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Volver a fase uno

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| Cedoc

Empieza la tercera temporada de Dark y leo en redes: “Un grupo de alemanes viaja al pasado y en lugar de matar a Hitler se acuestan con sus tías”. La frase no habla de las prioridades políticas de los alemanes sino de nuestra argentina desconfianza por cualquier forma de verosímil. Sobre todo, cuando ese verosímil tiene que ver con instalar una reflexión sobre nuestra experiencia vivencial del tiempo: presente, pasado y futuro siempre han sido un enigma y el tiempo circular de la cuarentena junta brasas para un estertóreo incendio conceptual. La otra gran frase de esta semana, pescada también en redes, reza: “Ojo que la primera fase trajo Supón; reconsidérese.”

La dramaturgia se ocupa sistemáticamente del problema del tiempo en los relatos. Cada vez más en las obras de colegas, consagrados y alumnos, las operaciones con el tiempo buscan develar esa instancia de angustia innombrable que es apolítica, asocial y hasta alingüística. Hay que ahondar en la puja entre físicos y químicos para entender de qué se trata. ¿Es posible que volvamos al pasado? ¿Restablecer la fase uno traerá irrevocablemente de vuelta “Supón”?

Todo en la ciencia indica que no. Pese a la conexión hipotética entre la rotación de partículas subatómicas y la formación de lateralidad en las moléculas de gran escala, casi todos siguen creyendo que hay una división radical entre el reino cuántico (el de la pequeñez) y el reino newtoniano clásico (el de la vastedad). En el siglo XIX, el descubrimiento del tiempo irreversible (la flecha del tiempo que surge del big bang) en sus formas optimista (entropía) y pesimista (evolución) no logró disuadir a los físicos de su convicción de que en los niveles más básicos de la materia el tiempo sí que es fácticamente reversible y que la irreversibilidad que vemos alrededor es una suerte de ilusión. Así pensaba Einstein, debido quizás a la reversibilidad temporal de las ecuaciones lineales que describen el movimiento de átomos y partículas elementales. Pero ya hacia 1870 Bolzmann había argumentado que el mundo era irreversible porque las colisiones reversibles que sufren los sistemas son tan complejas y con tantas bifurcaciones que, como sonámbulos, “los átomos olvidan su condición inicial y se desordenan”. ¿Es excesivo comparar a átomos con runners palermitanos o espantarse ante enfermos de Covid en Costa Salguero a las piñas y sin distancia por un celular robado? Los videos son elocuentes: los sistemas complejos están abiertos a la fricción de todos los sistemas circundantes y en la naturaleza nada se da solo y aislado. También Prigogine lo señaló casi poéticamente: en el mundo de la física cada complejidad viene a destronar una simetría. Esa simetría sería la ilusión de que el despliegue de la materia iniciado en el big bang podría retroceder. Pero las ondas que forma una piedra en un lago quieto (un lago nunca está físicamente quieto) para revertirse deberían generar un caos tal con una coordinación tan precisa de todas las perturbaciones infinitesimales que se produjeran al borde del estanque para que esta sondas se muevan hacia adentro y converjan al fin en un hoyo antes de la nada. La coordinación lineal de fuerzas del ejemplo pasa de ser muy abrumadora a infinitamente abrumadora. O sea, no habrá “Supón”.

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El debate es entre físicos y químicos. Los físicos se creen los reyes de la ciencia porque su materia trata de las leyes más básicas de la naturaleza. La química sólo estudia cuestiones derivadas de esos razonamientos. Pero tradicionalmente se ha abordado la naturaleza como una jerarquía que comienza con la estructura atómica y termina con organismos biológicos complejos. Para Prigogine, la naturaleza no está construida de abajo para arriba, sino mediante una realimentación en todos los niveles. La física incluso puede cambiar sus leyes (lo ha hecho) a partir de la observación de ejemplos concretos. Y seis mil monos han retomado para sí esta semana una ciudad en Tailandia en busca de comida, obligando a los humanos a encerrarse en sus casas. ¿Involución?

O sea que si reaparece “Supón” en los rankings de esta semana, a lo mejor es que hemos encontrado –en el quilombo– la máquina del tiempo. A escala pequeña.