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MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 1006: ¿Hacia un frente anti-Milei?

Del frente tácito en el Congreso a la ingeniería del poder. Lecciones de Brasil, Europa y Uruguay para entender si la suma de rechazos puede transformarse en un gobierno viable.

Día 1006 editorial JF
Kicillof, Schiaretti, Massa, Bregman, Macri, Larreta, Carrió y Melconian. | NET TV

Hay un frente opositor unificado tácito contra el Gobierno. Hay reuniones, acuerdos, tácticas en común para marcarle la cancha. Hay gestos que empiezan a delinear una unidad tan heterogénea como necesaria. Ex macristas, lilitos, radicales, kirchneristas de paladar negro, ex libertarios arrepentidos, piqueteros, peronistas federales, pichetistas y hasta trotskistas. ¿Tiene algún futuro esta alianza improvisada? ¿Se repetirá el escenario de Brasil en el que Lula logró unir al centro derecha tradicional del establishment brasilero con la izquierda anticapitalista?

En palabras de Borges, no los une el amor, sino el espanto, esa frase que marcó para siempre. Pero ¿puede el espanto formar una lista, ganar las elecciones y luego repartir un gobierno entre fuerzas tan distintas? Hipótesis de un frente que irá subiendo a su colectivo a cada uno de sus integrantes. Y si llega a haber balotaje, terminará con marxistas, larretistas, kirchneristas y algún libertario defraudado de un mismo lado de la trinchera. ¿Cómo sería un gabinete de una alianza tan amplia?

Tras la apuesta por Malvinas, el Gobierno había buscado recuperar la agenda política. Sin embargo, ayer la oposición demostró que, cuando trabaja unida, puede poner a la defensiva a la gestión libertaria. Puede marcar los temas que se discutan en el Congreso y en la opinión pública. Ayer, la oposición logró que se trataran los temas de morosidad y la emergencia en discapacidad. El Gobierno hizo intentos por bloquear estas iniciativas. Terminó sumándose a discutirlo cuando ya no tenía otra opción. El mes seguirá con clases públicas, el martes 15, en las facultades. Ello ocurre porque el Gobierno sigue sin aprobar la Ley de Financiamiento Universitario, está aprobada por la Justicia y aun así no la aplica. También estará la Marcha de la Bronca convocada para el sábado 19. Sobre finales de mes se tratarán los proyectos de los temas marcados ayer. Un mes opositor, otro más.

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Un frente anti-Milei genera incertidumbres sobre su viabilidad. Ya hubo una alianza que reunió al panperonismo con Grabois, los maoístas del PCR y hasta el radicalismo de Ricardo Alfonsín: el Frente de Todos. ¿Por qué el Frente Amplio de Lula funciona y el Frente de Todos fue una alianza con muchos problemas en su diseño de poder?

El fracaso del Frente de Todos en Argentina y la viabilidad del Frente Amplo en Brasil exponen dos dinámicas opuestas del presidencialismo de coalición en América Latina. La diferencia central radica en la presencia o ausencia de una jefatura política unificada con capacidad de arbitraje institucional.

En Argentina, el Frente de Todos colapsó debido a una anomalía de diseño. El poder político real residía en la vicepresidencia y la caja ejecutiva en la presidencia. Como señaló el analista Carlos Pagni, la coalición operó como un loteo de feudos incomunicados. Las diferencias ideológicas se tradujeron en una parálisis de gestión. El politólogo Andrés Malamud define esta estructura como una alianza sin árbitro. En ella, Alberto Fernández carecía de volumen propio para imponer una línea económica y Cristina Kirchner ejercía un poder de veto constante. El periodista Mario Wainfeld coincidiría en que la falta de un mecanismo institucionalizado para procesar los desacuerdos transformó las diferencias internas en una abierta disputa pública. Aquello dinamitó la autoridad presidencial y minó la gestión del programa económico.

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En contraste, el Frente Amplo ideado por Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil funciona porque respeta la jerarquía clásica del presidencialismo de coalición. El sociólogo y analista Celso Rocha de Barros destaca que la inclusión de figuras de la centroderecha liberal, como el vicepresidente Geraldo Alckmin, no respondió a una mera táctica electoral. Respondió a un pacto de gobernabilidad con el centro político y los mercados. A diferencia del experimento argentino, el periodista Thomas Traumann observa que Lula ejerce como el árbitro incontestable de la coalición. Las diferencias entre la agenda desarrollista de la izquierda y el pragmatismo fiscal impulsado por ministerios en manos del centro se resuelven en el despacho presidencial y no en los medios de comunicación.

