20 oct 2020
COLUMNISTAS |opinion
sábado 17 octubre, 2020

¿Para qué queremos dólares?

Foto: Cedoc

En una semana donde la historia cobra nuevo protagonismo es oportuno recordar el consejo del canciller francés de Napoléon, Charles Maurice de Telleyrand al Emperador: “Señor, con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa, menos sentarse sobre ellas”. Análogamente en la actual crisis cambiaria, el poder político podrá hacer muchas cosas menos ignorar el límite que la realidad le marca.

Desde su origen, el peronismo mantuvo una relación peculiar con el dólar, un recordatorio que la crisis había llegado. Luego del auge de posguerra, el justicialismo en el poder tuvo su primera señal de alerta de que la voluntad política era necesaria pero no suficiente para cambiar la matriz productiva argentina, tal la promesa repetida una y otra vez a la ciudadanía. Desde los pasillos del Banco Central en 1946 con tanto oro que no se podía caminar hasta la compra de las compañías de servicios públicos por la deuda comercial que mantenía Gran Bretaña, hasta la mítica pregunta del mismísimo Juan Perón: “¿quién de ustedes tiene un dólar?”, la moneda extranjera siempre fue protagonista. Primero el oro, luego la libra esterlina y recién después de la renegociación inglesa, irrumpió el dólar como un fetiche para una economía que aspiraba a avanzar a otra etapa sustituyendo importaciones, imponiendo restricción a la importación y exportación, subsidiando inversiones y gravando consumos…. y también estableciendo un sistema múltiple de cambios.

En cada crisis posterior que tuvo ese largo período peronista (la recesión y ajuste de 1952 y luego, en el tercer gobierno, el vértigo con que desembocó la crisis. Carlos Menem empezó su gobierno a caballo de la hiperinflación heredada de Alfonsín que incluso rebrotó un año y medio más tarde y en todos esos procesos lo que picaba en punta siempre era la cotización del dólar. El kirchnerismo, en su segunda versión, tuvo que acudir a un cepo light para poder gestionar a su antojo las variables, reservas incluidas, sin que la cotización del dólar tomara nota.  Pero la corrida cambiaria de 2014 terminó con una devaluación que calmó las aguas hasta 2015. Y cuando asumió Mauricio Macri, el debate fue si la devaluación del tipo de cambio oficial impactaría o no sobre los precios. Cinco años más tarde, otra vez la misma piedra se interpone en el camino y también con el indicador de las reservas netas en su nivel mínimo. Quizás en un guiño al 17 de octubre, los Gordos de la CGT apuntalaron al ministro Guzmán en que el dólar oficial goza de buena salud. Sin embargo, el exceso de demanda a ese precio debe ser restringido en su acceso por infinitas regulaciones para la formación del “dólar ahorro”, en vías de extinción, y luego para poder pagar importaciones, cada vez más intrincadas de realizar. Burlando las máximas de la prudencia política en la Argentina de militancia inflacionaria, hasta el Presidente negó una devaluación. Sin acceso al crédito internacional, con déficit fiscal proyectado en un nivel récord del 9% para 2020 y la mitad para 2021 los caminos para financiar el aluvión monetario son dos: esterilizarlo con letras del Tesoro (que se convierten en emisión más tarde) o convalidar la emisión directamente. El mercado, en todas las acepciones posibles, sí tomó nota de esto, como también la misión del FMI, esta vez en su versión amigable. ¿Será la inflación la válvula de escape de la presión monetaria?

Hasta ahora el congelamiento y control de precios funcionó, pero deberá ceder si crujen sectores por desequilibrios. ¿Será la desocupación, entonces, si aparece un torniquete monetario? También fue efectivo hasta ahora el cepo laboral, con ayudas mediante el ATP, doble indemnización y hasta suspensión de despidos. Otra medida que es difícil de ser sostenible en el tiempo.

Tomar decisiones es elegir un curso de acción, luego de pesar los costos y los beneficios. La crisis cambiaria, una vez más, le fija un límite que la política y la voluntad no pueden eludir permanentemente con éxito. Pero también se puede elegir no decidir y que otros actores lo hagan cuándo y cómo lo estipulen.


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