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PUNTO DE VISTA

Argentina debe volver a volar alto: matemáticas, ciencia y movilidad social

La mejor forma de honrar a Houssay, Leloir, Milstein y Favaloro no es convertirlos en figuras de museo. Es crear las condiciones para que un estudiante argentino, cualquiera sea su origen, pueda continuar su obra.

23-10-2026-Matemáticas
. | CEDOC PERFIL

La Argentina conserva una paradoja difícil de aceptar. Es el país latinoamericano que produjo tres premios Nobel en ciencias, creó una tradición médica y bioquímica reconocida en el mundo, desarrolló reactores nucleares, diseñó satélites y formó investigadores capaces de competir en los mejores laboratorios. Al mismo tiempo, demasiados adolescentes terminan la escuela sin dominar las herramientas matemáticas necesarias para comprender un porcentaje, interpretar un gráfico o resolver un problema cotidiano.

Entre esas ‘dos Argentina’ se juega buena parte de nuestro futuro. Una mira con orgullo las fotografías de Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir y César Milstein. La otra todavía no ha decidido si la ciencia será una política nacional sostenida o una sucesión de esfuerzos heroicos, expuestos a cada cambio económico y político.

Houssay recibió el Nobel de Fisiología o Medicina en 1947 por sus investigaciones sobre el papel de la hipófisis en el metabolismo de los azúcares. Leloir obtuvo el Nobel de Química en 1970 por sus descubrimientos sobre los nucleótidos de azúcar y la formación de carbohidratos. Milstein compartió el Nobel de Medicina en 1984 por trabajos que hicieron posible la producción de anticuerpos monoclonales. No fueron milagros aislados. Detrás de cada uno hubo educación, disciplina, maestros, laboratorios, instituciones y una confianza obstinada en la capacidad argentina.

Recordarlos sólo en los aniversarios sería reducir su legado. Honrarlos exige hacer por las nuevas generaciones lo que una escuela, una universidad o un laboratorio hicieron alguna vez por ellos: reconocer una inteligencia, exigirle esfuerzo y darle un lugar donde crecer.

Las matemáticas también son una política social

La matemática suele presentarse como una barrera. Para muchos alumnos es una materia temida, llena de símbolos sin relación con la vida. Esa percepción no es inevitable: es el resultado de enseñar procedimientos sin mostrar el poder que contienen. Las matemáticas permiten razonar con precisión, distinguir una evidencia de una impresión, calcular un riesgo, entender un crédito, programar una máquina y verificar si una promesa pública puede cumplirse.

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Para el hijo de una familia sin patrimonio, dominar matemáticas puede ser tan decisivo como recibir una herencia. Es un capital intelectual que nadie puede quitarle. Abre las puertas de la ingeniería, la economía, la inteligencia artificial, la biotecnología, la robótica y la industria aeroespacial, y los empleos mejor remunerados de la economía del conocimiento. Por eso, enseñar bien matemáticas no es una política reservada a especialistas. Es una de las formas más concretas de promover la movilidad social ascendente.

Los resultados de las prestigiosas pruebas PISA 2022 mostraron la magnitud del desafío argentino. La OCDE registró que el desempeño del país se mantuvo por debajo del promedio de sus miembros y que las diferencias socioeconómicas explican una parte importante de los resultados. La conclusión no debe ser resignarse ni usar una prueba internacional como instrumento de castigo. Debe ser mucho más ambiciosa: concentrar recursos, mejores docentes, tutorías y tiempo de aprendizaje allí donde el origen social amenaza con convertirse en destino.

La igualdad educativa no consiste en pedir menos, sino en asegurar que todos reciban los apoyos necesarios para alcanzar estándares altos. La exigencia sin oportunidades excluye; la inclusión sin aprendizaje engaña. Una política seria debe reunir ambas cosas: oportunidades reales y conocimiento comprobable.

De la admiración a una política nacional

Argentina necesita un programa federal para descubrir, acompañar y premiar el talento científico. No debería importar si un estudiante nació en la ciudad de Buenos Aires, en la puna jujeña, en un barrio de Córdoba, en la Patagonia o en una localidad rural. El código postal no puede decidir quién llega a un laboratorio, a una escuela técnica o a una carrera de ingeniería.

Ese programa debería comenzar en la escuela primaria, con docentes fortalecidos y materiales que permitan experimentar. Tendría que continuar con clubes de matemáticas, química, física, programación, astronomía y robótica; tutorías para alumnos que necesitan recuperar aprendizajes; y trayectos avanzados para quienes pueden ir más lejos. Las olimpíadas y las ferias de ciencias existentes deben recibir apoyo estable, pero también abrir sus puertas a escuelas que hoy no cuentan con profesores, conectividad o recursos para competir.

