COLUMNISTAS
Incertidumbre

Sentados junto a un polvorín

Se vive una crisis inédita y se necesita una visión holística para entender la maraña de problemas que la conforman. Los principales países se manejan en forma individual. El cierre de fronteras, la expulsión de extranjeros y la xenofobia no traerán soluciones.

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Brasil. El presidente Jair Bolsonaro está más preocupado en combatir a sus rivales en las elecciones que por el virus. | AFP

La historia de la política es la historia de la comunicación. No cabía hablar de democracia cuando la gente tenía prohibido pensar, opinar y comunicarse. Según Habermas, la opinión pública nació cuando aparecieron cafés en los que se podía hablar de cualquier tema, incluso de los que estaban reservados para los religiosos y algunas elites. Nacieron así el pensamiento liberal, la revolución de las luces, la prensa libre, los textos y manifiestos subversivos que luchaban por la democracia.

Hasta hace poco las elites movilizaban a sus bases convocándolas a través de sindicatos, partidos, organizaciones intermedias. Los movilizados estaban organizados, obedecían a dirigentes que negociaban en su nombre. En el siglo XXI se consolidó la revolución de las comunicaciones y con ella avanzó poco a poco una política horizontal. La gente se comunica pasando por encima de dirigentes es instituciones, tiende a liberarse de toda elite, no quiere obedecer órdenes ni ser concientizada, toma actitudes influida por entornos a los que llega mucha información de la red que es incontrolable y a veces mentirosa.

Ahora son frecuentes las movilizaciones autoconvocadas por la red, que a veces no tienen líderes visibles, ni objetivos claros, ni ideologías. En ocasiones se unen por un objetivo puntual, en otras expresan simplemente una actitud antisistema que fusiona a todo tipo de grupos, que conservan sus propios objetivos. Los casos han sido muchos. Uno de los primeros fue el de los jóvenes forajidos que derribaron al gobierno de Gutiérrez en Ecuador en 2005. Con la crisis económica de 2008 proliferaron los conflictos: los Indignados de España, Occupy Wall Street, la toma de la Bolsa de Madrid, de San Francisco, Los Angeles, Toronto, Londres y otras más. En las elecciones presidenciales mexicanas de 2012 apareció el movimiento YoSoy132, entre 2010 y 2012 estalló la Primavera Arabe. En nuestros días se dieron los chalecos amarillos en Francia, las protestas en contra del gobierno de Piñera en Chile, de Duque en Colombia, de Moreno en Ecuador, la rebelión por el impuesto al WhatsApp en Líbano y muchos más. Todas empezaron por un hecho poco importante y terminaron provocando estallidos incontenibles.

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En la Argentina los dirigentes han estado a la altura de las circunstancias, pero hay que seguir convocando a todos para que sean parte de la solución.

En campaña. La actual crisis está alterando todo. En Estados Unidos Trump parecía tener asegurada su reelección, pero cuando un presidente tiene que escoger entre la vida de la gente y la estabilidad de la economía no puede olvidarse de los sentimientos de las personas. Estados Unidos se convirtió en el primer país del mundo por su número de infecciones, está muriendo mucha gente. Lo más probable es que cuando lleguemos a noviembre los electores estarán traumatizados por la epidemia, con la imagen de los ataúdes en su memoria, y ninguna recuperación económica parecerá suficiente.

Brasil preocupa no solo por su tamaño, sino por la posibilidad de que en ese país se inicie un estallido global que le haga cumplir el papel de Túnez en la Primavera Arabe. En mayo de 2016 Bolsonaro se bautizó evangélico en el río Jordán y recibió el nombre de Messías. Mantiene relaciones importantes con Edir Macedo, líder de la Iglesia Universal del Reino de Dios, que dijo hace poco: No se preocupen por el coronavirus, porque es una táctica más de Satanás. Satanás trabaja con el miedo, el terror. Trabaja con la duda. Bolsonaro calificó al Covid de “gripecilla”, una maniobra para acabar con su gobierno. Solo alguien cegado por supersticiones y con un síndrome de Hubris descontrolado puede creer que un problema mundial de esta dimensión ll inventó el Maligno para fastidiarlo.

Escuchar al pueblo. Más del 80% de los brasileños apoya el aislamiento, pero Bolsonaro pidió que el comercio y las escuelas reabran sus puertas y eximió de la cuarentena a los cultos religiosos y casas de venta de lotería para que la gente pueda reunirse. La reacción ha sido dura: 26 de los 27 gobernadores advirtieron que seguirán las recomendaciones de la OMS. La Federación Nacional de Alcaldes dijo que su postura es irresponsable, asentada en convicciones sin base científica, que siembra la discordia, la convulsión social y compromete las relaciones federativas. Lo desautorizó incluso su vicepresidente, el general Hamilton Mourão, cuando dijo: Puede que [Bolsonaro] no se haya expresado de la mejor manera, pero la posición de nuestro gobierno, de momento, es solo una: el aislamiento y el distanciamiento social”.

