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Editorial

Día 800: De ocupar Wall Street a ocupar el Capitolio

Mientras en 2011 millones de personas se manifestaban en todo el mundo contra la desigualdad como consecuencia de un estancamiento del crecimiento económico, hoy esas mismas demandas sociales le dan vitalidad a movimientos de extrema derecha.

Día 800: De ocupar Wall Street a ocupar el Capitolio
Día 800: De ocupar Wall Street a ocupar el Capitolio | CEDOC

Hace tan solo 15 años, millones de personas se manifestaban en todo el mundo contra la desigualdad y el deterioro de las condiciones de vida como consecuencia de un estancamiento del crecimiento económico con ascenso social, característico de una cierta fase del capitalismo. Movimientos como Occupy Wall Street, que popularizó la frase “We are the 99%” para protestar contra la minoría privilegiada del 1% que vive a costa del 99% restante, coparon el mundo. Se identificaban con movimientos de izquierda y responsabilizaban a los superricos y a los gobiernos complacientes.

En la actualidad, esas mismas demandas sociales, como falta de oportunidades y precariedad de la vida, le dan vitalidad a movimientos de extrema derecha que representan y favorecen justamente a ese 1% contra el que se protestó. El foco cambió: ahora la culpa la tiene “la casta”.

Es más: cuando Donald Trump perdió en 2021, un movimiento de extrema derecha tomó el Capitolio para intentar impedir que Joe Biden fuera formalmente declarado ganador. Los activistas trumpistas protestaban contra los políticos, el nuevo adversario colectivo que se logró instalar en los últimos años, que viene a reemplazar al 1% de la década pasada.

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¿Cómo se gestó semejante cambio de paradigma en tan solo un par de años? ¿Qué pasó con la subjetividad de las mayorías sociales para que pasen de protestar contra las élites económicas a alinearse con ellas en proyectos políticos de derecha? ¿Cuánto tendrá que ver que los nuevos medios hegemónicos de producción y circulación de información, creados tras la revolución tecnológica que vivimos, sean propiedad de estas mismas élites? ¿Por qué personajes como Elon Musk, representantes justamente de ese 1%, pasaron de ser progresistas demócratas a apoyar a la extrema derecha, y qué impacto tuvo esto en los cambios sobre los que nos estamos preguntando?

En 2011, un par de años después de la crisis financiera mundial de las subprime, se produjo un movimiento muy interesante en Estados Unidos. Miles de activistas ocuparon el Zuccotti Park de Wall Street, en Nueva York, para protestar contra el 1% más rico que vivía a costa del 99% restante, en gran parte autoconvocados vía redes sociales como Facebook. La radicalidad de la consigna era explicable: millones de personas perdían empleos, viviendas y ahorros mientras grandes bancos eran rescatados por el Estado bajo la consigna “too big to fail” (demasiado grande para quebrar), debido al riesgo sistémico que representaban. Esa sensación de injusticia necesitaba un lenguaje simple y lo encontró en una idea clara y contundente que dio la vuelta al mundo.

Ese mismo año estalló la Primavera Árabe, luego de que un joven vendedor ambulante tunecino se prendiera fuego frente a la casa de gobierno porque la policía le había quitado su carro y su mercadería. La sensación de injusticia de una sociedad cansada de privaciones y desigualdad hizo que la rebelión se extendiera por todo Túnez y se expandiera hacia Egipto, Libia, Siria, Bahréin y Yemen. En España, el movimiento 15M ponía contra las cuerdas al bipartidismo que gobernaba alternadamente desde la muerte de Franco; y en Argentina, el kirchnerismo sacaba el 54% de los votos al combinar estabilidad económica con una narrativa contra los poderes fácticos y “la Corpo”.

Ese año, la revista Time colocó en su tapa de Personaje del Año a un sujeto colectivo: "The Protester". El manifestante, podríamos traducirlo. Es decir, para una de las revistas más importantes del mundo, el sujeto del año no había sido un presidente, un empresario exitoso o un artista famoso. No: el personaje del año habían sido millones de personas que tomaron las calles de Nueva York, Beirut, El Cairo o incluso los estudiantes de Santiago de Chile, entre muchísimos otros países.

