COLUMNISTAS
UN TIEMPO NUEVO

Política superficial de la red

La pandemia profundizó las transformaciones que se venían instalando con la tercera revolución industrial. Desde que el tuit reemplazó a Proust, la profundidad de la reflexión se redujo a su mínima expresión. Como dijo Pablo Rossi esta semana, esta campaña es una de las más mediocres que se han dado desde la vuelta a la democracia. Como ocurre en todos lados, la contienda democrática ha degenerado en una guerra de insultos y calumnias personales, que hacen daño al país y a la democracia.

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| Pablo Temes

Como he defendido en más de una decena de libros, las campañas sucias no sirven para conseguir votos, sino para satisfacer los problemas psicológicos de los candidatos, sus ansias de conseguir un empleo, sea de presidente o de portero. Jorge Fontevecchia citó en su articulo de la semana pasada a Freud en sus diferentes ensayos sobre “el narcisismo de las pequeñas diferencias”, en que analiza las artificiosas formas con las que muchas veces se construye identidad y cómo, cuando se rivaliza con los “casi nosotros”, se apela a convertir en sagradas cuestiones secundarias y a veces ínfimas”.

Cuando algunos políticos promueven una intervención disparatada en la fundación de Patricia Bullrich, calumnian a Mauricio Macri, se meten con la vida privada de Milei, Alberto Fernández, Cristina Fernández o Juan Grabois, o hacen alusiones canallescas a Horacio Rodríguez Larreta mencionando a Favaloro, logran el aplauso de sus incondicionales y fomentan el asco de la mayoría hacia el conjunto de los políticos.

Los que defienden las campañas sucias suelen invocar a los comicios norteamericanos, y sus  anuncios agresivos. Normalmente ignoran cómo son las elecciones de ese país en las que existe un voto dificultado, no hay una campaña nacional, y se da una polarización insuperable entre dos partidos.

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En todo caso, incluso en los Estados Unidos, el daño de la política sucia a la democracia es enorme. Un grupo de académicos de la Universidad de Stanford dirigido por Shanto Iyengar y Stephen Ansolabehere publicó, hace veinte años,  Going Negative, anticipando los efectos letales para la democracia de la campaña sucia. Diden que los anuncios electorales han sido un “cáncer” para la democracia. De tanto atacarse y calumniarse entre sí, los políticos han terminado convenciendo a la mayoría de que todos son una basura.

Las categorías de derecha e izquierda, o burguesía y proletariado, son una anticualla

Si revisamos lo que ocurría hace treinta años en toda América, veremos que los consultores luchaban para que sus candidatos tuvieran buena imagen. Napolitan dijo que para ganar, un candidato debía tener el doble de opiniones positivas que negativas. Eso acabó.

En estos años, en Estados Unidos, Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Argentina, ningún candidato tiene más opiniones positivas que negativas. Tampoco ningún político. Los electores se ven forzados a escoger entre escombros. Surge entonces un espacio para outsiders que rechazan a todos y ganan comicios con el voto protesta, aunque parezcan peores.

La muerte de las ideologías dejó a muchos candidatos sin discurso. Los mismos que hace años esgrimían argumentos de cualquier tipo para sustentar sus proyectos se han convertido en bastoneras que dan saltitos pidiendo el voto, incapaces de balbucear argumentos.

Uno de los socios del Club Político nos entregó una colección de periódicos obreros del siglo pasado, época en que estaban vigentes los mitos proletarios. Yo mismo publiqué varios libros sobre la historia del movimiento obrero, cuando se suponía que la revolución avanzaba en el mundo de manera inevitable, y que el futuro estaría conducido por la clase obrera. Eso tiene tanto sentido como los desfiles de los miembros de la orden ecuestre de Monjes Templarios que desfila en Córdoba a pie, porque no saben cabalgar. Son eventos superados por la historia que lucen un poco ridículos. En pocos años habrá desaparecido la clase obrera, que ya está mayoritariamente reemplazada por robots en los países del Norte.

Si Grabois se deja de repetir sus tesis y convoca a votar por gente joven y nueva, llegará al menos al 10%

Fontevecchia preguntaba: “¿Siguen diciendo algo las categorías derecha e izquierda o burguesía y proletariado?”. Esas categorías son una anticualla. Los líderes de las listas peronistas del Chaco, con sus casas pintadas de rojo y retratos del Che Guevara, la bandera de Cuba en las escuelas, son ricos que viven del apoyo millonario de los gobiernos capitalistas de la provincia y del país, tienen carros de alta gama y viajan en avión privado, con un séquito de clérigos y empleados, para entrevistarse con el Papa en Roma.

Además, están acusados de crímenes aberrantes. Si eso tiene que ver con la revolución por la que luchó el Che, el terrorismo islámico y el comandante Ortega son modelos de líder democrático. La brújula de las ideologías voló en pedazos; quedan solo utopías parciales. Lo más aproximado a Dios que existe en el mundo contemporáneo es el bosón de Higgs, la lógica de las últimas partículas, y la física cuántica, únicas explicaciones del origen de lo existente.

