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Tiempo de control de daños

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Debate. Los tres candidatos con posibilidades tienen ocho días para tratar de afinar sus estrategias. | AFP

Control de daños en ocho días para uno de los tres candidatos. O para dos, según el resultado. Habrá balance urgente, cruel, los perdedores no solo dejan las candidaturas, también el liderazgo. La derrota suele obligar a decapitaciones inevitables, características. Junto al desastre electoral viene el carancheo, los ávidos postergados se comen los restos de lo poco que queda en cada fracción, se descompone el rompecabezas y llega el epílogo para un agónico proceso del sistema político. En particular, para el éxtasis bipartidario de cuatro décadas, Y en apenas una semana y monedas comienza el retiro forzado de Patricia Bullrich, Sergio Massa o Javier Milei (tanto Schiaretti como la Bregman ya están en el sarcófago, uno porque le entregó la posta al gobernador Llaryora, la otra porque pertenece a la aristocracia de una izquierda que se reparte los cargos entre ellos).

Más traumático y violento se reconoce este proceso de poda a dos de las personas hoy más famosas del país si, al mismo tiempo, se lo compara con la gradual disolución química de ciertas mujeres en la política, como la metáfora de un femicidio después del bullying, damas que otrora fueron tapas en el siglo pasado de Radiolandia o cabezas de teatro en salas completas de Mar del Plata. Estrellas venidas a menos, opacadas, como Cristina Fernández de Kirchner o Elisa Carrió, quienes hoy ni siquiera hablan, más bien se esconden, convertidas en las misteriosas Greta Garbo de la cinematografía local. Subdesarrollada, claro. Una nunca pudo llegar a la Casa Rosada, a la otra le sobró permanencia. Ambas con falta de respeto al estoico Zenón (Chipre), quien siempre aconsejó tropezarse con los pies en lugar de con la lengua.

En poco más de una semana comienza el retiro forzado de alguno de los tres

Fascina aventurarse por la suerte de la Bullrich en el caso de un epílogo anticipado para ella. Ahora juega cartuchos húmedos, al menos así puede interpretarse la invitación a Horacio Rodríguez Larreta para transformarse en su jefe de Gabinete o la insistencia por mantenerse pegada a Carlos Melconian a pesar de ciertas grabaciones personales que lastimaron al economista. No quiere exhibir ni una grieta y tampoco puede apelar a su reemplazo como acompañante: Luciano Laspina ya partió de su vera, lo despidieron como a un criado en el siglo XVIII. Patricia casi no consultó con nadie la convocatoria al jefe de Gobierno porteño, decidió por su cuenta. A Mauricio Macri solo lo notificó, a pesar de que está sosteniendo su campaña. En todo caso, trató esa decisión con uno o dos de su mesa de doce, grupo que jamás hizo un presidente, una vice, un gobernador ni un legislador. Menos a un intendente en cualquier distrito. En su medida debe entender que las diferencias entre los postulantes es tan breve para el domingo próximo que hasta su vencido rival interno le puede acercar votos. Si nada sale como lo desea, a menos de seis meses en que Cambiemos tenía el triunfo asegurado, ella percibe un destino más de nietos que de influencer en su partido. Difícil que la propongan para la conducción del paquete de legisladores representados en el Parlamento. Esa será tarea de otros, del moscardón Macri y de una junta radical en el caso de que esta no decida abandonar la coalición, propósito altamente considerado entre las filas centenarias.

Si uno insiste con el control de daños, parcial o colateral, en el caso de que Massa fuera el apartado el próximo domingo, le resta luego al postulante una sucesión de batallas internas para conservar su gravitación, ahora inusual (hasta es presidente siendo ministro de Economía). Aunque superó con gotas los 50 años, la tradición del inclemente peronismo lo apabulla: en ese partido no contemplan perdonar a los generales de la derrota. Y él sería un supercomandante. Otra dificultad lo acecha: carece de un santuario para refugiarse. Ni en la provincia de Buenos Aires donde siempre opera y tampoco dispone de un lugar en la tierra donde vive, Tigre, ya que allí no pudo desplazar al actual intendente, Julio Zamora, con la fallida pretensión electoral de su mujer, Malena Galmarini. Y, como se sabe, se requiere ser mago para mantenerse como alto dirigente político sin poseer un territorio. Hombre del día a día, Massa ni se preocupa: enfrenta el 22 con brutal tasa de inflación, riesgo cambiario y un declive en la actividad. Para que se va a ocupar del futuro cuando no puede dominar el presente.

Barrionuevo quiere vengarse de Massa y encontró en Milei el camino para el castigo

En pleno goce de las encuestas y, como primerizo, Milei ignora un escenario de fracaso. Aunque parece el más vulnerable si su aspiración no se cumple. Está peor que Massa, ya que ni casa tiene a su nombre. Nadie lo representa en todo el interior del país y, si ha sido frágil en un armado con expectativas favorables, es de imaginar el desbarranque de su escenografía ante la eventualidad de que no alcance la meta. Tampoco exhibe alguna sociedad resistente, porque si fuera cierta –por ejemplo– la comunión con el sindicalista Barrionuevo hubiese desistido de nombrar a Gustavo Morón como responsable de Trabajo en una futura administración, hombre que proviene del macrismo, fue colaborador del intendente Guillermo Montenegro en Seguridad y luego completó el mandato del ingeniero sirviendo en el ministerio de su especialidad laboral. Si se frustra para la Rosada, el economista ofrece un enorme desamparo: una buena cantidad de legisladores quedará sin timón, pasto a consumir por los bueyes del gobierno de turno. Así como puede cosechar aliados legislativos si llega al poder, parece complejo que pueda atar seguidores del mismo rubro desde su banca de diputado. En política son clave las expectativas y el ofrecimiento de cargos. Para una de esas urgencias Milei no tiene habilitación si la fortuna presidencial no lo acompaña. Quizás se herede a sí mismo, con un proyecto nuevo, con una ideología libertaria más prometedora de poder que la de Álvaro Alsogaray el siglo pasado. Falta tan poco que no vale la pena especular.