Hace pocos días escuché que se habían filtrado unos audios del presidente conversando de forma íntima con Rosmery Maturano y no pude evitar pensar en una novela de Denis Diderot. En Las joyas indiscretas, el autor imagina al sultán Mangogul en posesión de una sortija mágica capaz de hacer hablar a las "joyas" de las mujeres –vagina, por si se requiere aclarar. Pero lo decisivo es quién tiene la sortija. La tiene el soberano. Es el poder el que escucha y fuerza la indiscreción del cuerpo ajeno.
Nuestra época invierte esa escena, o quizás finge invertirla. El anillo ha pasado de manos, está disperso en los dispositivos, las plataformas, las filtraciones, los operadores, los adversarios, los periodistas, los curiosos, y ahora no es el soberano quien obliga a hablar a las joyas del palacio, es el cuerpo del soberano el que queda obligado a hablar ante una multitud. ¿Revancha histórica? Quizás. Pero podemos analizarlo porque aunque pareciera que el pueblo tiene la sortija mágica a diferencia del sultán, no tiene el poder.
La filtración funciona muchas veces como sustituto degradado de la política: mientras todos escuchan al presidente en su zona más privada, nadie toca el mecanismo que permite que la vida de millones siga siendo administrada desde arriba.
Las mujeres en la era Javier Milei
Distracciones que desvían la atención de los escuchas que se entretienen con los chismes de alcoba de un presidente indiscreto mientras los verdadero temas políticos quedan desviados: el falso testimonio del portero en la causa cuadernos, el enriquecimiento ilícito de Adorni, y ni hablar del caso ANDIS.
No es menor que este audio salga cuando la izquierda a la cabeza de Miriam Bregman logró tener voz y aceptación publica.
El pueblo usa el anillo para participar unos minutos del goce de una indiscreción, pero la vieja asimetría no desaparece. Por eso la filtración no es automáticamente crítica política. Puede ser apenas una válvula, una forma de descarga, un pequeño carnaval de la humillación donde el poder aparece momentáneamente rebajado y sin embargo, después de la excitación, todo sigue más o menos igual.
El salario no alcanza igual. La deuda se renegocia siempre igual con los mismos. El recorte en educación y en salud avanza igual. El precio de la comida no retrocede porque el Presidente haya sido escuchado en sus afectos. Ahí está la obscenidad mayor, en la forma en que esa intimidad captura la energía de quienes deberían estar discutiendo otra cosa.
La filtración desplaza. Hace hablar al cuerpo del poder para que no hablemos de sus efectos: la fábrica que cierra, el barrio, el aula, el hospital, la deuda, salario, el ajuste que ya no se discute porque hay un audio que escuchar. La voz íntima se vuelve una cortina sonora, y nosotros, acercamos el oído.
Es cierto que un presidente no habla nunca desde un cuerpo puramente privado, tiene derecho a una intimidad pero no puede desprenderse por completo de la investidura que porta.
Ernst H. Kantorowicz pensó esa tensión con la vieja doctrina de los dos cuerpos del rey: un cuerpo natural, vulnerable, mortal, y un cuerpo político, sostenido por la función. En las repúblicas modernas la duplicidad persiste, y el problema aparece cuando uno se filtra en el otro.
Si hubo vulneración de comunicaciones presidenciales, hay un problema institucional, si hubo operaciones de inteligencia, hay un problema político grave que excede el chisme, si hubo dependencias o riesgos de seguridad, corresponde investigar, pero si todo termina reducido al deseo de escuchar qué dijo, cómo lo dijo, a quién se lo dijo, entonces la sociedad está participando de su espectáculo.
Pero hay otra cuestión. Milei construyó buena parte de su figura política sobre la exposición de su propio cuerpo, su voz, sus gritos, su pelo, sus insultos, sus afectos, sus perros, su hermana, su épica de elegido contra la casta, y no buscó desaparecer detrás de la institución sino todo lo contrario; de hecho, convirtió el exceso personal, la rareza, lo inestable en una forma de ejercicio del poder. ¿Qué nos hace pensar que esto puede tocar siquiera algo del poder? Eso vuelve la filtración más peligrosa de consumir ingenuamente.
El audio indiscreto ¿cae sobre una figura institucional sobria que queda desacreditada? No. Cae sobre un liderazgo que ya había politizado su escena doméstica, que ya había hecho del descontrol su credencial, y que por lo tanto puede absorber el escándalo sin que le resulte extraño, puede usarlo a su favor.
Este tipo de formas de poder se fortalecen en el agravio, necesitan enemigos, ataques, traiciones, operaciones, ruido, porque la herida los unifica y la intimidad expuesta se vuelve una nueva forma de recuperar la centralidad. Quienes creen estar mirando la caída del soberano pueden estar colaborando, sin quererlo, en su consagración.
Una multitud con anillo puede ser tan obscena como un sultán, pero también puede ser más triste, porque el sultán, al menos, sabía que mandaba. La política degradada convierte al pueblo en espectador de la intimidad del soberano, y lo mantiene ahí, entretenido, hasta que pase otra cosa.
Diderot entendió que el deseo de saber puede confundirse con el deseo de dominación. Habría que agregar que también puede confundirse con el consuelo de los impotentes. Quien no puede tocar la estructura del poder, se consuela tocando su secreto.