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IDEAS / Opinión
viernes 6 julio, 2018

El izquierdismo conservador de López Obrador

Expectativas sobre el presidente electo de México. Su discurso en campaña y antecedentes en el mundo de la política

Raúl Ferro*

Lopez Obrador en conferencia de Prensa luego de ser electo Foto: AFP

El anunciado triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las elecciones presidenciales de México del pasado 1° de julio significó, en el imaginario público, un triunfo de la izquierda en ese país. Buena parte de sus votantes, especialmente las generaciones jóvenes, así lo sienten, al igual que muchos analistas extranjeros. Pero, ¿qué tan de izquierda es López Obrador? 

En primer lugar, hay que subrayar que no se trata de un outsider. López Obrador se formó dentro del Partido Revolucionario Institucional (PRI) cuando este era la fuerza hegemónica en México, cuando el Estado era el PRI y el PRI era el estado. Posteriormente adhirió al Partido Revolucionario Democrático (PRD), la escisión del PRI por la izquierda que tomó fuerza a fines de los 80 en reacción al creciente liberalismo económico del PRI. Como militante del PRD, López Obrador fue elegido jefe de gobierno del entonces Distrito Federal (hoy Ciudad de México como entidad federativa) y fue candidato presidencial por ese partido en el 2006 y el 2012, quedando en segundo lugar.

En parte porque comprendió que bajo el PRD no podría seguir postulando y en parte huyendo de la propia disfuncionalidad del partido, López Obrador decidió abrirse y formar su propio grupo político, el Movimiento Regeneración Nacional (Morena), que tomó la lucha contra la corrupción como su principal caballo de batalla.

Aparte de la lucha contra la corrupción, López Obrador desarrolló su campaña apelando sutilmente a los tiempos mejores en que el poder estaba concentrado en el Estado, desde el que emanaba una política dirigista, autoritaria y paternalista. Su propuesta de buscar nuevamente el desarrollo y bienestar de México en la producción nacional apela a la nostalgia del viejo PRI centralista y proveedor. Los buenos tiempos en que el poder se aplicaba con mano fuerte y la economía se desarrollaba bajo un esquema de planificación central, con la participación cómplice y entusiasta de un capital privado que no surgió en base a la competencia del mercado sino a los espacios y ayudas que le concedían las directivas de los planificadores estatales.

Su mensaje, más que revolucionario, es involucionista y confunde el diagnóstico de parte de los males de México. Como señala Luis Rubio, uno de los más destacados cientistas políticos mexicanos, las raíces de estos males no están en las reformas económicas, sino en la ausencia de reformas políticas.

México vivió una auténtica revolución en los últimos 30 años, desde la creación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte hasta las grandes reformas sectoriales del gobierno saliente de Enrique Peña Nieto. Pero no avanzó con la misma profundidad en la modernización de su aparato institucional.

Es cierto que en el año 2000 la oposición desplazó en las urnas al PRI tras 70 años de gobierno continuo, pero la apertura política no se tradujo en una modernización de los aparatos del poder. De hecho, la supervivencia de las estructuras de poder tradicionales frustró en varias regiones del país el avance de la modernización económica y favoreció el resurgimiento feroz de la corrupción en los últimos años. Esto, combinado con el avance del narcotráfico, ha resultado en un cóctel feroz de violencia y desgobierno.

Todo parece indicar que el nuevo presidente mexicano no avanzará en este terreno. Es más, tiene grandes incentivos para mantener el status quo institucional. Su coalición obtuvo la mayoría absoluta tanto en diputados como en senadores. Si bien esta mayoría no es suficiente para aprobar cambios a la Constitución, sí le permitirá aprobar sus propuestas presupuestales y legislativas sin contrapesos.

Posiblemente el gobierno de López Obrador será ligeramente regresivo en lo económico, con un mayor énfasis en el peso del Estado en la economía. Nada apunta hacia una hecatombe ni mucho menos. Su gestión como jefe del entonces Distrito Federal fue prudente y relativamente eficiente, con importantes inversiones en infraestructura e interesantes programas sociales. Si sirve como antecedente, las calificadoras de riesgo otorgaron el estatus de grado de inversión a la deuda de la entidad en ese entonces. Para su aventura presidencial, además, cuenta con el compromiso de gente seria y de prestigio intelectual –claro que también hay personajes cuestionables en su entorno— y ya ha reestablecido puentes con la elite empresarial, tras los impasses de la campaña. 

Sin embargo, poco cabe esperar en el ámbito de las necesarias reformas institucionales, no obstante su admiración por Benito Juárez, uno de los padres de las reformas liberales que buscaron modernizar a México en el siglo XIX. Todo indica, más bien, que se acercará al paternalismo antiliberal que tan de moda parece estar en gran parte del mundo y que parece ser una de las nuevas definiciones del imaginario de la izquierda en estos tiempos. México tendrá que esperar para avanzar en su modernización.

*Periodista y Director del Consejo Consultivo del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).


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