domingo 05 de diciembre de 2021
COLUMNISTAS La lengua argentina
21-11-2021 00:46
21-11-2021 00:46

Todos ganan, todos ganamos

21-11-2021 00:46

Tal cual recuerdan Arvatu y Aberdein en su libro Rhetoric, ya como parte del trívium o ciclo de fundamentos en las universidades de la Edad Media –que conformaba con la lógica y la gramática–, la retórica era una especie de “enfant terrible”. (Solo a fines aclaratorios: el ciclo superior correspondía al quadrivium o “cuatro vías” matemáticas, constituido por la aritmética, la geometría, la música y la astronomía).

Y si aún es un “enfant terrible”, lo es porque da alimento a cualquier discurseador (o discurseadora) competente para retorcer la verdad –si acaso la verdad existiera, sobre todo en una época como la nuestra– en función de acomodarla a su argumento. ¿Qué decir, entonces, de su eficacia cuando se trata de discursos cuyo objetivo consiste en convocar mentes y corazones en la esfera pública?

Hagamos un poco de historia (sigo a Arvatu y Aberdein a pie juntillas). La retórica –hasta donde tenemos noticia– comenzó su camino en la antigua Grecia. Los sofistas, profesores ambulantes de retórica, enseñaban su arte (tekhné) a los hombres (sí, solo los hombres) que pretendían ganar un debate en el ágora.

Pero ese arte formativo recibió los embates de algunos pensadores contemporáneos. Por caso, Platón impugnó que se lo calificara de arte. Para él era meramente una astucia no aprendida por medio del razonamiento (que conduce al conocimiento), sino de la práctica que ofrece la empiria (la experiencia). Una especie de cosmética, en definitiva, para disimular lo que no es bello (o bueno).

A diferencia de Platón, Aristóteles recuperó para la retórica la noción del arte que puede enseñarse y aprenderse. Es más, la vio como un complemento de la dialéctica, la argumentación filosófica o lógica que defendía su maestro. Ambas, consideró, lidian con la comunicación de problemas éticos y públicos que no tienen resoluciones conclusivas.

La diferencia crucial entre la dialéctica y la retórica es que la primera se orienta hacia la legitimación de una verdad universal que se presenta ante expertos, mientras que la retórica se ocupa de la persuasión de las personas –expertas o no– acerca de asuntos de interés general.

El detalle que importa aquí es que la retórica, más que la dialéctica, hace uso de una cierta cantidad de figuras retóricas, con el objetivo de embellecer la exposición, pero también –y, quizá, sobre todo– para alcanzar sus fines. Así, por ejemplo, la metáfora (comparación tácita entre dos ideas) sirve para hacer más simple –o familiar– lo que puede resultar complejo.

El retruécano, por su parte, hace un uso sagaz y lúdico del lenguaje y consiste en invertir en la segunda parte del enunciado los términos de la primera. Se lo suele usar para exponer la propia inteligencia y, al mismo tiempo, para dejar mal parado al adversario discursivo.

Con los resultados de las elecciones del domingo en la mano (que, al fin y al cabo, con la mano se sostiene el celular), la candidata –ya diputada electa– por el Frente de Todos Victoria Tolosa Paz se animó al retruécano: “Ellos (Juntos por el Cambio) ganaron perdiendo y nosotros perdimos ganando”. Y la presidenta del PRO, Patricia Bullrich, no tardó en responderle: “Ganamos ganando y ellos perdieron perdiendo”.

A ninguna le falta razón. Al menos, en algún sentido. Porque, contra la expectativa –que resultó ser de máxima– disparada por los resultados de las PASO del 12 de septiembre, el Frente de Todos retuvo la primera minoría en la Cámara de Diputados (perdieron ganando) y JxC no pudo exigir la presidencia de esa cámara como esperaba hacer (ganaron perdiendo). Pero es indiscutible que el cómputo total del país arrojó un resultado de más del 42% para la alianza amarilla (ganaron ganando) y de menos del 34% para el frente celeste (perdieron perdiendo).

Los números dejan claro que perdieron quienes perdieron y ganaron quienes ganaron. Aunque las caras de los unos y los otros, el domingo por la noche, parecían desdecir esa verdad palmaria. Y es que su propia retórica, tal vez, no los convence ni a ellos.

Como sea, lo cierto es que, en resumidas cuentas, todos ganamos. Para quienes fuimos testigos de una época oscura, votar siempre es ganancia. Celebrémoslo.

* Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.

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