miércoles 07 de diciembre de 2022
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28-10-2022 23:55

Abundan, según parece, quienes piensan que la realidad, como tal, es siempre simple, que las cosas en general son simples por definición. Eso creen o pretenden y se burlan, socarrones, de la formulación “es más complejo” (y de toda elaboración que suponga tal premisa o la ponga a funcionar). Pasión reductiva, fervor de esquema, los enfoques de esta índole abrevan infaltablemente en un binarismo estricto de rigidez garantida. Es su punto de partida y su punto de llegada también (cuando se piensa que las cosas son simples, las conclusiones suelen tenerse resueltas desde un principio: el punto de llegada es el punto de partida): para todo existen dos lados, dos lados y solamente dos lados, contrapuestos el uno y el otro y cada uno siempre igual a sí mismo. Lo demás queda en el medio, son grises y nada más.

Una metáfora recurrente para expresar la lógica del binarismo proviene del mundo del fútbol: es “Boca-River” (sic). De ahí la importancia nodal que tiene para este asunto lo que pasó el domingo pasado, el desenlace formidable del campeonato argentino, la manera en que se dio. Porque no solo es evidente que hay más de dos equipos jugando y es eso lo que le da sentido al fútbol (es eso lo que le da sentido también para esos dos equipos), sino que puede perfectamente ocurrir (de hecho, ocurrió) que surjan intereses en contradicción, conflictos de cada cual consigo mismo, vaivenes y tensiones de difícil resolución. ¿El mundo es simple? El mundo, no sé; pero el fútbol evidentemente no. No todo planteo admite que se responda por sí o por no. Hay cosas que no son un “Boca-River”. Por ejemplo, Boca-River.

Aquí transcribo

Podría decirse incluso, bajo los términos de una concepción schmittiana, que habiendo amigos-enemigos, no todos los amigos son iguales ni todos los enemigos lo son, que hay amigos que se nos vuelven en contra (sin dejar de ser amigos) y enemigos que (sin dejar de ser enemigos) nos juegan de pronto a favor. Y ni hablar de esas tantas veces en que ese mismo nosotros se desestabiliza y difiere de sí, entramos en contradicción, dudamos de quiénes somos, dudamos de lo que queremos, nos peleamos con nosotros mismos, tratamos de reconciliarnos, lo logramos, no lo logramos, desistimos, insistimos.

Me parece que es, entre tantas otras cosas, lo que vuelve interesante Argentina, 1985, la película de Santiago Mitre que tanta repercusión consiguió. En la película está el radicalismo, claro: está el encomiable impulso de los juicios por parte de Raúl Alfonsín, pero están las turbias presiones de su Ministro del Interior, Antonio Tróccoli. Está también el peronismo: está el espeso testimonio de Ítalo Luder, pero están los valores que enarbolaron muchas de las víctimas de la represión del terrorismo de Estado. Están las tensiones que atraviesan al fiscal adjunto, Luis Moreno Ocampo, que entra en conflicto con su historia personal, con su entorno familiar, con su mundo; están las tensiones que atraviesan al fiscal, Julio César Strassera, que entra en conflicto con su propio pasado reciente en la justicia, durante la dictadura.

Los partidarios del binarismo tieso han venido apelando afanosos a un verdadero arsenal de fórceps para hacer que todo encaje en esa dualidad estable que es propia de la vocación de simplismo (¿Y si no encaja? Si no encaja, queda la posibilidad de mofarse de cualquier “es más complejo”). Lo otro de este criterio no ha de ser forzosamente ni el relativismo ni la moderación ni la tibieza del matizar por matizar. Existen, en efecto, antinomias, antinomias viscerales, enconadas, irreductibles. Ahora bien, ¿cómo se las aborda? ¿De qué modo se las piensa? ¿En qué términos se las concibe? Porque hay dualidades que se estancan en visiones de inmovilidad. Y hay dualidades que, por el contrario, se dinamizan de esa forma que ha dado en denominarse dialéctica; se abren por ende a una terceridad, con lo cual se pluralizan. Se trata, en efecto, y no podría ser de otro modo, del ejercicio de un pensamiento complejo. ¿Si puedo poner un ejemplo? Puedo, sí. En un tramo de El sitio de la mirada, que acaba de reeditarse en 17 grises, Eduardo Grüner ofrece un análisis admirable del papel que juega el velo tradicional de las mujeres islámicas. Es un agudo enfoque crítico y dialéctico que encontré iluminador y por demás recomendable.