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Thomas Wolfe en manos de su editor

En Netflix (¿dónde si no?) se puede encontrar una película lo suficientemente buena como para servir de trampolín a algo que está lejos de la película, aunque tiene que ver con ella.

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En Netflix (¿dónde si no?) se puede encontrar una película lo suficientemente buena como para servir de trampolín a algo que está lejos de la película, aunque tiene que ver con ella. Originalmente se llama Genius, título que posee una imprecisión que, como se verá, las traducciones liquidan. La dirigió en 2014 Michael Grandage y el título alude sin duda a uno de los protagonistas, el escritor Thomas Wolfe (1900-1938) y su editor, Maxwell Perkins (1884-1947), descubridor, entre otras figuras claves de la literatura norteamericana del siglo XX, de Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald. Y Thomas Wolfe, claro, ya que en ese descubrimiento se detiene la película, basada en la biografía de Perkins escrita por Andrew Scott Berg.

En España la película se llamó El editor de libros, lo que pone toda la genialidad sobre los hombros de Perkins, y en la Argentina Pasión por las letras, título vomitivo que tendría algún sentido aplicado a la biografía de una profesora de Literatura de colegio secundario. Porque la pasión no incluye la desesperación, el dolor y la locura: no hay pasión ni en Wolfe (Jude Law) ni en Perkins (Colin Firth). Y mucho menos en Aline Bernstein (Nicole Kidman), la esposa de Wolfe. La pasión es una emoción crónica, y lo que Wolfe experimentaba era algo más parecido a la logorrea creativa. Cuenta el propio Perkins en el prólogo al primer libro de Wolfe, El ángel que nos mira, que cierta noche estaba en la casa de una amiga cuando oyeron a alguien balbuceando algo en la calle, y vieron a Thomas Wolfe caminando con las manos en los bolsillos diciendo: “Hoy escribí diez mil palabras, hoy escribí diez mil palabras...” Un apasionado no hace eso.

La tarea primordial de Perkins consistió, entonces, en controlar esa logorrea, en encauzarla, censurando, acortando, tachando. Al parecer el segundo libro de Wolfe, Del tiempo y el río, tenía originalmente cinco mil páginas. Perkins, trabajando codo a codo con el escritor, la redujo a solamente ochocientas. Lo intragable de la película es algo que de algún modo la conecta con Bohemian Rhapsody, de Bryan Singer, y con El asesinato de Trotsky, de Joseph Losey, esto es, la afectación. Freddie Mercury era afectado, indudablemente, pero esa afectación la ponía en práctica sobre el escenario, no todo el tiempo. La labor actoral de Rami Malek es sorprendente, pero le habría venido bien un poco de relax. Lo mismo ocurre con el Richard Burton de la película de Losey: desde que se levanta hasta que se acuesta el revolucionario solo pronuncia frases célebres. Jude Law es un Thomas Wolfe exquisito, pero demasiado afectado, demasiado intenso, demasiado gritón.

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Y sin embargo, la película tiene momentos casi perfectos, como cuando un asistente deposita el manuscrito de Wolfe sobre la mesa y Colin Firth, al ver semejante mamotreto, dice: “Dime por favor que es a doble espacio”. O cuando viajando en tren el editor ataca por primera vez El ángel que nos mira, y se enfrenta a uno de los inicios de novela más perfectos jamás escritos: “Una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas”.

Tal vez lo mejor de la película reside en que uno se siente obligado a leer El ángel que nos mira y Del tiempo y el río. Hasta la película, el mayor impulso para la lectura era una frase de Faulkner que decía: “Primero está Thomas Wolfe, después estoy yo, después está Hemingway”. En ese sentido el cine puede ser, como decía Groucho Marx de la televisión, muy educativo: una vez terminada la película uno puede retirarse a otra habitación y leer un buen libro.