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OPINIóN / Columna de la UB
martes 28 abril, 2020

Coronavirus: unificación o aislamiento

¿El día después de la pandemia el planeta debe cerrarse, dividirse en parcelas, regionalizarse, segregarse o las enfermedades infecciosas deben ser combatidas al amparo de la cooperación?

Julio C. Báez*

LA ciudad de Buenos Aires a través de esta acción muestra el comienzo de la necesidad del uso de tapabocas por parte de los ciudadanos en prevención del contagio por el Coronavirus. Foto: Prensa de la Ciudad de Buenos Aires
martes 28 abril, 2020

El 31 de diciembre del 2019, el Presidente la República Popular China, Xi Jinping, dio a conocer la detección de un virus de alta transmisibilidad denominado Covid-19. Éste, pronto, cambiaría los aspectos más sensibles de la sociedad.

Ríos de letra se derramaron -desde los más variados enfoques- en torno a este desconocido virus que ha puesto en jaque a la humanidad. Los estudios realizados desde la Universidad de Belgrano conducen a escrutar si “el día después”de la pandemia el planeta debe cerrarse, dividirse en parcelas, regionalizarse, segregarse o, por el contrario, si las enfermedades infecciosas deben ser combatidas al amparo de la cooperación.

Lleva la razón Yuval Noah Harari en que el confinamiento extendido es imposible y no soluciona el problema.La lección que nos deja el coronavirus es que debe haber solidaridad e interconexión entre los países. Cuando uno se ve afectado, debe compartir la información con el otro, tendiendo una mano amiga, en lugar de condenar al vecino al ostracismo.

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Es importante entender que la aparición y propagación de una epidemia no tiene fronteras, no realiza acreditaciones aduaneras, sino que pone en peligro a toda la especie humana. El propio Harari destaca que no es posible protegerse cerrando eternamente las fronteras. Las epidemias se propagaban rápidamente en la Edad Media, mucho antes de la era de la globalización. La historia indica que la protección real proviene del intercambio de información científica confiable y de la solidaridad.

La regionalización, parcelar los territorios o cerrar las fronteras de manera extendida, al menos en lo que al combate viral que aquí se trata, no es el camino apropiado para superar el drama que nos acoge. Parafraseando a Kissinger, en su texto “Orden mundial”, la armonía internacional se enfrenta a una paradoja: aun con las ciclópeas críticas que se le puedan formular a la globalización, la prosperidad del planeta sigue dependiendo del éxito del sistema capitalista, aun cuando una de sus deudas siga siendo propiciar una mayor inclusión. El sistema económico se ha vuelto global, pese a que la estructura política del mundo vigente, aunque debilitada, sigue resistiendo en el binomio nación-estado.

Como el canto de las sirenas, una de las tantas lecciones que nos deja el coronavirus es que no se puede detener la epidemia sin escuchar al país donde se originó. China puede -y debe-cooperar de manera extendida con los países del mundo.El enemigo es el virus y no las naciones.

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La inocultable rivalidad comercial entre China y los Estados Unidos -que componen una suerte de G-2- debe tener como límite la guerra contra el virus. Harari afirma que si China logra detener la epidemia en su territorio, pero el virus continúa esparciéndose, puede volver a China aún peor.Si muta, la única forma en que China puede realmente protegerse es ayudando a proteger a todos.

No decimos nada nuevo ni original si ponemos de relieve el ascenso de China como poderoso actor global. Los presidentes de los dos grandes rivales de este siglo -China y los Estados Unidos- deben construir una nueva relación que, pese a la inevitable competencia comercial entre ellas,se ate, como Ulises, a un mástil que los una en materia sanitaria, con independencia de otros diferendos.

El tiempo trasciende sobre el espacio. Debemos tener presente que sólo la solidaridad frente a la pandemia, la unión entre las máximas potencias y, a partir de ellas,de todas las naciones que se encolumnen,son imprescindibles para logar la paz social.

Estamos transitando horas difíciles. Hay muchas maneras de esquivar el dolor ajeno: ensimismarse, desentenderse de los demás, ser indiferentes, vivir con la mirada puesta fuera de la realidad, alejándonos de la solución de fondo, que consiste en tomar partido por defender el planeta.

Las sombras se asoman sobre el horizonte, el cual se asemeja a un triste cortejo fúnebre, en el que se consuela al deudo,pero no se levanta al muerto. Tal vez nos toque despedir a un familiar o abrazar a un amigo,pero el triunfo sobre el enemigo, cobarde y oculto, nos dirigirá directamente a comprender cuan frágil es estar vivo.

Luego de recordar aquello que ha quedado en el camino,no debemos perder de vista ni por un instante que las pandemias o las crisis también brindan oportunidades. Como dijo Einstein, la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura.Es en las crisis en las que nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias.

La humanidad -y las grandes potencias, principalmente- deben darse cuenta de todo lo deletéreo que representa un foco infeccioso al estilo del Covid-19. La rivalidad sanitaria y la mezquindad informativa poco ayudan a su combate. Pero insistiendo en que el tiempo prevalece sobre el espacio, luego de un largo parto doloroso, esta pandemia va a ser superada y derrotada. La lección que nos deja es que una cooperación global más estrecha-con un intercambio rápido y fluido de los datos sanitarios- representará un triunfo no sólo contra el Covid-19 sino contra todas las posibles plagas sucedáneas.

 

* Juez de Cámara por ante el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 4 del Poder Judicial de la Nación, yprofesor de Derecho Penal, Parte Especial,de la Universidad de Belgrano.


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