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ESPECTACULOS / Fantasmas no solemnes
sábado 23 noviembre, 2019

Un buen espectáculo debe modificar al espectador

Muchos se apuraron a anunciar la muerte del teatro. Pero no por nada es milenario, y sobrevivió una vez más.

Gonzalo Demaría*

Isabel en estado crítico. El texto del autor Gonzalo Demaría recrea con mucha ironía la estadía de la expresidenta, presa en el Sur en la dictadura. Grandes trabajos de Alejandra Radano, Carlos Casella, entre otros, en el San Martín. Foto: Carlos Furman
sábado 23 noviembre, 2019

En la ya larga historia del teatro –2.500 años si contamos desde Esquilo– hubo más de un momento bisagra, un punto de giro, un cimbronazo. El más reciente, la aparición del cine. De esto hace poco más de cien años.

El teatro tuvo que recalcular y acomodarse. Había nacido una competencia sumamente desleal. Por una de esas paradojas que hacen la casualidad mágica, el nacimiento del cine coincidió con la culminación del realismo en el teatro. Ibsen y sus discípulos ya habían dado lo suyo, los dramas que ponían la lupa sobre el ser humano común, en sociedad, objetivado. ¿Cómo iba el teatro a competir contra una cámara (cuya lente se llama, precisamente, “objetivo”), o contra un primer plano, o la posibilidad de un escenario natural? Muchos se apuraron a anunciar la muerte del teatro. Pero no por nada es milenario, y sobrevivió una vez más. En esta oportunidad, su mutación inteligente fue renunciar a la intención fotográfica y documental para abrazar algo que el cine no tenía ni tiene ni tendrá: el ritual.

El ritual le pertenece exclusivamente al teatro. Está en su ADN, son sus orígenes. La máscara, el templo, los dioses y otros personajes míticos: todo apunta al gesto religioso, es decir simbólico, no realista. Y aquí es donde también la palabra cobra su importancia. Porque mientras que el cine se nutre más de la imagen que de la palabra, en el teatro es fundamental el verbo, como lo es en el Génesis. “En el principio era el verbo”, dice la Biblia. La palabra da vida y también mata. Es decir, modifica.

Yo creo que un buen espectáculo teatral cumple esa función de modificar al espectador. Si sale del teatro igual que como entró, entonces el ritual mágico no se cumplió. A veces, estas modificaciones no son inmediatamente perceptibles, porque uno cae más tarde. Otras hacen el efecto de un bombazo.

Entre otros, me acuerdo de dos espectáculos que me modificaron. Uno fue el unipersonal de una nonagenaria: Berta Singerman. Nada más ritual que su túnica blanca, su cara maquillada como una máscara, su voz cavernosa, toda ella parada en medio del escenario del Teatro Colón, sin ninguna clase de escenografía. No hacía falta. Tan solo recitaba. Jamás olvidaré esa voz ni esa mirada: estaba en trance.

El otro fue un espectáculo más grande e igual de poderoso: Familia de artistas. El monstruo sagrado era aquí su director, Alfredo Arias, quien lo trajo al Maipo después de su creación en París, su segunda patria. Allí había creado (el mismo año en que yo nací, 1970) la Eva Perón, de Copi. Obra por la que mereció premios varios y una bomba.

Con el tiempo no solo conocí a Alfredo (gracias a Adriana Aizenberg, actriz de Familia de artistas, precisamente), sino que trabajé con él, tanto en Buenos Aires como en París. Lo que es más, nos hicimos amigos. Este año me hace el honor de poner en escena una obra de mi autoría, Happyland, con música de otro amigo admirado, Axel Krygier. De paso, también hay amigos en el elenco, compuesto por Alejandra Radano, Carlos Casella, Josefina Scaglione, Marcos Montes, María Merlino y Adriana Pegueroles.

No tengo la menor idea de cómo Happyland puede modificar al público que la vea. Pero sé cómo me modifica a mí. Esta es, básicamente, una historia de fantasmas. Se sabe que las almas en pena no descansan hasta que se las conjura. ¿Cómo se hace esto? Por medio de la palabra y del gesto ritual. En el escenario de Happyland hay un exorcismo y una sesión espiritista. Los espíritus que deben descansar en paz son aquellos muertos por el Estado inmediatamente anterior al Golpe del 76. A diferencia de éstos, se los ha ignorado bastante y eso nunca es bueno para las almas de los muertos ni tampoco para las de los vivos.

Y aquí un recuerdo infantil. En el 75 yo iba a un jardín de infantes en el barrio porteño de Belgrano cuando hombres armados se abrieron paso entre nosotros, los niños, buscando quién sabe a quién. Durante el episodio, mi hermana Carolina, que es mayor que yo, corrió de su aula a la mía para protegerme, aun cuando estaba asustada y lloraba.

La casona de aquel colegio inglés es la inspiradora del castillo embrujado de Happyland. Escribir Happyland –lo entiendo ahora– es una forma de visitar el pasado para buscar a aquella niña que ya no existe y cambiar su llanto en risa. Porque, a pesar de lo que se cree, los fantasmas no son solemnes: tienen humor. Saben mejor que nosotros que la risa cura. En todo caso, cualquier cosa antes que la omisión.

 

(*) Dramaturgo. Compositor. Director teatral, autor de Happyland que dirige Alfredo Arias en el Complejo Teatral de Buenos Aires. Va de miércoles a domingo a las 20.30.


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