Mientras el Frente de Todos fragmentó la toma de decisiones y dejó expuesta la vacuidad del liderazgo presidencial, el modelo brasileño utiliza la institucionalidad del Gabinete para contener la heterogeneidad ideológica. Como sintetiza el politólogo Mario Riorda, una coalición amplia solo sobrevive si la diversidad interna se administra bajo un liderazgo indiscutido. Sin esa premisa, el frente se convierte en un choque de veto mutuo.

En ese sentido, la presencia de Lula es fundamental para que se sostenga el frente en Brasil y la ausencia de Cristina lo favorece en Argentina. Es decir, si Cristina Kirchner nombrase a un candidato, luego de lo que sucedió con Alberto Fernández, le quitaría todo el poder en el acto mismo de designación. Cristina Kirchner hoy tiene el poder de nombrar a un candidato sin poder. Por eso, Kicillof se rehúsa a reunirse. Si se reúne y luego Cristina dice: “Es mi candidato”, en ese mismo acto, pierde todo el poder. Se empezará a decir que en realidad los votos son de Cristina y él no tendrá autoridad propia. Tal y como le dijo Juliana Di Tullio a Nancy Pazos, Cristina busca un Cámpora, no un presidente con poder propio.

Ahora bien, en su último acto de lapicera, con la designación de Fernández a través de un tuit, la rompió. Rompió su lapicera y perdió gran parte de su poder. Por eso está presa, además de la contundencia de las pruebas en su contra. Y se podría especular que, si hubiese conservado el poder, estaría libre. En términos políticos, Cristina misma se sacó del juego. Eligió a un presidente sin poder, lo que paralizó el Gobierno y la sacó del poder.

Siempre se dice que se puede hacer cualquier cosa con el poder, menos no ejercerlo. Tampoco pasarse, podríamos agregar. Cristina intentó obligar a alguien que nunca hubiese sido su Cámpora a que lo sea. Se pasó y por eso perdió el poder.

Es cierto que la ausencia de la lapicera omnipresente de Cristina no garantiza que haya un Lula en Argentina que pueda arbitrar un frente. Un eventual frente anti-Milei tiene un problema fundamental: la ausencia de una figura tan indiscutida como Lula. En ese sentido, son fundamentales las PASO. Algo que Milei sabe antes que nadie.

Unas PASO, tal y como sucedió con Cambiemos en el 2015, darían una fórmula presidencial legitimada por el voto popular. También darían un reparto de las listas en función de lo que saquen en las internas. De esta manera se podrían armar las listas de diputados. Luego, se podría pensar en algún reparto de ministerios en función de contener las diferentes sensibilidades del frente. Milei vio esto antes que la oposición. Por eso quiere eliminarlas.

¿Qué otras experiencias de gobiernos de coalición exitosos hay para entender cómo funcionaría una alianza tan amplia si no hubiera un Lula? Podríamos recordar aquí el ejemplo de la alianza entre el peronismo y el radicalismo en el año 2001, en realidad a comienzos del 2002, cuando Duhalde y Alfonsín hicieron un gobierno de absoluta coalición inclusive colocando el radicalismo al ministro de Economía y el canciller.

En Uruguay, el Frente Amplio gobernó articulando sus fricciones mediante el principio de proporcionalidad y contrapeso ministerial. Durante la presidencia de Tabaré Vázquez y los mandatos posteriores, la gestión de las carteras estratégicas se distribuyó equilibrando sectores. Si el Ministerio de Economía estaba en manos del sector moderado, más de derecha o más del centro (como Danilo Astori, garante de la disciplina fiscal y la atracción de inversiones), el Ministerio de Trabajo o las áreas sociales se asignaban al sector más a la izquierda (como el Movimiento de Participación Popular de José Mujica o el Partido Comunista). En los hechos, cuando surgía un choque presupuestario entre la necesidad de gasto social y las metas fiscales, la disputa no se dirimía mediante declaraciones públicas. Se resolvía en las reuniones del Consejo de Ministros y la Mesa Política. Si la interna amenazaba con paralizar la aprobación del presupuesto nacional, primaba la disciplina de la bancada. La minoría acataba la posición mayoritaria del frente y votaba en bloque en la Asamblea General, garantizando así la aprobación de las leyes clave sin fuga de votos hacia la oposición.

