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MODO FONTEVECCHIA
Editorial de Jorge Fontevecchia

Día 1020: Cuarenta y ocho horas de disputa por el orden mundial

La brutalidad del discurso de Donald Trump en la ONU provocó una alianza inédita entre países de diversos signos políticos para frenar la ley del más fuerte. Frente a una Argentina alienada con Washington, se configura una "Internacional de las potencias medias" en defensa del derecho internacional.

Día 1020 editorial JF
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Cada época lleva dentro de sí las contradicciones que harán que se termine. Esto pensaba Hegel cuando analizaba la historia desde su perspectiva y Trump parece confirmarlo ante la Asamblea de las Naciones Unidas, donde generó una coalición de insumisos en su contra. La brutalidad de su discurso y su accionar provocó que Brasil, Canadá, la Unión Europea, Australia, India, Kenia y Barbados hayan lanzado en Nueva York Partners for Multilateralism (P4M) (Compañeros para el multilateralismo), al que ya se sumaron España, Noruega, Turquía, Uruguay y otros países. Su idea explícita es defender el derecho internacional y reconstruir la cooperación multilateral; en concreto, ponerle un límite a Trump y sus intentos de que el mundo se rija únicamente por la fuerza y, en particular, por la fuerza militar de Estados Unidos.

El presidente Javier Milei hizo que Argentina, junto a Israel, quede en la vereda de enfrente, con Trump, quien produjo uno de los discursos más directos y brutales que se hayan dado en la historia de este organismo. Vamos a escuchar a Trump y su negativa directa al multilateralismo:

Ahora escuchemos su defensa del accionar violento para imponer sus propios intereses:

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Este fragmento es impresionante. Ahora escuchemos el contrapunto que le hace Lula:

Esta frase, que dio vuelta al mundo "Brasil no cabe en el patio trasero de nadie", además viene acompañada de una noción interesante: la diplomacia es el único camino; es decir, el derecho internacional y el diálogo como método para resolver los problemas y acompasar los diferentes intereses, por sobre la violencia bélica. Esto es interesante porque el propio Lula dice esto partiendo de una crítica a la ONU. Él dice que la ONU fracasó como organismo al evitar las guerras y la vulnerabilidad de los países desarmados frente a las potencias armadas. Pero frente a esto, plantea un alineamiento de los países para poner un límite a Estados Unidos. Nuestro presidente parte de la misma crítica, pero su salida es otra. Vamos a ver el siguiente fragmento:

La crítica a la ONU por parte de Milei es atendible. El derecho internacional no pudo hacerle frente siempre a la ley de la fuerza y muchas veces Estados Unidos o Inglaterra, los ganadores de la Segunda Guerra, avanzaron contra otros países. Este es el caso nuestro con Malvinas. Pero la salida de Milei al respecto es subordinarse a los intereses de Estados Unidos y, en particular, de Trump para intentar obtener mejores beneficios para Argentina y, en particular, para su Gobierno. Sin embargo, como dijo Trump, el botín es del vencedor. Nada indica que, si Trump ayudase a Argentina a avanzar en la soberanía de las islas, no se quedase con una parte de los beneficios económicos y estratégicos, o sea el botín.

Ambos bandos en disputa critican un estado de cosas en la geopolítica internacional que tiene que ver con el consenso mismo creado desde la fundación de la ONU.

El consenso fundacional de las Naciones Unidas, gestado entre 1945 y 1948 sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial y las revelaciones del Holocausto, no respondió a un idealismo ingenuo, sino a una necesidad pragmática de supervivencia geopolítica. Tras el fracaso de la Sociedad de las Naciones, las potencias vencedoras comprendieron que la estabilidad del planeta exigía un marco institucional capaz de contener el estallido de un nuevo conflicto a gran escala. Ese nuevo orden se cimentó sobre la premisa central de que la guerra dejaba de ser un mecanismo legítimo para resolver controversias entre Estados. Salvo en situaciones estrictamente acotadas a la legítima defensa, el uso de la fuerza militar quedó reservado al arbitrio colectivo del recién creado organismo.

Para garantizar la permanencia de los actores globales más influyentes y evitar la parálisis del sistema, la arquitectura diplomática articuló una combinación deliberada entre el principio de igualdad soberana y la cruda realidad del poder geopolítico. Mientras que la Asamblea General de la ONU otorgó un foro de representación igualitaria a todas las naciones reconocidas, el Consejo de Seguridad reservó a las cinco grandes potencias victoriosas el derecho a veto. Este mecanismo de bloqueo cruzado, lejos de ser un defecto de diseño, constituyó la piedra angular del acuerdo: las superpotencias aceptaban someterse a la deliberación común a cambio de la garantía de que ninguna medida coercitiva mayor podría ser ejecutada en su contra sin su consentimiento.