Time Magazine The Protester

La tapa, como pueden ver, muestra a una mujer con el rostro tapado por un pañuelo, que los manifestantes utilizan muchas veces contra el gas lacrimógeno, y un turbante que intenta reflejar la impronta de la rebelión árabe. ¿Saben quién fue el último Personaje del Año de la revista Time? También fue un personaje colectivo, aunque un poco menos que el manifestante que representaba a millones de personas que habían salido a la calle.

Time Magazine Architects of AI

La revista Time eligió Persona del Año 2025 a los “Arquitectos de la IA”. La tapa hace referencia a la famosa fotografía Lunch atop a Skyscraper, es decir, “Almuerzo en lo alto de un rascacielos”, en la que se inmortalizó a obreros almorzando sobre una viga a gran altura. Aquí, los inmortalizados no son obreros: son, en parte, integrantes del 1% más rico, como Elon Musk, Sam Altman y Mark Zuckerberg.

En los últimos años, varios pensadores empezaron a describir un fenómeno que va más allá de la simple influencia de las redes sociales: la concentración de poder cultural y político en manos de un puñado de empresarios tecnológicos que controlan las infraestructuras donde circula la información. Ya no se trata solo de medios que transmiten mensajes, sino de plataformas privadas que organizan qué se ve, qué se discute y qué se vuelve relevante.

Lo interesante es que, en los primeros años de esta revolución, esos mismos empresarios y sus plataformas digitales eran vistos como grandes democratizadores de la vida social, en gran parte por el hecho de hacer posibles protestas autoconvocadas como Occupy Wall Street y la Primavera Árabe. Sus dueños eran alabados como profetas tecnológicos que ayudaban a un cierto perfeccionamiento del ser humano social. En general, apoyaban a gobiernos demócratas en Estados Unidos y sostenían conceptos institucionalistas.

El economista griego Yanis Varoufakis habla de una “tecnooligarquía”: una nueva élite que no domina fábricas ni territorios, sino ecosistemas digitales donde transcurre la vida social. Según su mirada, quienes administran estas plataformas ejercen un poder que se parece al de un soberano: establecen reglas, jerarquizan visibilidad y condicionan interacciones públicas. No es casual, sostiene, que decisiones empresariales puedan alterar climas políticos o conversaciones globales en cuestión de horas.

En una línea complementaria, la académica estadounidense Shoshana Zuboff describe el capitalismo de vigilancia, un modelo económico basado en extraer datos de la experiencia humana para predecir y orientar comportamientos. Aunque su análisis es estructural, señala que esta arquitectura fue impulsada por líderes de empresas tecnológicas que transformaron la atención y la conducta en materia prima comercial. El resultado es una capacidad inédita de moldear entornos informativos y hábitos sociales. La construcción de la subjetividad que logran es multitemática: no se limita solamente a contenidos periodísticos, sino que atraviesa la totalidad del tipo de contenidos e información que consumimos.

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El jurista Tim Wu agrega otra dimensión: la historia de la comunicación muestra que, cuando la infraestructura informativa se concentra, surge un poder cultural desproporcionado. Para Wu, las grandes tecnológicas funcionan como nuevos oligopolios capaces de influir indirectamente en la opinión pública, no dictando contenidos, sino determinando las condiciones de circulación.

Desde los estudios de medios, Nick Couldry plantea que vivimos una forma de colonialismo digital, donde la experiencia cotidiana es capturada y convertida en datos que fortalecen a corporaciones globales. Este proceso no solo genera riqueza, sino también capacidad simbólica: quien monopoliza los datos influye en cómo se interpreta la realidad.

Por su parte, el teórico cultural Douglas Rushkoff advierte que muchos magnates tecnológicos conciben estas plataformas como sistemas a optimizar más que como espacios democráticos. El riesgo, señala, es que decisiones privadas terminen organizando la conversación pública.

En conjunto, estas miradas coinciden en algo clave: el poder contemporáneo no opera principalmente dictando a la gente qué pensar, como sucedía con los medios tradicionales analógicos, sino estructurando el entorno donde el pensamiento circula. Redes sociales e inteligencia artificial funcionan como mediadores centrales de la experiencia social. La concentración de esa infraestructura indudablemente lleva a una influencia cultural y, finalmente, política. El diseño mismo de estos sistemas define visibilidad, prioridades y marcos de interpretación. Y, aunque busquen presentarse como “neutrales”, siempre terminan representando intereses o jugando en el plano político.