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En Francia, la dinámica del ejercicio del poder entre bloques ideológicos opuestos se ha observado con claridad durante las cohabitaciones institucionales. En el gobierno cohabitado de 1997 a 2002, con el gaullista Jacques Chirac en la presidencia y el socialista Lionel Jospin como primer ministro al frente de una "izquierda plural" (que incluía comunistas y verdes), la gestión práctica se dividió mediante una estricta delimitación de competencias constitucionales. El presidente conservador ejercía la representación internacional y la defensa nacional. El primer ministro socialista conducía la política económica e interior. En los hechos, el Consejo de Ministros de los miércoles se convirtió en un espacio de negociación fría y protocolar. Las reformas de la izquierda (como la reducción de la jornada laboral a 35 horas) se impulsaban desde la oficina del primer ministro en Matignon. El Palacio del Elíseo usaba su poder de palabra para marcar matices sin llegar a vetar los decretos normativos para evitar un bloqueo institucional de la República francesa. De manera similar, la articulación del Nuevo Frente Popular en 2024 operó en la Asamblea Nacional coordinando comisiones permanentes y mesas interbloques para sostener votaciones conjuntas contra los proyectos del oficialismo y de la extrema derecha.

En Alemania, la "Grand Coalition" entre la centroderecha (CDU/CSU) y la centroizquierda (SPD) funcionó en los hechos como un gobierno de administración corporativa. El documento inicial del pacto de gobierno se convertía en una hoja de ruta estricta para la burocracia estatal. Cada proyecto de ley debía pasar previamente por el Koalitionsausschuss (Comité de Coalición). Este era un órgano informal compuesto por la Canciller Angela Merkel, los jefes de los partidos aliados y los líderes de las bancadas parlamentarias. Si un ministro intentaba enviar un proyecto que no estaba respaldado por ese comité, el proyecto se congelaba automáticamente en la fase de borrador. La gestión diaria requirió un pragmatismo transaccional permanente. El SPD aprobaba las medidas de rigor fiscal y defensa demandadas por la centroderecha a cambio de que la CDU votara el establecimiento del salario mínimo nacional o reformas en las pensiones.

En el caso italiano, el gobierno de Mario Draghi operó bajo un esquema técnico de gabinete cerrado. Las decisiones económicas, los criterios de distribución de los fondos europeos de reactivación europeo y las reformas estructurales se centralizaron directamente en la Presidencia del Consejo de Ministros y en el Ministerio de Economía. Los ministerios de contenido político secundario se distribuyeron entre las distintas fuerzas (desde la extrema derecha de la Liga hasta la centroizquierda del Partido Democrático). Allí, Draghi impuso la condición de que las directivas macroeconómicas no eran negociables en el Parlamento, sino allí en el Consejo de Ministros. La gestión funcionó eficientemente mientras el foco estuvo puesto en la ejecución técnica de los fondos. Sin embargo, en el momento en que los partidos políticos intentaron desmarcarse para responder a sus electorados en temas tributarios y de asistencia social, la falta de una base política común provocó el retiro de los apoyos y la caída del gabinete.

Por su parte, en Chile, el gobierno de Gabriel Boric adaptó su funcionamiento cotidiano reestructurando el Comité Político. Este era el núcleo duro donde se toman las decisiones estratégicas en La Casa de la Moneda. Inicialmente integrado por la izquierda del Frente Amplio y el PC, el gobierno incorporó formalmente a figuras del Socialismo Democrático en los ministerios de Interior (Carolina Tohá) y Hacienda (Mario Marcel). En los hechos, esta reestructuración significó que el diseño del presupuesto, la política de seguridad pública y las negociaciones legislativas pasaran a ser conducidos por la centroizquierda experimentada. De ese modo se contuvieron las demandas de los sectores más radicales de la coalición para lograr acuerdos posibles en un Congreso donde no contaban con mayoría absoluta.

Estos ejemplos muestran que un frente hiperamplio no funciona mediante el consenso ideológico. Funciona mediante el reparto técnico de áreas de gestión, el establecimiento de comités de resolución de conflictos previos al debate parlamentario y la aceptación implícita de que la estabilidad del gobierno exige resignar las posturas más extremas de cada espacio.

