lunes 16 de mayo de 2022
CULTURA Tenía 90 años
11-03-2022 13:22

Murió Rolando Costa Picazo: el primer lector

Esta semana falleció el notable profesor y traductor de “Ulises” y “Moby Dick”, entre otros. El recuerdo de una de sus alumnas.

11-03-2022 13:22

Un curriculum abreviado da cuenta de una vida dedicada a traslucir y relevar la fuerza del original en sus acabadas traducciones anotadas. Dentro del canon de la poesía estadounidense, Rolando Costa Picazo tradujo 95 poemas de Emily Dickinson. No era la primera poeta que Rolando traducía, ya había traducido a Dianne di Prima, Rita Dove y Sandra Cisneros. Obviando las distinciones de género en cuanto a quiénes traducen a quién (tema relevante y discutido dentro del campus de la traducción literaria), la faceta más importante y destacable de este trabajo es la de traducir para enseñar.

Durante el verano de 2011 Rolando se abocó a la tarea de reunir, seleccionar, traducir y anotar estos 95 poemas para la cursada de su materia en la Universidad de Buenos Aires. Este volumen cuidadoso y dedicado (“Para mi equipo de cátedra y mis estudiantes del curso de 2011 de Literatura Norteamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, con afecto y agradecimiento”) forma parte de la Biblioteca de Autores que Rolando Costa Picazo tradujo durante más de treinta años para sus alumnos de las clases teóricas de los días lunes y miércoles.

Al maestro con cariño

Saliendo de unas jornadas en homenaje a Hemingway, por la avenida Corrientes, hace muchos años, Rolando me dijo: “Si uno mira las cosas por el fusil de la ortodoxia, las mata”. Se estaba refiriendo a la manera en que leemos a los distintos autores según las modas y las épocas. Hay fusiles en la literatura de Hemingway, como armas blancas en la literatura de Borges, y la tarea del traductor, su incansable búsqueda rítmica, ética y estética, es la de traducir para que intentemos entender el mundo que nos tocó vivir.

Cómo se construye un traductor, por Guillermo Piro

La tarea que queda pendiente para tantos profesores y alumnos que él formó, lectores en tiempos de guerra, es la tarea de reponer la masa que sostiene la punta del iceberg, y no alcanzamos a ver. Como enseñó Hemingway en su teoría del iceberg, deberemos reponer y recordar para construir a partir de las elipsis, de las faltas, de todo lo no dicho, un tiempo mejor. Des-armarlo, desde una utopía, la utopía que toda traducción intenta: acortar la distancia entre unos y otros.

Antes de terminar con la traducción del Ulises, en 2015 la Editorial Miño y Dávila publicó Tierra de Nadie. Poesía inglesa de la Gran Guerra. Este trabajo recopila un grupo de poetas que escribieron en la Primera Guerra Mundial, poetas que aun perdiendo hasta sus vidas dejaron testimonio de esa lucha en el género que más cerca está del corazón humano: el género lírico. Dice allí Costa Picazo. “A diferencia de las fortificaciones, las trincheras no podían ser destruidas por el fuego de artillería, y la 'tierra de nadie' que las separaba no podía ser cruzada por la infantería sin enormes bajas. Las trincheras eran un claro ejemplo de deterioro y putrefacción. Allí se amontonaban los vivos y los muertos, estos últimos absorbidos por el fango y todos en medio de las ratas y el hedor.

Las traducciones apócrifas, por Luis Chitarroni

Tal vez la traducción, ese espacio entre dos frentes, pueda transformarse a partir de estas incursiones de Costa Picazo en una serie de preguntas y reflexiones sobre el presente, ya que haberse instalado allí, en la trinchera de la traducción, es devolver al mundo y a sus lectores la esperanza desolada de la comprensión. Traducir a estos poetas es devolverle a ese vacío inhóspito -la Guerra- algo de la humanidad que le corresponde a todo lector del mundo civilizado. Con este trabajo, Costa Picazo levanta una bandera de Paz, porque como dice T. Todorov, para que los pueblos se entiendan tenemos que traducirnos, porque traducirnos es mucho más que entendernos, es por un momento ser el Otro. 