Los mejores desempeños y los mayores progresos merecen premios visibles. Becas, computadoras, instrumental, cursos de verano y viajes educativos pueden cambiar una vocación. Un joven debería poder conocer el Instituto Balseiro, el INVAP, la CONAE, una central hidroeléctrica o nuclear, un centro de datos, un laboratorio biotecnológico y una fábrica de tecnología. Ver la ciencia en funcionamiento convierte una fórmula abstracta en una posibilidad de vida.

También debemos recuperar el prestigio de las escuelas técnicas y de los institutos terciarios. No todos los talentos siguen el mismo camino ni toda formación valiosa exige una licenciatura. Técnicos electrónicos, programadores, laboratoristas, especialistas en automatización y operadores de sistemas energéticos serán indispensables para la infraestructura productiva del país. Una estrategia científica que no los incluya quedará incompleta.

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Ciencia para producir y para gobernar mejor

Promover la ciencia no significa sostener un mundo separado de la economía. La investigación básica amplía las fronteras del conocimiento; la investigación aplicada transforma ese conocimiento en soluciones; y las empresas lo convierten en productos, empleos y exportaciones. Un país necesita las tres dimensiones. Si sacrifica la ciencia básica por resultados inmediatos, agota la fuente de sus innovaciones. Si no conecta los laboratorios con la producción, pierde oportunidades de desarrollo.

Argentina posee sectores capaces de multiplicar ese vínculo: agroindustria, medicina, biotecnología, energía nuclear, minería, gas y petróleo, satélites, software e inteligencia artificial. Cada uno demanda matemáticos, físicos, químicos, biólogos, ingenieros y técnicos. Las ciencias son el puente que puede permitirnos dejar de vender únicamente recursos y comenzar a exportar también el conocimiento incorporado a esos recursos.

El método científico también puede mejorar al Estado. Medir resultados, comparar alternativas, publicar datos y corregir políticas, cuando la evidencia demuestra que no funcionan, son hábitos científicos antes que consignas partidarias. Una administración que no mide confunde actividad con progreso. Un gobierno que aprende de los datos puede usar mejor cada peso, anticipar problemas sanitarios, ordenar el transporte y evaluar la calidad educativa.

La inteligencia artificial hace todavía más urgente esta formación. No habrá soberanía algorítmica si el país sólo consume modelos desarrollados afuera. Para comprender, adaptar y auditar esos sistemas se necesitan matemáticas, estadística, programación y conocimiento sectorial. La IA no vuelve innecesario el estudio; eleva el valor de quienes saben formular buenas preguntas, reconocer errores y verificar respuestas.

Una nueva generación capaz de volar alto

No se trata de prometer que cada alumno será un científico ni de imponer una única idea de éxito. Se trata de impedir que una vocación se pierda porque nadie la vio. En un aula argentina puede estar hoy una futura investigadora médica, un especialista en energía nuclear, una matemática que diseñe algoritmos más seguros o un técnico que mantenga la red que conecta a una región entera.

Para encontrarlos, hacen falta metas que sobrevivan a los gobiernos: alfabetización matemática temprana, recuperación de aprendizajes, formación docente continua, becas federales, infraestructura escolar, acceso a laboratorios y una evaluación pública de los resultados. Los premios deben reconocer tanto la excelencia como el esfuerzo de las escuelas que logran mejorar en contextos difíciles. La política científica debe premiar el mérito sin olvidar el punto de partida.

Houssay, Leloir y Milstein demostraron que desde Argentina se podía contribuir al conocimiento universal. Sus historias no autorizan la nostalgia; imponen una responsabilidad. El homenaje verdadero no consiste en repetir sus nombres, sino en multiplicar las oportunidades que permiten que aparezcan nuevos nombres.

Un país vuela alto cuando sus jóvenes aprenden a formular preguntas difíciles, medir la realidad y aceptar que una respuesta debe probarse. La Argentina que produjo premios Nobel, construyó reactores, lanzó satélites y desarrolló biotecnología no pertenece solamente al pasado. Sigue siendo posible. Pero no llegaremos a ella por inercia. Hay que volver a elegir el conocimiento, llevarlo a cada aula y convertirlo en una causa nacional.

(*) Ex secretario de Comunicaciones de la Nación.

Fuentes y referencias: