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OPINIóN / Política
jueves 11 julio, 2019

Una cuestión de valores

Los gobernantes no deben robarse la plata del Estado, que no es otra cosa que la plata de los contribuyentes.

por Ricardo Sáenz

Bastón y banda Foto: CEDOC
jueves 11 julio, 2019

Existe un convencimiento de que el principal problema de la Argentina es económico. Está claro que hace años que no crecemos, que no podemos poner en caja a la inflación, que el gasto público es imposible de reducir, así como el desempleo, y que carecemos de un horizonte promisorio, especialmente para los ciudadanos más jóvenes. Este es, efectivamente, un diagnóstico acertado, pero, sin duda, parcial. La economía se mueve al ritmo de la política, los países más desarrollados han tenido siempre sistemas políticos y gobiernos estables y predecibles (aunque ello no sea tan generalizado en los últimos tiempos).

En nuestro país no ocurre lo mismo desde hace décadas, podría decirse que desde la primera interrupción del sistema democrático de gobierno en 1930. Esta inestabilidad política provoca la económica, la falta de inversiones, de actividad productiva genuina y de crecimiento sostenido, sin olvidar la estrecha relación existente entre pobreza y desarrollo.

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Este diagnóstico tampoco es novedoso, y con él no hago un gran aporte a la solución del problema. En realidad, lo que quiero señalar en estas líneas es que no se requiere cualquier sistema político para desarrollarnos, una república formal no alcanza, no se trata de tener los clásicos tres poderes del Estado en aparente funcionamiento. Se trata de tener un sistema de valores, de estar convencidos que debemos tener una democracia efectiva, una república en la que los poderes sean realmente independientes, que el Ejecutivo no domine al Legislativo, ni interfiera en las decisiones del Judicial, donde impere el respeto por los que piensan distinto, donde la libertad de expresión y la de prensa se preserven de verdad, donde no se persiga al adversario usando las herramientas que otorga el poder, como ha ocurrido, por ejemplo, en materia impositiva.

Dejo para lo último algo que resulta obvio, pero que no siempre se cumple, y que influye sobre aquel sistema de valores: los gobernantes no deben robarse la plata del Estado, que no es otra cosa que la plata de los contribuyentes. La corrupción es un mal endémico de la región, lo sabemos, lo hemos visto no solo en nuestro país, sino también en Venezuela, Brasil, Ecuador, Perú, Colombia, Panamá y República Dominicana, por nombrar los casos más significativos.

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Pero, ¿qué tiene que ver la corrupción con el sistema de valores que pregonamos? Muy simple, los gobiernos corruptos necesitan relajar los mecanismos de un sistema político sano para encubrir el robo. Los sistemas de control como los poderes Legislativo y Judicial, las facultades de los fiscales, el Banco Central, la Unidad de Información Financiera, la Oficina Anticorrupción, la AFIP, y tantos otros, son puestos al servicio de la corrupción, provocando que dejen de cumplir sus funciones de control. Como sostiene el ex fiscal Antonio Di Pietro, aquel que comandó el Mani Pulite en Italia en los años 90: “no conozco un solo país que le vaya bien y que tenga corrupción”.

Existen gobiernos que no adoptan ni respetan el sistema de valores, no solo porque les dificultaría enriquecerse con actos de corrupción, sino porque no creen en ellos. Lo han demostrado en sus actos, en los intentos de avasallar a las instituciones, la Justicia, la libertad de prensa, denostando al que piensa distinto, escrachándolo, y un sinfín de abusos de poder.

Nuestro país se encuentra frente a una encrucijada, debe elegir entre volver a un sistema autoritario, personalista, que no respeta la división de poderes, que ya ha anunciado que intervendrá en el Poder Judicial sin seguir los carriles legales, que ha anunciado que no respetará la libertad de prensa y que justifica el delito (a través de respetar el oficio de chorro, aunque, eso sí, con códigos, y que justifica el salir de caño), o seguir apostando a un gobierno que ha respetado el sistema de valores, aunque sin conseguir, hasta el momento, los beneficios económicos esperados por todos.

La opción no parece tan difícil para quienes adscribimos a los valores republicanos. Ello no significa que quienes suscriben la opción populista y autoritaria, carezcan en absoluto de valores. Lo que ocurre es que, precisamente por la falta de los resultados económicos que la república debería aportarnos, muchos argentinos honestamente creen en un espejismo de desarrollo y bienestar, que el populismo podría brindarles por un tiempo, sin importarles el robo ni la reducción de sus derechos y libertades. Sería un nuevo retroceso y una frustración más, para un país que no puede cambiar su destino.


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