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OPINIóN / Políticas económicas
jueves 12 septiembre, 2019

El colapso del modelo kirchnerista

¿Podrá sobrevivir? ¿Quién lo financiará? ¿Qué consecuencias políticas y sociales padecería el país?

por Ricardo Esteves

Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner. Foto: NA PRENSA ALBERTO FERNÁNDEZ.
jueves 12 septiembre, 2019

Lo que estamos padeciendo en estos días no es consecuencia del fracaso de las políticas neoliberales como tantos sostienen sino la implosión del modelo populista del kirchnerismo por falta de financiamiento. El gobierno de Mauricio Macri, para no asumir el costo de esa implosión, y que el elefante muerto le caiga encima, mantuvo con vida ese modelo a toda costa y mientras pudo, hasta que llegó un punto en que se quedó sin combustible para sostenerlo.

Esa implosión -se trata de todo un proceso para semejante mamotreto- se esta llevando a cabo en dos etapas durante la gestión del PRO: la primera se inició en mayo de 2018 cuando el país se quedó sin crédito del sistema financiero internacional y debió apelar a la ayuda condicionada del FMI, lo que lo obligó a comenzar a aplicar un programa de ajuste, que, como debió presumirse, lo conduciría a la derrota en las PASO de agosto. La segunda etapa se está implementando a partir de esa derrota e implica una nueva vuelta de tuerca al programa de ajuste con los cambios operados en los mercados financiero y cambiario.

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Falta por venir aún la tercera etapa, que se producirá cuando se complete la ayuda del FMI y el país deba enfrentarse a su más cruda realidad: la de tener que gastar de acuerdo a su generación de caja. En esta circunstancia, la administración que se encuentre al frente del país tendrá dos caminos por seguir: comenzar el arduo y doloroso sendero para sentar las bases de un modelo que haga atractiva la inversión, siendo que es la única vía posible en que el país pueda revertir el destino de decadencia en que está inmerso, o, ir en sentido contrario y optar por el rumbo que tomó Venezuela y que consiste en que el Estado se apropie del flujo de las inversiones pasadas para sostener un modelo distributista- clientelar.

Si en la Argentina el Estado se apoderara de ese flujo, ¿qué estímulo puede tener algún capital para invertir? Por más que esa apropiación se realice en el marco de nuevas leyes que pueda promulgar el Congreso nacional, se trataría de un avasallamiento a los derechos de gente que invirtió de acuerdo a otras reglas de juego, las usuales en países que se rigen por las normas del capitalismo y vigentes en todas las naciones de América del Sur con la excepción de Venezuela. Sería para el país un acto suicida, ya que el modelo distributista- clientelar no tiene destino. Y si se optara por esta nefasta alternativa, aparecen en primera instancias tres campos plausibles para el despojo: el sector energético -con Vaca Muerta y las inversiones en energía eólica a la cabeza-; con la producción del agro, aumentando sustancialmente las retenciones o los impuestos a la propiedad de la tierra, y por último, sobre los patrimonios que pertenecen a los argentinos, gravándolos de tal forma que nunca más nadie aspire a tener algo de capital registrado en la Argentina. Todas estas opciones alimentarían a la perfección un discurso demagógico pero colectivamente suicida.

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Vista la misma película desde otro ángulo, bien podría decirse que el modelo kirchnerista pudo sobrevivir sin grandes sobresaltos mientras había crédito externo abundante, una segunda parte -la actual- donde esta recibiendo crédito con severas restricciones -las condiciones que impone el FMI- y falta ver cuál será el desenlace cuando cese totalmente la ayuda internacional. ¿Podrá sobrevivir entonces el modelo? ¿Quién lo financiará? ¿Qué consecuencias políticas y sociales padecería el país según se incline hacia una u otra de las opciones posibles?

En este contexto, la expresión del gobierno del PRO de ir por "un cambio cultural" aparece como una manifestación pobre de contenido, en tanto y en cuanto, el mayor objetivo de gestión estuvo orientado a mantener con vida -cuando no a acrecentarlo con más planes y más asistencialismo- a un modelo vicioso, perverso e insostenible.

Buscándole un atenuante a ese pobre desempeño de gestión, bien podemos señalar que fue tan "grosso" el paquete que Macri recibió, que no tenía alternativas de darlo vuelta con la debilidad política que le tocó gobernar. No alcanzaba con tal o cual reforma estructural que no se hizo. Había que desmantelar un "monstruo" insaciable, y eso solo puede hacerlo un gobierno de mucha convicción y gran fortaleza política -que no era el caso- y mucho menos, con una oposición tan solvente en recursos y organizada como es el kirchnerismo y sus ramificaciones en los movimientos sociales y un vasto sector del sindicalismo, en contraste al PRO, que no pudo fiscalizar siquiera una elección clave.

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La Argentina que toca administrar en estos días pasó a asemejarse a una empresa quebrada, a la cuál nadie le presta, que cualquier insumo indispensable debe pagarlo al contado rabioso, que no puede despedir a nadie ni suspender ninguna de las prestaciones que brinda so pena de padecer el incendio del país por los que puedan sentirse damnificados. Esto se sustenta además en una interpretación garantista de la justicia donde el derecho a la protesta social está por encima de todas las leyes del Estado. Y como telón de fondo está un país que estructuralmente ha vivido por muchas décadas gastando más de lo que colectivamente produce.

Si uno analiza las grandes cuentas de los últimos 70 años se constatará que el país vivió en armonía macroeconómica -es decir sin déficits, gastando lo que generaba- solamente en situaciones excepcionales y por brevísimos períodos (7 meses en un caso, 9 en otro, un año otra vez) y siempre luego de una crisis donde el mundo le aplicaba un torniquete a la Argentina. El período más largo de esa armonía se produjo paradójicamente en el último año de Duhalde y en la presidencia de Néstor Kirchner -de 4 años y medio, o 5, según como se midan las cuentas- y no por casualidad luego de la crisis más profunda que padeció el país, con la devaluación más sanguinaria de la historia argentina, que dejó al aparato productivo con un tercio de su capacidad instalada ociosa, con lo cual, no se necesitaba inversión alguna para aumentar la producción, solo capital de trabajo. Al estar en default, no pagaba deuda ni intereses, las tarifas de los servicios públicos estaban congeladas habiéndose hecho en la década de los 90 una inversión colosal en energía e infraestructura que permitió garantizar los servicios para los siguientes 10 años como mínimo. Y como si fuera poco, la Argentina no tenía inflación, exportaba hidrocarburos al ser superavitaria en energía, el precio de las comodities se fue a las nubes y, por último, el Estado era una tercera parte más reducido en tamaño que el que logró amalgamar la "gloriosa" administración kirchnerista.

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Luego de haber arrancado con todo eso a favor, fue una desgracia que en 2015 le hayan entregado al PRO un país con inflación, una tercera parte de pobres, más de la mitad de la población dependiendo de un cheque del Estado cada fin de mes para sobrevivir y una trama de corrupción que desquició y desmoralizó cuanto estamento del Estado pudo penetrar. ¡Viva la administración del kirchnerismo!

Sin embargo, lo más trágico de lejos es que una mayoría -como es la que los respaldó en las PASO- haya interpretado la historia de una manera malversada, crea que las medicinas son las causantes de los pesares y donde los villanos que dilapidaron una oportunidad única para haber sacado al país del pozo aparezcan hoy como los grandes salvadores de la patria.

PM CP


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