Por estos días salió a la luz un nuevo estudio de nivel internacional, publicado en Cochrane Iberoamérica, que relativiza y pone en duda los beneficios que el uso de cannabis medicinal aporta para combatir el insomnio y otros problemas de salud relacionados con el sueño y el bienestar general de las personas.
La investigación, con pretensión de rigor científico, no es un estudio original o un nuevo ensayo clínico, sino una revisión exhaustiva y sistemática de las evidencias arrojadas por 9 estudios anteriores que incluyeron a más de 500 personas adultas diagnosticadas y tratadas por insomnio.
El diseño de investigación elegido fue el clásico para los estudios sobre “drogas” dentro del enfoque biomédico dominante: reducir la planta, de su estado natural a alguno de sus componentes químicos -THC y CBD principalmente-, administrar esas sustancias a un grupo de pacientes y observar los resultados comparativos frente a otro grupo de pacientes de control que, sin saberlo, solo tomó un placebo, es decir una sustancia (comprimido o gotas en la mayoría de los casos) que no contiene ningún principio activo que pueda afectar al organismo humano.
En el caso la marihuana, se han identificado más de 500 compuestos diferentes que intervienen en su estructura química y por lo tanto en su posible acción terapéutica, 160 cannabinoides minoritarios además de los 2 principales".
De esta forma, el análisis concluye que no hay evidencia suficiente para apoyar el cannabis medicinal en el tratamiento del insomnio, ya que quienes probaron los comprimidos con cannabinoides no mostraron resultados significativamente diferentes a quienes solo tomaron placebo.
Aunque los autores de esta revisión internacional reconocen que los resultados no son del todo concluyentes debido a cuestiones técnicas que tienen que ver con las diferentes formulaciones de THC y CBD, la escasa cantidad de pacientes que participaron en algunos de esos estudios y otras situaciones que complican la comparación y la validez metodológica de los resultados, la verdadera limitación científica es el lente reduccionista con el que el ojo de las ciencias biomédicas observa la situación.
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Y por si esto fuera poco, lo más interesante y fértil de este nuevo estudio no es lo que dice, sino lo que no dice, lo que oculta detrás del lenguaje científico: el debate sobre qué es un medicamento y qué es una “droga”, qué nos cura y qué nos mata.
En cuanto a la limitación científica, hay que señalar que una planta, sea la que sea, no puede ser nunca reducida a algunos de los elementos químicos que la forman. En el caso de la marihuana, se han identificado más de 500 compuestos diferentes que intervienen en su estructura química y por lo tanto en su posible acción terapéutica, 160 cannabinoides minoritarios además de los 2 principales. La persona que fuma una flor de marihuana, incorpora esa interacción completa, el que toma una píldora de THC, no. Esa es la verdadera limitación y la diferencia química entre marihuana y cannabis medicinal.
Las características y propiedades terapéuticas de una planta no dependen de sus componentes químicos tomados por separado, del mismo modo que las características y propiedades del agua: humedad y fluidez, por ejemplo, no dependen de los elementos que la forman, oxígeno e hidrógeno tomados por separado, sino de la particular unión que ellos componen en H2O.
La singularidad de la marihuana -y su poder medicinal y recreativo- no está en el THC, ni en el CBD, ni en ninguno de los otros 498 elementos, sino en la particular unidad que todos juntos forman en la planta. Es irreductible.
Pero lo más interesante, es lo que el estudio no dice, o no se pregunta: ¿Qué es lo que hace que una sustancia o una planta sea clasificada como una droga o como un medicamento? Y la respuesta es crucial: no hay absolutamente nada intrínseco a ninguna sustancia que haga que pueda ser clasificada como buena o mala para la salud de las personas de forma definitiva.
Si tomamos como criterio de clasificación los efectos que generan, estos dependen más que nada de la dosis, de cómo está preparada la planta o sustancia, del contexto de uso, de los significados históricos, de las intenciones y de tantas otras cosas que nada tienen que ver con la sustancia en sí.
Por eso, en última instancia, la clasificación no depende de las características químicas de las sustancias o plantas, sino de cómo el Estado decide tratarlas. La inclusión de la marihuana en la lista de drogas prohibidas cuyo uso medicinal, incluso, debe ser fuertemente regulado, es un ejemplo de ello y de la hipocresía con la que se manejan los hilos del poder.
La base del discurso prohibicionista es la protección de un bien social común y superior a todos nosotros tomados individualmente: la salud pública.
Nos cuidan que no nos lastimemos, que no nos matemos, que no lastimemos ni matemos a otros, que no abarrotemos las guardias de hospitales públicos con viciosos enfermos, que no ocupemos camas con enfermedades incurables que nosotros mismos nos provocamos…
Sin embargo, los datos producidos por el propio Estado alcanzan para poner en evidencia que se trata de un discurso, en el mejor de los casos, hipócrita: según el informe sobre “Mortalidad relacionada con el consumo de sustancias psicoactivas Argentina 2026, con datos del 2024” del Observatorio Argentino de Drogas, dependiente del SEDRONAR, el 81,8% de las muertes es por consumo de tabaco y el 16.3% se debe al consumo de alcohol, de manera que el 98.1% de las muertes relacionadas con drogas son a causa de sustancias legales que cualquier adulto puede conseguir en un quiosco a la vista y amparo del Estado.
Si la prohibición no cumple con el objetivo que nos promete, la protección de la salud pública, y aún así se mantiene durante años, cabe preguntarse qué objetivo sí está cumpliendo.
En este sentido, la contribución más precisa y sincera, las palabras más esclarecedoras provienen de un personaje menor de la real politik, en una entrevista a un medio inglés, Richard Haldeman, principal asesor de Richard Nixon en la década de 1960, cuando lanzaron la “guerra a las drogas” señaló que: “… nuestros enemigos eran la izquierda que se oponía a la guerra de Vietnam y los negros que luchaban por sus derechos civiles. Sabíamos que no podíamos ilegalizar la oposición a la guerra o el ser negro, pero los quebraríamos si lográbamos que el público asociara a los hippies con la marihuana y a los negros con la heroína y luego las criminalizáramos. Podíamos arrestar a sus líderes, allanar sus casas, interrumpir sus reuniones y vilipendiarlos día tras día en los noticieros de la noche. ¿Sabíamos que estábamos mintiendo sobre las drogas? Claro que lo sabíamos…”.
Que la discusión sobre droga o medicamento y el prohibicionismo asociado a ello esconde un mecanismo de control social despiadado, no sorprende a nadie en ciencias sociales.
Lo que sí sorprende es que hayan pasado 32 años de aquella entrevista a Haldeman y todavía estemos parados en el mismo lugar.