Hay casos paradigmáticos, como el hecho de que varias de las redes sociales más grandes del mundo, como Facebook, de Mark Zuckerberg, y Twitter, en ese momento bajo el control de un grupo de emprendedores, incluyendo a uno de sus fundadores, Jack Dorsey, decidieron bloquear permanentemente las cuentas de Donald Trump luego de que incitara a tomar el Capitolio. Un par de años después, tras la reelección de Trump, todas se alinearon detrás del líder republicano, en especial Twitter, ya bajo el mando de Elon Musk.

Esa élite del 1% más rico no era de extrema derecha en los momentos de Occupy Wall Street. De hecho, personajes como Mark Zuckerberg, que anteriormente habían tenido una política de censura en plataformas como Facebook de los mensajes de odio de la extrema derecha, o Elon Musk, que se declaraba demócrata y había alertado sobre los riesgos de que Trump fuera electo presidente, cambiaron sus posicionamientos de manera bastante clara. ¿Qué es lo que sucedió en el medio?

Durante la crisis de 2008, la salida fue un enorme rescate estatal a los bancos y a las empresas consideradas sistémicas dentro del ecosistema financiero global, controlado por Occidente. El rol del Estado fue clave para frenar la crisis financiera y esto sirvió en su momento como cortafuegos de un desenlace que amenazaba con ser mucho peor si finalmente caía el sistema financiero global. Sin embargo, como explicamos, esto fue visto como injusto por amplios sectores que protagonizaron una serie de movilizaciones en todo el mundo.

Muchos gobiernos de derecha perdieron, hubo dictaduras que directamente cayeron y los gobiernos progresistas se vieron frente a un problema: la crisis continuaba y parte de su propia base electoral había sido convencida por narrativas que hablaban de enfrentar a los poderosos. La desregulación del sistema financiero era vista como causante de que el apalancamiento excesivo hubiera llevado al mundo al precipicio, impulsando una reacción contraria hacia la regulación.

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Siguiendo procesos que empezaron en Europa, el gobierno de Biden impulsó investigaciones judiciales en contra de posiciones monopólicas de las grandes tecnológicas, algo que Trump inicialmente continuó. Los demócratas se ganaron un gran enemigo y, en cierto sentido, sepultaron su posibilidad de censurar posiciones políticamente contrarias que muchos asociaban con las extremas derechas. Se podría hacer una analogía con la Ley de Medios contra Clarín en Argentina, que marcó un quiebre determinante entre gran parte de los medios, la sociedad y el kirchnerismo.

El caldo de cultivo para una sobre-reacción sociopolítica en dirección contraria lo había generado la crisis financiera global y su resolución pro-élite. A eso hay que sumarle la pandemia global del COVID-19, que generó una búsqueda de culpables por privarle la libertad a los pueblos. En Argentina, personajes de extrema derecha como Javier Milei, que llama a los evasores de impuestos “Héroes”, sedujeron tanto a ese 1%, que además, revolución tecnológica mediante, se había hecho con los nuevos medios de producción y reproducción de la información, como también al pueblo.

La sociedad que no encontró respuestas en las calles ni en los gobiernos de turno empezó a escuchar a la extrema derecha, que vino en todo el mundo con ideas simples. El problema no es solamente el 1% más rico; el problema son los políticos que quieren perpetuarse en el poder y por eso utilizan tu dinero para mantener planeros, inmigrantes o indigentes a cambio de votos. Así, con el discurso anti-casta en Argentina o el “drain the swamp” (vaciar el pantano) en EE. UU., la sociedad, tanto en sus élites como en las bases, ejecutó un giro político que la llevó a una nueva polarización, con el “wokeismo” y el socialismo de un lado, y las llamadas “ideas de la libertad” del otro.

Volviendo a la influencia de la tecnología, a comienzos de la década de 2010, las redes sociales parecían encarnar una promesa casi utópica: la de democratizar la organización política. Durante la Primavera Árabe, jóvenes de países como Túnez y Egipto utilizaron Facebook, Twitter y foros digitales para coordinar protestas, difundir abusos estatales y romper el cerco informativo de medios oficiales totalmente cooptados por los gobiernos de turno, en muchos casos dictaduras o cuasi-dictaduras con décadas en el poder. Las redes funcionaban como una infraestructura horizontal: permitían convocar marchas en horas, compartir tácticas y construir un relato común de indignación. Muchos analistas de la época hablaron de una “revolución conectada”, donde la tecnología amplificaba la capacidad de autoorganización ciudadana frente a regímenes autoritarios.

