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CULTURA / Un libro inolvidable
viernes 12 abril, 2019

Bauhaus según Tom Wolfe

En 1981 el padre del Nuevo Periodismo publicó un libro que recorre la historia del movimiento Bauhaus y sus "jóvenes turcos" de la arquitectura, agrupados en torno a Walter Gropius. Aquí reproducimos un fragmento.

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Tom Wolfe


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Bauhaus segun Tom Wolfe Foto: CEDOC
viernes 12 abril, 2019

¡El artista europeo! ¡Qué imagen tan deslumbrante! André Breton, Louis Aragon, Jean Cocteau, Tristan Tzara, Picasso, Matisse, Arnold Schoenberg, Paul Valéry... criaturas como éstas destacaban como las figurillas de oro y bronce de Gustave Miklos sobre las humeantes ruinas de Europa después de la Gran Guerra. Las ruinas, los escombros de la civilización europea eran parte esencial de la imagen.

Los montones de huesos carbonizados como telón de fondo era precisamente lo que hacía que vanguardistas tales como Breton o Picasso destacaran con tanta brillantez. Para los jóvenes arquitectos estadounidenses que hacían el peregrinaje, la figura más extraordinaria de todas fue Walter Gropius, fundador de la Bauhaus. Gropius abrió el Bauhaus en Weimar, la capital alemana, en 1919. Era más que una escuela; era una comunidad, un movimiento espiritual, un enfoque radical de todas las formas del arte, un centro filosófico comparable al Jardín de Epicuro. Gropius, el Epicuro del grupo, tenía treinta y seis años, era esbelto, con el pelo negro y espeso peinado hacia atrás, irresistible con las mujeres, correcto y educado a la clásica manera alemana, teniente de caballería durante la guerra, condecorado con la medalla del valor, hombre tranquilo, seguro y con convicciones en medio del cataclismo.

Estrictamente hablando, no era un aristócrata, ya que su padre, aunque acomodado, no pertenecía a la nobleza, pero nadie podía por menos pensar lo contrario. El pintor Paul Klee, que fue profesor en la Bauhaus, llamaba a Gropius "el Príncipe de Plata". La plata era lo idóneo. El otro era demasiado chillón para un hombre tan elegante y estricto. Gropius parecía un aristócrata que, por un milagro de sensibilidad hubiera conservado todas las virtudes de la raza y se hubiera deshecho de los esnobismos y rémoras del pasado.

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Los jóvenes pintores y arquitectos que acudieron al Bauhaus para vivir, estudiar y aprender del Príncipe de Plata hablaban de "partir de cero". Era una frase que se oía en todo momento. Gropius respaldaba cualquier experimento que se acometiese, siempre que fuera en nombre de un futuro limpio y puro. Incluso religiones nuevas, como el "mazdaísmo". Incluso los regímenes alimenticios. Durante un tiempo, la dieta del Bauhaus de Weimar consistía únicamente en gachas de legumbres. Eran tan insípidas y filamentosas que había que añadirles ajo para darles algún sabor, la mujer de Gropius por aquel entonces era Alma Mahler, antes señora de Gustav Mahler, la primera y principal de esa maravillosa especie del siglo XX, la Viuda del Arte.

Los historiadores nos dicen, señalaba ella años después, que las características del estilo Bauhaus eran las esquinas de cristal, los techos planos, los materiales puros y la estructura bien manifiesta. Pero ella, Alma Mahler Gropius Werfel –pues había añadido ya a la lista al poeta y novelista Franz Werfel–, podía asegurar que el rasgo más inolvidable del estilo Bauhaus era "un tufillo de ajo en el aliento". ¡Sin embargo...! Sin embargo, qué hermoso, limpio y puro tenía que ser... ¡partir de cero! Marcel Breuer, Ludwig Mies van der Rohe, Lázlo Moholy-Nagy, Herbert Bayer, Henri van de Velde dieron clases en el Bauhaus en uno y otro período, junto con pintores como Klee y Josef Alberts. Era éste quien impartía el célebre Vorkurs o curso preparatorio.

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Albers entraba en el aula, dejaba un montón de periódicos en la mesa y decía a los estudiantes que volvería al cabo de una hora. Mientras tanto, los estudiantes tenían que romper los periódicos y elaborar obras de arte con los pedazos. Cuando volvía, encontraba castillos góticos con periódicos, yates de periódicos, aviones, bustos, pájaros, estaciones ferroviarias, cosas asombrosas. Pero siempre había un alumno, un fotógrafo o un bufador de vidrio, que se limitaba a coger una hoja, la doblaba, la ponía como si fuera una tienda de campaña y la dejaba estar. Alberts cogía la catedral y el avión y decía: "Estos están destinados a ser de piedra y de metal, no de periódico". Luego echaba mano de la despreocupada tienda del fotógrafo y decía: "¡Pero ésta! Esta sirve del alma del papel. El papel puede doblarse sin romperse. El papel posee fuerza tensora y los dos finos bordes pueden abarcar un amplio espacio. ¡Esta! Esta es una obra de arte de papel!"

Y no hay duda de que la materia gris del cerebro se dilataba. ¡Tan sencillo! ¡Tan hermoso...! Era como si la luz se hubiera hecho por vez primera en el alma de cada cual. ¡Señor! ¡Partir de cero! ¿Y por qué no? La patria del joven Bauhaus, Alemania, había sido destrozada por la guerra y humillada en Versalles; la economía había caído en un delirio inflacionista; el Kaiser había desaparecido; los socialdemócratas habían tomado el poder en nombre del socialismo; tropeles de jóvenes iban de ciudad en ciudad atiborrándose de cerveza y esperando una revolución a la soviética que viniera del este o que se armara una jarana horrorosa como mínimo. Escombros, ruinas humeantes... ¡Partir de Cero! Si se era joven, se tenía todo. Partir de cero era ni más ni menos que volver a crear el mundo.


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