OPINIóN
Síntomas

Indio Solari: una devoción popular que habla de vacíos

Este fenómeno de idolatría popular es “el depositario de una sensibilidad social huérfana de representación política”, dice el autor. Hace falta una figura o un ideario capaces de "orientar esa energía, que rompa la destrucción nacional en la que estamos sumergidos”.

Despedida al Indio Solari en Villa Domínico 07062026
Imagen aérea de la despedida al Indio Solari en Villa Domínico | AFP

La devoción por Indio Solari no puede entenderse solamente como un fenómeno circunscripto a su dimensión artística. Reducirla a una cuestión de identificación y fanatismo sobre el ídolo y su música sería quedarse en la superficie. La “religiosidad” de sus fieles se transforma casi en idolatría. En parte, esa devoción se explica por el vacío, y consecuentemente el fracaso de la política, para expresar, contener y traducir las angustias y sueños profundos del pueblo.

Allí donde la política dejó de hablar el lenguaje del dolor colectivo, otros ocuparon ese lugar: la música, la poesía, el recital, la liturgia ricotera, la comunidad afectiva construida alrededor de una voz que parecía nombrar algo que muchos sentían, pero no podían formular del todo. El Indio, como figura simbólica, no aparece solo como cantante: aparece como depositario de una sensibilidad social huérfana de representación política.

Cuando una multitud se reconoce en una canción, en una frase, en un gesto o en una memoria compartida, no está simplemente celebrando a un artista. Multitud muy diversa, social y políticamente, que se abraza al Indio queriendo construir, aunque sea de modo fragmentario y emocional, una comunidad de sentido. Está buscando una forma de pertenencia nacional. Eso revela una carencia: si la política hubiera sido capaz de expresar las angustias, los problemas y las esperanzas del pueblo, tal vez esas energías no habrían necesitado concentrarse de manera tan intensa en figuras culturales.

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El Indio, como figura simbólica, no aparece solo como cantante: aparece como depositario de una sensibilidad social huérfana de representación política"

Este tipo de fenómenos no deberían ser mirados solo como expresiones nostálgicas, afectivas o culturales. También pueden funcionar como catalizadores de un sentimiento popular más amplio. Una multitud atravesada por angustias comunes, frustraciones acumuladas y una experiencia compartida de abandono puede transformarse, bajo ciertas condiciones, en una fuerza social de otro tipo.

Para que eso ocurra hace falta una representación capaz de orientar esa energía. O bien hace falta un factor imprevisto que rompa el equilibrio dinámico del proceso de destrucción nacional en el que estamos sumergidos. Porque el malestar, por sí solo, no construye una salida. Puede acumularse, puede expresarse, puede estallar, pero no necesariamente se convierte en proyecto. Para que el dolor social se vuelva fuerza histórica necesita dirección, organización, lenguaje político y horizonte.

Si Charly es el Rey, el Indio es el cacique del rock

No se ve en el horizonte cercano la existencia de una conducción capaz de tomar ese sentimiento disperso y convertirlo en proceso de unidad que resulte constructivo. Nadie de la dirigencia pública más conocida está encarando un proceso de construcción paciente de esa conducción. Construcción que necesitará humildad, pensamiento estratégico y valores éticos y patrióticos, muy lejanos del inmediatismo electoralista y de “sumas de fracciones que no suman”.

Lo que predomina es una sociedad herida, fragmentada, emocionalmente disponible, pero políticamente desorganizada. Puede seguir acumulando bronca, desilusión y sufrimiento durante mucho tiempo sin que eso derive automáticamente en transformación. Puede incluso quedar atrapada en una dinámica de destrucción administrada, donde el deterioro se vuelve normalidad y el pueblo aprende a sobrevivir dentro de una decadencia permanente.

Predomina una sociedad herida, fragmentada, emocionalmente disponible, pero políticamente desorganizada"

La actual dinámica también puede desequilibrarse. Si ese equilibrio se rompe sin conducción política, sin proyecto nacional y sin cauce institucional, el poder probablemente no responderá con comprensión, sino con fuerza. Allí donde no exista una conducción popular capaz de orientar el conflicto, el sistema intentará controlarlo mediante represión, disciplinamiento o miedo. La ausencia de dirección política no elimina el conflicto: simplemente deja el terreno libre para que otros lo administren.

Por eso, la devoción popular hacia figuras como el Indio Solari debe ser leída como síntoma. Es síntoma de una sensibilidad colectiva que no encuentra traducción política. Es síntoma de una comunidad que aún conserva capacidad de emoción, memoria y pertenencia. Pero también es síntoma de un vacío de conducción.

Allí donde no exista una conducción popular capaz de orientar el conflicto, el sistema intentará controlarlo mediante represión, disciplinamiento o miedo"

La cultura puede expresar el dolor y los sueños de un pueblo. Puede reunirlo, conmoverlo, recordarle que no está solo. Pero no puede, por sí misma, reemplazar a la política. Sin conducción, el sentimiento popular queda suspendido entre la catarsis y la impotencia. Con conducción, podría convertirse en fuerza constructiva.

Sin ella, corre el riesgo de ser absorbido por la nostalgia, neutralizado por el mercado o reprimido si en algún momento desborda los límites tolerables del orden existente. Es emocionante esta devoción cuasi religiosa al Indio, aunque revele una orfandad política más profunda. Allí donde el pueblo encontró poesía, música y comunidad, no encontró una política capaz de transformar ese dolor en destino colectivo.

*Lic. Cs. Químicas FCEN UBA, Consultor de Análisis y Riesgo geopolítico, ex profesor de Escuela Superior de Guerra (ESG), ex miembro de Centro de Estudios Estratégicos de Ejército FFA