Bolsonaro está dedicado a combatir a sus eventuales rivales en las próximas elecciones, el gobernador de San Pablo, João Doria,, y el de Río de Janeiro, Wilson Witzel. Un político que hace política mientras la gente teme por su vida solo puede provocar un estallido.

En Brasil las protestas espontáneas tienen una historia. En 2013 se desató un movimiento en contra del Mundial de Fútbol al que consideraba un gasto superfluo. Se organizaron más de 22 protestas diarias en 353 ciudades durante tres semanas con la consigna “No habrá Copa. En 2016 estalló un conflicto por el aumento de las tarifas de transporte en San Pablo y Río de Janeiro, inspirado en las movilizaciones de 2013 promovidas por el Movimiento Passe Livre, que defiende la gratuidad del transporte público. La protesta empezó criticando el transporte público de San Pablo y Río, cundió como un incendio y terminó integrando cualquier causa, incluso el reclamo por los baches en las aceras de algunas ciudades. No fue promovida por el PT ni por los sindicatos.

Las actitudes irresponsables de Bolsonaro permiten avizorar que pronto estallará la pandemia. Se producirá un cóctel más explosivo que la suba de la tarifa de los buses en San Pablo o el incremento del precio del subte en Santiago. Millones de brasileños aislados, con problemas económicos concretos de difícil solución, sin una perspectiva de lo que puede ocurrir, muchos de ellos hacinados en las favelas, pueden producir un estallido imparable. Brasil es un polvorín dirigido por un irresponsable, y si procede una explosión, puede arrastrarnos a todos, puede contagiarse a Nueva York y otros sitios donde la situación es dramática.

El problema es de salud, económico, político, pero implica algo más complejo: los que lo sufren son seres humanos que tienen sentimientos y necesitan ser contenidos.

Crisis. Vivimos una crisis inédita, en la que se necesita una visión holística para entender la maraña de problemas que la conforman. Los principales países del mundo manejan la crisis en forma individual. El cierre de fronteras, la expulsión de extranjeros y la xenofobia calmarán a los nacionalistas, pero no sirven para combatir el problema. Cunden ideas superficiales que van desde lo cotidiano hasta la política internacional. Este miércoles, 300 iraníes murieron y mil se enfermaron porque tomaron alcohol industrial, obedeciendo a una fake new que lo aconsejaba como remedio para el coronavirus. Estados Unidos culpa a los chinos, los chinos a Norteamérica, Putin al que asoma. Pocos se dan cuenta de que estamos en una nueva etapa de la historia en la que ni los virus ni otros problemas que seguirán apareciendo cada vez con mayor dimensión se podrán enfrentar sin la coordinación, la solidaridad y la confianza entre los países y las personas.

Los problemas que desnudó la crisis imponen la necesidad de un diálogo internacional y un nuevo orden no solo para la economía sino para muchas cosas más. Después de la Segunda Guerra Mundial se establecieron reglas para las relaciones comerciales y financieras entre los países industrializados del mundo en Bretton Woods. Después del colapso de la sociedad que surgió con la Revolución Industrial, se necesitan acuerdos mucho más amplios y profundos.

En Argentina los dirigentes han estado a la altura de las circunstancias, pero hay que seguir convocando a todos para que sean parte de la solución. No me refiero solo a personajes, sino a toda la población. Todos podemos ayudar a nuestros parientes, amigos, vecinos, compañeros de colegio, aunque solo sea acompañándolos en la crisis. Los médicos jubilados pueden dar consejos a la gente que no puede ir a los hospitales para tratar otras dolencias, los artistas pueden ayudar a que el encierro se haga menos insoportable, todos podemos llamar al vecino para preguntarle cómo está. Nada de esto es menor en el momento en que nuestra percepción del mundo está al límite.

En Argentina los sindicatos, movimientos sociales y otras instituciones han mantenido vigencia para organizar la protesta popular a la antigua usanza. Las movilizaciones autoconvocadas han sido pocas, normalmente enfrentadas al aparato político, pero todo se puede complicar. Las angustias acumuladas van a promover una situación en la que no solo se necesitará obligar a la gente a cumplir las reglas, sino también convencer y acompañar a todos. Las autoridades deben hacer un seguimiento sofisticado de cómo evoluciona la situación y promover este tipo de actividades, que son las más poderosas porque llegan a la vida cotidiana de las personas.