La memoria de las casas no se borra con el tiempo; a lo sumo, queda en suspenso, esperando que alguien gire la llave adecuada. En la Reserva Natural Vaquerías, en Valle Hermoso, esa llave la tuvo Sergio Finzi.
El “caserón”, como él lo llama, fue el escenario de su infancia y el refugio de una estirpe donde el arte nunca fue un accesorio, sino el aire mismo que se respiraba.
“Esa casa es la casa donde yo me crié. La compraron mis padres y, tras su fallecimiento, estuvo en venta un tiempo. Hasta que me quedé viudo y me animé a comprar la parte de mis hermanas”, empieza diciendo a Perfil Córdoba Finzi, quien en febrero de 2024 decidió desandar el camino hacia el origen.
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La propiedad, construida hace más de 120 años por el emblemático constructor Antonio Marcuzzi, fue bautizada originalmente como Altiser, en 1962, un acrónimo de los cuatro hijos del matrimonio: Alejandro, Leticia, Isabel y Sergio. Hoy, rebautizada como Casa Finzi, el espacio funciona como un centro cultural que desafía la quietud de la montaña.
Una genealogía de artistas
Entrar a la casona es invocar a quienes la habitaron. Finzi recuerda a su padre, Conrado, un jurista que planteaba dilemas morales en la cena, y a su madre, escritora, que hacía de la cocina un templo de sabores y letras. “La casa históricamente tuvo mucha música y mucha letra. Mi papá era violonchelista, mi mamá era escritora, mi hermano Alejandro era dramaturgo y mi abuela era cantante lírica. De pronto me encuentro tomando ese legado y poniéndolo en valor”, explica con la emoción de quien ha cumplido una misión pendiente.
El debut oficial como espacio cultural fue en octubre de 2025, con una puesta que rompió la gravedad: “Se llenó de amigos, de música y de danza. Una de mis hijas hace danza aérea y bailó adentro y afuera de la casa. Tiene techos altísimos y estructura suficiente para colgarse y bailar”, cuenta. Aquella noche hubo violonchelo, tango y folklore, marcando el pulso de lo que vendría.
La vibra de Punilla
Casa Finzi no es sólo un museo de la nostalgia. Con siete habitaciones y seis baños, el inmueble respira actividad diaria.
Finzi, que reparte su tiempo con la gestión de empresas en el Hospital Italiano, ha logrado que sus hijos se involucren en la curaduría y producción. “La casa está abierta para todo aquel que quiera conocerla. Ofrecemos espectáculos; ya pasaron artistas como Lucas Heredia y ahora lo vamos a tener a José Luis Aguirre”, adelanta.
El criterio es claro: dar cabida a los talentos de Punilla y generar un refugio para lo holístico y la plástica. “Si al segundo concierto la gente vuelve, es porque alguna vibra hay”, dice Finzi, convencido de que la inversión es, ante todo, espiritual: “Hay una necesidad latente de que las personas nos encontremos en ámbitos de cultura, de reflexión y de disfrute”.
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A la distancia, el relato de Finzi permite reconstruir ese rincón de Vaquerías donde el pasado y el presente finalmente se reconciliaron. No hace falta estar allí para sentir que la estructura de Altiser volvió a cobrar sentido a través de la gestión cultural. Para él, esta reapertura es el cumplimiento de un destino que lo trasciende: “Siento que la obra tenía que continuar. Mis padres han vuelto a encontrarse en la comunión de sus espíritus, y la casa vuelve a brillar como ellos querían”, concluye, con la satisfacción de quien ha devuelto la música al hogar de su infancia.
Lo que viene en la casona
6 de febrero: José Luis Aguirre en concierto.
15 de febrero: Puni Jazz (encuentro de músicos locales).
27 de febrero: Inicio del ciclo anual de dibujo artístico e historia del arte.
7 de marzo: Seminario de dibujo experimental (Silvia Filiau y Patricia González Sessa).

Casa Finzi. El chalet “Altiser”, construido hace más de 120 años, recupera su brillo en el corazón de la Reserva Natural Vaquerías.