Al mismo tiempo, la escala de las atrocidades cometidas durante la contienda (Segunda Guerra Mundial) derivó en una transformación radical del derecho internacional. El trato que un gobierno infligía a sus propios ciudadanos dejó de concebirse como un asunto de jurisdicción puramente doméstica. Con la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, la comunidad de naciones fijó un piso normativo supranacional que situó la dignidad y los derechos fundamentales del individuo por encima del arbitrio de los Estados. Esta dimensión política y jurídica se complementó con un compromiso económico multilateral, integrado por las instituciones de Bretton Woods, diseñado para evitar que los proteccionismos extremos y los colapsos financieros volvieran a incubar regímenes autoritarios y expansivos.

Ese diseño institucional albergaba desde su nacimiento una tensión dialéctica permanente entre el respeto irrestricto a la soberanía nacional y el deber de protección de los derechos humanos. La inminente irrupción de la Guerra Fría fracturó gran parte de las aspiraciones de cooperación mutua y desplazó los enfrentamientos hacia las periferias del mundo subdesarrollado. Paralelamente, el consenso de 1945 logró instaurar el marco normativo y multilateral que previno un choque atómico directo entre las superpotencias y rigió la diplomacia mundial durante la segunda mitad del siglo XX.

Este statu quo está en crisis porque la principal potencia militar, Estados Unidos, entiende que no tiene una porción justa de los beneficios económicos y estratégicos del mundo y está dispuesta a utilizar la fuerza para cambiar esa proporción del poder mundial.

Frente a esto, surgen dos salidas. Una es la reivindicación del uso de la fuerza como forma de resolver los problemas, que impulsa Trump, seguido por Netanyahu y Milei; y la otra es el refuerzo del derecho internacional, impulsado por esta coalición de insumisos con Brasil, Europa y Canadá al frente.

Sobre el final de su discurso, Milei criticó a Lula y dijo que Brasil “lleva adelante un curso socialista decadente” y expresó su deseo de que cambie esa orientación, haciendo alusión a las elecciones del próximo 4 de octubre. Esto es obviamente una injerencia indebida en las elecciones de otros países y no es la primera vez. Itamaraty hizo un comunicado levantando todas las declaraciones del presidente argentino y recordó que en julio Milei visitó Brasil y en un acto del candidato Flávio Bolsonaro dijo que este candidato era el único que podía “ganarle a Lula y arreglar los problemas que dejaba la izquierda”.

Volviendo a Norteamérica, Canadá resulta un caso particularmente significativo en este esquema por ser vecino, aliado histórico y miembro del G7 junto con Estados Unidos. Su primer ministro, Mark Carney, viene proponiendo con insistencia que las potencias medias se asocien estratégicamente para reducir su vulnerabilidad frente al arbitrio de las grandes potencias, incluyendo al propio gigante norteamericano. La propuesta apunta a vincular estrechamente a Canadá y Europa en sectores neurálgicos como minerales críticos, defensa, energía, inteligencia artificial, computación, comunicaciones y sistemas de pagos. La agencia Reuters describe este movimiento como una búsqueda deliberada de resiliencia, cuyo fin último es garantizar que ninguna superpotencia pueda utilizar una dependencia económica o tecnológica como herramienta de coacción.

En un plano simétrico, Emmanuel Macron, el presidente de Francia, convirtió su reciente y último discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en una respuesta explícita a la retórica de Donald Trump. El mandatario francés alertó sobre el peligroso regreso del imperialismo y la arrogancia en la escena internacional, al tiempo que volvió a erigirse como defensor del derecho multilateral.

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Estas dinámicas permiten trazar una hipótesis que supera con creces la clásica e insuficiente dicotomía de Trump contra la izquierda: es muy posible que la administración estadounidense esté produciendo involuntariamente una nueva Internacional, como la Internacional Socialista de mediados de siglo pasado, ahora una Internacional de las potencias medias. Esta confluencia no es necesariamente progresista, como lo podía ser aquella Internacional Socialista, y tiene términos homogéneos, en términos ideológicos. El Brasil de Lula da Silva puede convivir perfectamente allí con Canadá, la Unión Europea, India, Australia o Turquía, debido a que lo que los reúne no es un credo ideológico compartido, sino el pragmático interés de evitar que cualquier superpotencia sustituya las reglas globales por la mera imposición de la fuerza. Se trata, en esencia, de un multilateralismo de autodefensa.