Las encuestas livianas son otras víctimas y causantes del desorden de la política. Me formé cuando los centros académicos de alto nivel exigían estudiar.

Aprendí cómo hacer encuestas en la Fundación Bariloche, con maestros de la categoría de Edgardo Catterberg, Manuel Mora y Araujo, Hilda Kogan, Rubén Kaztman. Fueron años en los que teníamos que estudiar textos largos y profundos, que iban desde la metodología hasta la interpretación de las encuestas.

Con la red y la inteligencia artificial ya no es necesario estudiar. Se puede comprar online un programa que aplique encuestas y pedirle a ChatGPT que elabore el cuestionario, grafique los resultados y los analice. El usuario conseguirá un powerpoint plagado de idioteces, útil para engatusar a políticos ignorantes.  

Dinamitar o acordar

Durante las campañas se realizan cientos de “encuestas” con métodos improvisados, cuestan mil pesos, y proporcionan información que conduce al desastre. En todos los países hay estafadores que venden datos para “ayudar” a un candidato. Cuando se verifica quién es el candidato que aparece inflado en los números, se ubica inmediatamente a quien paga al mercenario.

Pero más allá de todas esas tonterías, las encuestas hechas por profesionales serios también perdieron su capacidad de predecir los resultados. No se trata solamente de que crecieron los indecisos, sino que la falta de definiciones estables se introdujo por todos lados. En la sociedad hiperconectada, las informaciones que mueven a los electores se difunden a toda velocidad. No tienen que ver con lo que les inquieta a los políticos, sino con algo más profundo: la vida, los sentimientos, las identidades, los sueños.

Los electores encuentran caminos para expresar su rechazo a la política de líderes que se ven el ombligo y hablan solo para ellos. Viven inquietos por lo que dicen otros políticos y no por lo que le inquieta a la gente que los rechaza.

Creen que el tema de sus debates mueve a los indecisos, cosa negada por todas las investigaciones realizadas en todos los países del continente. Los candidatos de cualquier país pretenden asombrar al auditorio diciendo que combatirán la inflación, lucharán por la seguridad, en contra de la corrupción. Todos dicen lo mismo. Aburren y suenan falsos.

Los debates los ven votantes decididos de cada candidato para reforzar sus sentimientos. Nunca oyen ni quieren oír nada.

El militante peronista que pide un debate entre Massa y Grabois para decidir por quién vota está mintiendo. También el que pide un debate entre Patricia y Horacio o entre Milei y Conan.

El debate sirve para instalar imágenes. Si Grabois se olvida de repetir sus tesis y convoca a votar por gente joven y nueva, llegará al menos al 10% y puede dar una sorpresa mayor. Si Milei se pone al margen de la polémica política tradicional, puede dar una gran sorpresa.

El huevo de la serpiente

Si entre el 60% y el 70% de los argentinos está cansado de los políticos de siempre, un mensaje de diferencia generacional puede tener un gran efecto. En cambio, cada foto que se toman los políticos con sus semejantes y cada cierre de campaña que reúne a todos los “malos” quitan votos.

Uno de los cierres de campaña más interesantes de la historia reciente lo protagonizó Francisco de Narváez en 2009. Fue un gran candidato que condujo una campaña técnicamente impecable, analizada como modelo en seminarios en Madrid y WDC. En una mitad de la pantalla de los televisores se veía a Francisco, caminando solo, repartiendo votos en La Matanza, mientras en la otra aparecían Néstor Kirchner, Daniel Scioli y Sergio Massa, acompañados por el gabinete, dirigentes sindicales y líderes políticos en un escenario imponente. De Narváez les ganó a todos con inteligencia, sencillez y sin aparato.

Decía Gustavo González refiriéndose a la política vacía que impera en esta campaña, cuando analizaba su propaganda: “Los candidatos bailan, o miran serios a la audiencia, o exageran simpatía, o leen artificiosamente un texto publicitario, o toman mate con los vecinos o saludan al aire a supuestos admiradores que estarían detrás de cámara.

Ver de corrido los principales veinte spots partidarios ejemplifica bien cómo al momento de la seducción electoral, “el arte de lo posible” se pretende transformar en una ciencia exacta de la que cada candidato parece resultar su máximo especialista.

Desde los que aseguran que van a aumentar salarios y jubilaciones en cuanto asuman hasta los que acabarán con la inflación, el déficit fiscal y la inseguridad; desde los que prometen ajuste hasta los que vienen a terminar con el sistema capitalista tal como hoy lo conocemos.

Lo importante no es lo que digan, sino que lo digan como que supieran todas las respuestas. Lo importante es simpatizar con sus simpatizantes. La raíz de simpatizar y simpatizantes es la misma y es de origen griego. Significa “padecer, sufrir juntos”.