Un frente hiperamplio no requiere indispensablemente de una figura providencial como Lula da Silva para gobernar. Sin embargo, sí exige mecanismos que suplan esa falta de hiperliderazgo. A nivel internacional, la viabilidad de estas alianzas diversas se ha articulado bajo tres esquemas de autoridad bien diferenciados.

Por un lado, existe el modelo de liderazgo unificador, visto en el Frente Amplio uruguayo con Tabaré Vázquez y José Mujica o en Chile con Gabriel Boric. En este modelo la figura presidencial debe sostener el equilibrio político o ceder espacio técnico al centro para garantizar gobernabilidad. Por otro lado, se encuentra el arbitraje institucional y normativo, como las Grandes Coaliciones de Angela Merkel en Alemania o el gabinete técnico de Mario Draghi en Italia. Allí la cohesión no depende del carisma, sino de contratos de gobierno minuciosos o de la urgencia de una crisis. Finalmente, experiencias como las cohabitaciones en Francia demuestran que es posible gobernar mediante la coexistencia fría y la estricta delimitación constitucional.

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En ausencia de un árbitro indiscutido de volumen histórico, la supervivencia de un frente heterogéneo depende de reemplazar la conducción personal con reglas institucionales rígidas. Requiere un reparto pragmático del gabinete y pactos programáticos prefijados antes de asumir el poder.

Ahora bien, una unidad así en los hechos implicaría un gabinete amplio. Tendría diferentes representantes de los distintos partidos haciéndose cargo de las diferentes carteras. Con ánimos de iniciar un debate sobre la viabilidad de un gobierno de coalición, se podría simular un eventual armado de Gabinete opositor de cohabitación, teniendo en cuenta la idoneidad de los ministros y la inclusión de los diferentes partidos. Por ejemplo:

Presidente: Alguien del peronismo. Lo dejamos abierto, los hoy más posibles son Sergio Massa y Axel Kicillof siendo la fuerza que más votos tiene. Vicepresidente: Juan Schiaretti. El cordobesismo es clave en la victoria del frente. Es un modelo de peronismo que demostró pragmatismo y capacidad de gestión. Jefe de Gabinete: Horacio Rodríguez Larreta hoy sin representar partido, pero sí al espíritu de lo que fue Cambiemos y recordado por todos como un buen administrador. Ministro de Economía: Hernán Lacunza. De esta manera se representaría al PRO y se le daría tranquilidad a los mercados. Katopodis a Obras Públicas. Hizo un buen trabajo y no hay acusaciones de corrupción, teniendo en cuenta lo delicado de la cartera. Salud: Fernán Quirós. Demostró equilibrio durante la pandemia y es respetado más allá del PRO. Prat-Gay presidente del Banco Central. De vuelta, credibilidad en los mercados y se incluye así al radicalismo. Ministerio de Justicia: Lilita Carrió o alguien de la Coalición Cívica. Son efectivamente quienes más se dedican al tema de la justicia y quienes tienen una mirada más equilibrada al respecto. Desarrollo Social: Myriam Bregman, de la misma forma que Lula lo hizo con Marina Silva en Medio Ambiente. Wado de Pedro el representante del kirchnerismo en Derechos Humanos por su cercanía a los organismos.

Y para equilibrar, Carlos Melconian podría ser ministro de Planeamiento. Pullaro sería el candidato perfecto al frente del Ministerio de Seguridad pero todo gobernador prefiere continuar siéndolo y tiene la posibilidad de ser reelecto. Es quien más credenciales tiene por su enfrentamiento con el narcotráfico en Rosario y la baja de los homicidios en esa ciudad y ser quien delegue en la persona que él elija esa área.

Se podría seguir en el terreno de la teoría hasta con Mauricio Macri en la Cancillería o Santoro, del peronismo alfonsinista, podría estar al frente del Ministerio de Trabajo.

Obviamente todo esto junto es un oxímoron, pero vale a modo de experimento conjetural y pensamiento lateral. No sería, este eventualísimo gabinete, un puerto al que llegar sino un faro que guíe la navegación de un posible frente de acuerdo nacional para un futuro post-mileísta y una salida política a una crisis. Como dijo Simón Rodríguez, tutor de Bolívar: “O inventamos, o erramos”. La creatividad en política es más necesaria que nunca.