En este marco conceptual irrumpe la figura de Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York. En la misma mañana en que Javier Milei exponía su visión ideológica en el estrado de la ONU, Axel Kicillof compartía un desayuno en Gracie Mansion con Mamdani, Pedro Sánchez, António Costa y Mia Mottley. El gobernador bonaerense aprovechó ese foro para desacreditar la noción de un milagro económico argentino y presentar una narrativa contrapuesta a la del gobierno de Milei. Mamdani aporta un matiz simbólico sumamente potente que conviene precisar. Tras revisar las facultades legales de la alcaldía, el dirigente neoyorquino reconoció que la ciudad carece de atribuciones para ejecutar la orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional contra Benjamín Netanyahu, abandonando la postura de que podía detenerlo personalmente. Sin embargo, mantiene firme su reclamo de que dicha orden debería cumplirse y exige que el gobierno federal estadounidense se adhiera de una vez al Estatuto de Roma.

La coincidencia temporal resulta extraordinaria. Mientras Trump pedía desde Nueva York que las naciones abandonen masivamente la Corte Penal Internacional (el equivalente a la ONU en materia judicial), el equivalente al alcalde de la ciudad donde tiene sede la ONU sostiene que Estados Unidos debería incorporarse a ella, ya que Estados Unidos rechazó siempre ser miembro de la Corte Penal Internacional. No se trata de exagerar el alcance real de un alcalde frente a la estructura del Ejecutivo nacional, en este caso Trump, pero la imagen adquiere un peso indivisible: en el corazón financiero de la potencia global gobierna alguien que cuestiona desde dentro una pieza cardinal de la política exterior de la Casa Blanca, no solo Trump sino todos los presidentes norteamericanos se han negado a que Estados Unidos integre la Corte Penal Internacional. Kicillof eligió fotografiarse con Mamdani en el exacto instante en que Milei buscaba la máxima alineación con el liderazgo republicano. Y allí, la postal argentina queda definida con una nitidez casi teatral: Milei y Trump en un extremo; Kicillof, Mamdani, Sánchez y Costa en el otro.

Conviene evitar la tentación de leer este escenario como un mero anticipo de la disputa electoral argentina de 2027. El análisis cobra un volumen mucho mayor si la Argentina funciona aquí como la representación en miniatura de un choque de placas tectónicas a nivel planetario. La pregunta fundamental es si estamos presenciando la verdadera definición de una época. Quizá lo que se despliega ante nosotros sea el desenlace de la transición iniciada hace una década. Si el primer mandato de Trump pareció una anomalía pasajera dentro del orden liberal, su segundo periodo ratificó que se trataba de una transformación estructural. El interrogante de este tiempo ya no es si Trump destruirá el viejo orden internacional, que ya lo hizo, sino si su propia contundencia está provocando, por reacción inevitable, el nacimiento del orden que habrá de sucederle.

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Afortunadamente, esta disputa que quedó escenificada en Nueva York tendrá una batalla decisiva en las urnas y no de forma bélica. El próximo 4 de octubre son las elecciones en Brasil, el 27 en Israel y el 3 de noviembre en Estados Unidos. Si los resultados son como marca las encuestas, el mundo que quiere Trump se vería más debilitado y el de la coalición de los insumisos multilaterales más fortalecido. Para esto debe ganar Lula en Brasil, perder Netanyahu en Israel y Trump las elecciones de medio término también en el Senado. Luego hay que esperar y ver la reacción de Trump. La última vez que perdió una contienda electoral, fomentó que sus partidarios tomasen el Capitolio. En este segundo mandato hubo una amnistía para todos. ¿Qué hará si pierde? ¿Netanyahu irá preso si pierde el poder en Israel? Preguntas que se abren en la bisagra de un nuevo orden que es incierto.

Toda esta disputa tendrá un cierre simbólico, político y espiritual este año y será nada menos que en Argentina. La visita del Papa León XIV, alternativa a la agenda de la extrema derecha mundial encabezada por Trump, marcará una visión del mundo y un camino que continúa a la del Papa Francisco: un camino humanista, multilateral, de respeto por el otro; de regulación y cuidado con la evolución de la inteligencia artificial, del medio ambiente y en absoluta oposición a la escalada bélica. Los argentinos, tanto los católicos como los no creyentes, seremos testigos privilegiados de que uno de los principales líderes mundiales ofrezca una alternativa al mundo que quiere imponer Trump.

En 48 horas se escenificaron dos rumbos para el mundo y en 45 días para definirse cuál se tomará. 45 días es lo que falta para la visita del Papa, pasando por todas las elecciones que mencionamos.

En Argentina se debe tomar conciencia del debate que se lleva adelante para elegir si seguiremos a Milei y su subordinación al mundo que plantea Trump o le exigiremos a la oposición sumarse a un proyecto del multilateralismo junto al resto del mundo. Eso también se discutirá en las elecciones del año que viene en Argentina.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi.

MEG