como una representación de sí mismo, como una propaganda o un sentimiento, sino como una voz que debe referirse a números y evolución de datos. La vida podría ser para él una campaña eterna, un eslogan y una promesa nueva, empujando hacia adelante lo que siempre estaría por ocurrir con el dólar, la inflación y la pobreza. Su mejor momento con la inflación fue en campaña, expresando que sería sencillo controlarla. Pero ahora el dólar es todos los días una nueva noticia, porque lo seguimos al minuto, lo observamos en su ir y venir, como ese desgraciado golpe de Sergio Denis, que siempre es él mismo, pero parece siempre algo nuevo. Macri necesita desesperadamente la campaña para regresar a la imagen y huir lo antes posible de la realidad. La realidad adquiere forma de problema, de incomodidad.

Periodismo de periodistas y el caso Santoro

Para el perpetrador de la masacre en Nueva Zelanda lo importante fue la transmisión de su matanza, un horror expuesto en directo, tal como si el contarlo posteriormente no fuera suficiente. Sus armas y cargadores estaban repletos de inscripciones con referencias a otras matanzas o antiguas batallas históricas, de modo que simulaba también, en esa misma transmisión, ser la representación de algo más que su propio acto. Hasta en los sucesos trágicos, los más terribles, los insoportables, la necesidad de una representación se hace evidente como si el acto mismo del “ser” no tuviera la potencia que el mundo de hoy requiere. El asesino reivindica un pasado, utilizando las tecnologías del presente, exponiendo no solo su brutalidad, sino también su confusión conceptual.

Una evidencia es supuestamente un final. Quien logra una prueba de realidad es quien también pondría final a una disputa hasta ese momento con final incierto. Sin embargo, sucede recurrentemente que las evidencias son tratadas, más que como cierre, como aperturas de discusiones nuevas. Nada puede hacer esta sociedad con la realidad, más que colocarla como juego de resignificación, porque la realidad es una cosa incómoda, desestructurante, insoportable. Los cuadernos deben ser fotocopias y Ramos Padilla, un militante de La Cámpora, aunque exponga audios o los cuadernos se llenen de pruebas. Lo simbólico es tan natural en la constitución de identidades, que el rechazo a lo verdadero es una necesidad de salvataje de la propia identidad. Es paradójico, pero la sociedad moderna vive de las creencias compartidas, a pesar de gozar de un nivel asombroso de desarrollo de la ciencia y sus logros basados en la evidencia de sus investigaciones.


Avanzamos hacia un año electoral basado en la necesidad de confirmar ideas, a pesar de que en lo formal se exija con furia que los candidatos expongan sus propuestas.

Nuestro electorado es dependiente de continuar pensando igual hoy y mañana, porque su libertad de reflexión es solo una simulación. El único que llegó a la verdadera libertad fue el personaje de The Who, Tommy, que canta cerca del final de esa ópera rock, que “la libertad tiene sabor a realidad”. La mayoría de la sociedad se parece a la primera parte de esa obra, cuando Tommy se queda sordo, ciego y mudo, producto de un proceso traumático.
Expuestos a nuestros traumas repetidos, recurrimos a adornar las cosas, porque verdaderamente no sabemos qué hacer con tanta verdad.

*Sociólogo.

 


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