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CóRDOBA
TRANSFORMACIÓN PROFUNDA

Facundo Navarro: “Hoy la doma es un vínculo con el caballo, no una imposición”

El domador cordobés analizó la evolución de las prácticas, el impacto de la tecnología y el cambio cultural en el trato con los animales. Asegura que la violencia quedó atrás y que el desafío actual es respetar los tiempos del caballo.

25-4-2026-Facundo Navarro
Facundo Navarro. | CEDOC PERFIL

La doma de caballos atraviesa un proceso de transformación profunda, marcado por cambios culturales, tecnológicos y económicos. En ese contexto, Facundo Navarro, domador de profesión, es un referente a la hora de describir la actividad, que dejó atrás prácticas tradicionales para dar lugar a una relación basada en el respeto, el conocimiento y la responsabilidad.

Navarro viene de familia de caballos (“mi viejo, Daniel Navarro, era un tipo muy conocido y un loco de los caballos, él me inculcó la pasión por esto”) y tiene una vasta trayectoria en este mundo. Hace unos años recibió un mensaje del presidente de la Sociedad de Polo de Egipto, para invitarlo a encabezar la doma de caballos de carrera y de polo. “Fue una experiencia fantástica, fueron tres años de aprendizaje constante y de trabajar en el más alto nivel. Y tuve el privilegio de llevar gente que trabajaba conmigo acá para que puedan vivir la experiencia”, sostiene Navarro en diálogo con Perfil Córdoba.

Hoy, al frente del Centro de Doma “El Algarrobo”, Navarro repasa la evolución del sector, el rol de la genética y los desafíos actuales de una actividad que, asegura, “ya no se parece en nada a lo que era antes”.

—¿Cuánto ha cambiado la doma con el paso del tiempo?
—Muchísimo. Hoy hay una versión completamente nueva de todo esto, sobre todo por la influencia de los medios de comunicación y la conectividad que tenemos ahora. La gente accede a mucha información, son procesos distintos, y eso te va mostrando otra manera de hacer las cosas. Por ejemplo, hoy vas a comprar un caballo de polo y difícilmente lo pagues menos de 10.000 dólares. Eso implica una responsabilidad enorme. Tener un animal de ese valor cambia completamente la forma en la que trabajás con él. Ya no podés hacer lo que se hacía antes, como tirarlo al suelo o palenquearlo para sacarle el miedo, porque eso implica riesgos muy altos. Se han muerto caballos por esos métodos. Entonces, necesariamente, todo el sistema tuvo que evolucionar.

—¿Cómo impacta eso en la doma?
—Hace que la relación con el caballo sea completamente distinta. Se convierte en un vínculo: ya no es sólo una cuestión de rendimiento o de educación, sino de responsabilidad. Vos arrancás desde cero, con paciencia, con cuidado y con la idea de no lastimar al animal ni a la persona. Además, hay algo clave: alguien te trae una ilusión, y esa ilusión tiene un costo. Entonces tenés que estar a la altura. Eso hizo que el domador también tenga que evolucionar. Hoy los tiempos son distintos, no podés apurar procesos como antes.

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—¿Eso implica que el proceso lleva más tiempo?
—No necesariamente. Puede parecer que sí al principio, pero no es así. Cuando vos te dedicás a la doma, vivís de eso: te levantás domando caballos y te acostás domando caballos. Los tiempos los marcan los animales. Generalmente, en siete u ocho meses un caballo está listo. Algunos pueden tardar más y otros menos, pero hacerlo mal o apurarlo no cambia demasiado el tiempo final. Lo importante es hacer bien las cosas desde el principio.

—Hoy, entonces, ¿la doma está lejos del maltrato que la gente imagina?
—Totalmente. Hoy existe un extremo cuidado. Hubo una evolución muy grande y creo que en las nuevas generaciones esa parte violenta que existía antes se va a ir perdiendo. La violencia aparece cuando no le das al caballo el tiempo necesario para entender lo que le estás pidiendo. El caballo reacciona, y estamos hablando de un animal de 300 o 400 kilos que se mueve en fracciones de segundo. Antes se usaban métodos muy agresivos: se los ataba con sogas gruesas, se los asustaba con trapos para que se rindieran por cansancio o por dolor. Eso hoy ya no se usa.

—¿Qué cambió en concreto en esas prácticas?
—Antes se lastimaban mucho los caballos. Se golpeaban la cabeza, las patas, incluso los ojos. Hoy eso está completamente descartado. Ahora se respetan los tiempos del animal. Después, sí, se los exige físicamente, pero no desde el castigo. Se los va llevando de a poco hasta que alcanzan su máximo rendimiento. Y cuando llegan a ese punto, hacen todo bien, rápido y con ganas. No trabajan por miedo, sino porque entienden lo que uno les pide.

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—¿Argentina está bien posicionada en este tipo de entrenamiento?
—Países como Estados Unidos están años luz, pero lo que sí hizo Argentina fue algo clave: entender que el caballo de polo podía desarrollarse acá. El polo lo trajeron los ingleses, y ellos jugaban con caballos de carrera, que eran muy rápidos pero también frágiles. Entonces los argentinos cruzaron esos caballos con criollos, y de ahí salió un animal más resistente, igual de veloz. Así nació la raza Polo Argentino. Hoy sí somos pioneros en la producción y distribución de caballos de polo en el mundo.

—¿Vos participás en todo el proceso de formación del caballo?
—No en todo. Hay una base genética muy importante que ya viene dada. Después, el trabajo que uno hace termina de moldear al caballo: los miedos, la confianza, las reacciones. Hay caballos más temperamentales y otros más tranquilos. Eso depende mucho de la genética. Una buena genética acorta los tiempos y facilita todo el proceso. El caballo es como una esponja: aprende lo bueno y también lo malo. Si le enseñás mal algo, lo va a repetir hasta que hagas un reseteo completo. Por eso es clave hacer bien las cosas desde el principio.

—¿Cómo fue tu vínculo personal con este mundo?
—A través de mi viejo crecimos en ese ambiente, con mucho trabajo y mucho contacto con los caballos. Él tenía una escuela de equitación y ahí pasamos gran parte de nuestra vida. Incluso improvisábamos: hacíamos tacos de polo con palos de escoba, porque en ese momento no era un deporte difundido. A mí siempre me gustó. Si hubiese tenido la oportunidad, me hubiera encantado dedicarme más al polo, pero esto es mi pasión.