Quién fue Rolando Costa Picazo

Rolando Costa Picazo fue crítico y traductor literario, profesor consulto titular de Literatura Norteamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, autor de W. H. Auden, Los primeros años (Buenos Aires: Centro Editor Latinoamericano, 1994); Borges: Una forma de felicidad (Buenos Aires: Fundación Internacional Jorge Luis Borges, 2001); Mexico City Blues, de Jack Kerouac (Valencia: Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2008); Hart Crane y El puente (Buenos Aires: Colihue, 2008); W. H. Auden: Los Estados Unidos y después (Buenos Aires: Ediciones Activo Puente, 2009); Emily Dickinson: Oblicuidad de luz. Universidad de Valencia; Frank O Hara: Meditaciones en una emergencia (Buenos Aires, Huesos de Jibia, 2011); Ezra Pound. Primeros poemas, Universidad de Valencia, 2014; Tierra de nadie. Poesía inglesa de la Gran Guerra. Buenos Aires, 2015; Palabra de Borges. Buenos Aires, 2016; y la Edición Crítica de la Obra Completa de Jorge Luis Borges –Editorial Emecé, Buenos Aires-- en tres tomos.

El eterno retorno, por Álvaro Abós

Asimismo, fue autor de las ediciones críticas de Hamlet, Macbeth, El rey Lear, Otelo y Romeo y Julieta, de Shakespeare y de Una vuelta de tuerca y Los papeles de Aspern, de Henry James; y de la edición crítica y traducción anotada de los Cuentos Completos de Edgar Allan Poe (Buenos Aires: Colihue Clásica, 2010). Tradujo alrededor de cien obras del inglés al español, en prosa de autores como Hemingway, Faulkner, Nadine Gordimer, Truman Capote, Norman Mailer, Henry Miller y Saul Bellow; en poesía, además de Auden, a Crane, Kerouac y John Ashbery. Al inglés tradujo, entre otras obras, la Cantata de Bomarzo, de Alberto Ginastera y Manuel Mujica Láinez.

Recibió el Premio Konex de Platino en Letras en dos ocasiones, en 1994 y en 2004, y el Premio Teatro del Mundo, de la Universidad de Buenos Aires, por sus versiones anotadas de las tragedias de Shakespeare. Fue miembro de número de la Academia Argentina de Letras y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española.     



Dulce et Decorum Est          
                                     de Wilfred Owen, traducción: Rolando Costa Picazo

Doblados en dos, como viejos mendigos bajo cargamento
las piernas torcidas, tosiendo como demonios, maldecíamos en medio del fango
hasta que a la luz de las obsesionantes bengalas nos dimos vuelta
y hacia nuestro distante puesto nos arrastramos.
Los hombres marchaban dormidos. Muchos habían perdido las botas,
y rengueaban, los pies ensangrentados. Todos rengueaban. Todos ciegos
borrachos de fatiga, sordos incluso al ulular
de las extenuadas, ya rezagadas granadas de gas que caían a nuestras espaldas.
¡Gas! ¡Gas! ¡Rápido, muchachos!- Un éxtasis de caminar a tientas,
de calzarnos con torpeza los cascos justo a tiempo;
pero alguien todavía daba alaridos y tropezaba
y avanzaba a los tumbos como un hombre en un incendio o caminando sobre cal..
Borrosamente, a través de vidrios empañados y una densa luz verde,
Como en el fondo de un mar verde, lo vi ahogarse.
                                … 
En todos mis sueños, ante mi impotente mirada,
él viene hacia mí, gorgoteando, asfixiándose, ahogándose.
Si en algún oprimente sueño asfixiante tú también pudieras caminar
detrás del carro en que lo arrojamos
Y vieras sus ojos en blanco retorcerse en la cara,
en su cara colgante, como un demonio harto ya del pecado;
si pudieras oír, a cada traqueteo, la sangre
saliendo a borbotones y con espumarajos de los pulmones podridos,
obscena como el cáncer, amarga como el bolo digerido a medias
de viles e incurables pústulas en lenguas inocentes,
amigo mío, no les dirías con tanto entusiasmo
a los niños ansiosos de desesperada gloria
la antigua mentira: Dulce et decorum est
Pro patria mori.