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deseos y aspiraciones

Un político ideal

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| Cedoc

Cuando pensamos en un político ideal, imaginamos seguramente a alguien que concuerda con nuestras ideas. Pero esa condición, tan dependiente de los intereses de cada uno, no es necesaria ni suficiente para hacer un buen político, en un sentido técnico. Si por un momento dejamos a un lado nuestras ideas para prestar atención a las habilidades, veremos que hay buenos políticos a quienes nunca votaríamos, y viceversa. Imaginemos que hay varios con los que concordamos en todo: ¿a quién preferiríamos como gobernante? Esto nos lleva a pensar en aquello que hace a un “político de raza”. ¿Cuáles son sus condiciones ideales?

Ante todo, conocer al dedillo la situación en la que le toca actuar: las circunstancias políticas, económicas, sociales, internacionales y de cualquier otra clase que sean capaces de acoger, dificultar, facilitar o impedir cualquier acción. En segundo lugar, tener claro el plan político que desea ejecutar, pero ver su factibilidad, las condiciones que requiere y los efectos colaterales que pueda traer consigo.

Esta última condición implica un vasto y profundo conocimiento de la ciencia política: en términos ideales, el político debería ser capaz de prever qué consecuencias de cualquier naturaleza pudieran derivar de cualquier modificación introducida en alguna de las variables comprendidas en los campos antes mencionados.

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Por último, nuestro político ideal debería conocer todos los resortes que pueden emplearse para modificar una situación (legales, como prohibir, obligar, gravar o desgravar; de comunicación, como presentar públicamente sus planes o propósitos; diplomáticos, como hacer y deshacer acuerdos con amigos o adversarios; creativos, como establecer o cambiar instituciones, y sobre todo económicos, como recaudar fondos y proyectar un modo inteligente de gastarlos).

Cumplir todas esas condiciones es literalmente imposible: el conocimiento humano no ha llegado, al menos todavía, a dominar completamente las intrincadas relaciones entre los hechos sociales; de tal suerte que ni aun el más avezado de los políticos estaría exento de enfrentar situaciones inesperadas. Sin embargo, algo puede avanzarse en ese sentido en la medida en la que se logre mejorar ciertos datos ya existentes: la situación presente en sus más diversos aspectos, las perspectivas de su evolución inmediata, los efectos más probables, aun colaterales, de cada intervención estatal y, muy especialmente, las condiciones de factibilidad de los proyectos que hayan de proponerse. Si a esto se agregara la transparencia de las propuestas y un análisis público y serio de sus condiciones y consecuencias, el debate político se volvería mucho más racional y democráticamente útil que la guerra de eslóganes, ocultamientos y reproches en la que se ha convertido.

Hay que notar que, si el planteo del político ideal es utópico, el avance hacia él no lo es: basta con emplear inteligentemente los elementos disponibles. Pero requiere una actitud de lealtad mutua que sería preciso construir. En efecto, se supone que el objetivo del buen político no es alcanzar el poder a cualquier costo sino proponer y, eventualmente llevar a cabo, las acciones que mejor dirijan la comunidad por el camino que el pueblo elija conscientemente.

 

*Director de la Maestría en Filosofía del Derecho (UBA).