Llorar. Llorar por amor. Llorar de alegría. Llorar por recordar. Llorar por estar. Llorar por los que no están. Llorar de pasión. Llorar. El llanto del hincha tiene múltiples condimentos, sensaciones y particularidades. El llanto de los y las hinchas de Belgrano se derraman por estas horas como ríos de emoción. Y lloran, porque sienten cosas. Y no hay nada mejor que sentir.
Lloran los hinchas, lloran los jugadores, lloran de felicidad.
Lloran desde el segundo gol del Uvita, desde los festejos en el Kempes, desde la noche del domingo interminable, desde la madrugada en el baile de la Mona, y en la caravana y seguirán llorando hasta que comience el próximo Torneo. Porque Belgrano es campeón. Y vale la pena llorar por ser campeón, sino preguntale al 'Chino' Zelarayán.
Llorar hace bien, si sos campeón y te queres abrazar con gente que tiene tu misma pasión. Sino, preguntale al Juancito o al Gringo, al Francisco o al Augusto, a la Pepa o a la Colo... a los y las fanáticas 'piratas' que seguiran derramando lágrimas por el título obtenido y la historia escrita... y jugada... y celebrada.
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La tarde del lunes en Córdoba se volvió celeste mucho antes de que anocheciera. Desde Villa Esquiú hasta los bordes interminables de la Circunvalación, el aire olía a bengala, a vino derramado sobre el asfalto, a abrazo viejo que por fin encuentra destino. Y arriba de ese colectivo descapotable, los jugadores de Belgrano avanzaban lento, casi a la velocidad de las lágrimas.
Porque hay festejos que se gritan y otros que se lloran. Y este lunes 25 de mayo, el pueblo 'pirata' hizo las dos cosas al mismo tiempo.
Miles de autos acompañaban tocando bocina como si Córdoba hubiera decidido hablar un solo idioma: el de Belgrano campeón.
El recorrido fue lento. A paso de hombre. A paso de emoción. Cada puente era una ceremonia. Cada esquina, una promesa cumplida. Los hinchas levantaban criaturas pequeñas para que vieran pasar la historia. Los hombres grandes lloraban sin esconderse. Las mujeres cantaban con esa voz rota que deja la felicidad cuando llega tarde, pero llega.
Muchos buscaban al 'Chino'. El pibito que se transformó en leyenda, en bandera eterna. El jugador hincha que volvió no para retirarse tranquilo, sino para cumplir el sueño imposible: sacar campeón a Belgrano. En cada parada improvisada se escuchaba su nombre rebotando contra los paredones: “¡Chinooo, Chinooo!”. Él sonreía con los ojos mojados, como si todavía no pudiera creer que aquella estrella bordada en la camiseta también le pertenecía.
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Y no es apenas un dibujo arriba del escudo. Es la recompensa para generaciones enteras que aprendieron a amar perdiendo. Para los que siguieron yendo aun cuando no había gloria. Para los que murieron esperando este día y para los que este lunes lloraron por ellos mientras el micro pasaba.
Desde ayer las lágrimas no paran en Córdoba.