Sin embargo, esa misma arquitectura digital, basada en la recolección masiva de datos, mostró pocos años después su reverso político. La lógica que permitía conectar multitudes también permitía segmentarlas, perfilar sus miedos y dirigir mensajes altamente personalizados. El caso paradigmático fue el referéndum del Brexit, donde el uso intensivo de datos de usuarios alimentó campañas de microtargeting político. Empresas como Cambridge Analytica demostraron que la huella digital (likes, hábitos de consumo, interacciones) podía convertirse en una herramienta de persuasión psicológica a escala industrial. De fondo se vislumbraba que, tanto para la Primavera Árabe como en el Brexit, los dueños del circo, por llamarlos así, eran quienes tenían el poder de “dejar jugar” o no a los actores políticos, ya fueran autoconvocados o profesionales.

En ese nuevo escenario, estrategas políticos entendieron que las redes no eran solo espacios de movilización espontánea, sino máquinas de influencia. Figuras como Steve Bannon impulsaron una lectura cultural del fenómeno: la batalla política ya no se libraba únicamente en discursos públicos, sino en algoritmos capaces de amplificar emociones, polarizar comunidades y reforzar identidades. La segmentación extrema permitía hablarle a cada votante con un mensaje diseñado para su sensibilidad particular, erosionando la idea de una esfera pública compartida.

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El contraste histórico es notable. En la Primavera Árabe, las redes eran vistas como herramientas de emancipación colectiva; una década después, aparecían como plataformas donde datos personales podían utilizarse para orientar decisiones electorales y alimentar proyectos populistas o de extrema derecha. No se trata de que la tecnología haya cambiado de naturaleza, sino de que se volvió evidente su doble filo: facilita la organización democrática, pero también la manipulación sofisticada.

Así, la historia reciente de las redes sociales revela una tensión central de la política digital contemporánea: el mismo sistema que empodera a ciudadanos para coordinar protestas puede ser explotado por actores con recursos para moldear percepciones y comportamientos. Más que un giro moral de la tecnología, es una disputa por quién la entiende mejor y para qué fines, en una era donde los datos se convirtieron en el insumo principal del poder político. Al mismo tiempo, quienes controlan las plataformas controlan la moderación, o falta de moderación, que se hace de los contenidos. Entra dentro de la polarización actual la disputa sobre si se debe o no revisar los contenidos que circulan, algo que siempre sucede, pero que no siempre deriva en bloquear ese contenido. Las plataformas se convierten en guardianes de la subjetividad de los pueblos.

Ahora, como diría Hegel, cada nueva situación contiene las contradicciones que pueden hacerla estallar y dar paso a un nuevo momento histórico. Si el progresismo generó enfrentamientos con el establishment que luego no supo manejar, y al no resolver las demandas sociales unió a los más pobres con los más ricos, dio lugar a este giro hacia la extrema derecha. Trump y Milei también podrían sufrir un abandono de sus bases. La brutalidad de muchas medidas y las campañas de odio contra quienes piensan distinto también pueden unir a amplias mayorías que antes estaban divididas.

¿Dónde queda el periodismo en todo esto? El periodismo es visto como un enemigo por la extrema derecha, dado que es uno de los actores principales en la construcción de subjetividad. Aunque algunas críticas pueden ser acertadas, como la falta de cierta objetividad profesional en muchos medios o la idea de pasar opinión por información, hoy es más necesario que nunca el periodismo profesional.

Es fundamental que se siga chequeando la información, en especial la que proviene de sectores oficiales, como también que se investiguen los excesos que ocurren en todos los niveles de la sociedad. Además, en un ecosistema donde la información se ha convertido en arma y herramienta, donde las redes se utilizan para campañas de desinformación, es el periodismo el antídoto necesario.

El rol del periodismo es más necesario que nunca frente al avance de gobiernos que buscan cercenar el debate democrático y que, según nuestro análisis, y ojalá nos equivoquemos, no darán respuestas a las demandas que llenaron de manifestantes el mundo hace quince años y que pusieron en el poder a la extrema derecha actual.

Producción de texto e imágenes: Facundo Maceira

TV/ff