miércoles 28 de septiembre de 2022
POLITICA Relevamiento histórico

¿Por qué la grieta no es un invento de los kirchneristas y antikirchneristas?

Un repaso histórico por las tres grandes grietas que dividieron a la Argentina.

29-08-2022 15:00

La grieta que hoy separa a la Argentina no siempre fueron los seguidores de Cristina Kirchner y de Mauricio Macri, los dos grandes polarizadores de apoyos en estos tiempos. La división entre macristas, kirchneristas, radicales y de izquierda no es un fenómeno exclusivo de estos años, ni siquiera de este siglo. Incluso desde antes de los conflictos entre unitarios y federales, el país ha estado dividido por discursos opuestos. Oponentes cuya existencia no sería posible sin la del contrario, y que en más de una ocasión, se han aliado en coaliciones. A continuación, un repaso histórico por algunos de los bandos que, a lo largo del tiempo, han protagonizado la política argentina.

Unitarios y federales 

La lucha que permitió la independencia del país surgió de un interés común por librarse del dominio español, pero una vez roto el vínculo colonial comenzó el choque de intereses: ¿cómo administrar un país cuyas provincias solo coincidían en haber pertenecido al mismo virreinato? Es así que surge el conflicto entre unitarios y federales que, más que partidos políticos con ideologías diferentes, representaban proyectos de nación opuestos. 

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Por un lado, los federales buscaban la coexistencia entre provincias autónomas y un gobierno central con facultades limitadas. Es decir, tenían como referencia la administración estadounidense, y defendían un modelo republicano y representativo.

Por otro lado, los unitarios creían en el modelo de Gran Bretaña o la Francia napoleónica: un gobierno central con amplios poderes que se imponía por sobre el resto de las provincias. 

Las tensiones entre estos dos grupos dieron lugar a dos guerras civiles.  La primera transcurrió entre 1829 y 1831, concluyendo con la derrota de los unitarios y la posterior firma del Pacto Federal

Luego, en 1839, Juan Manuel de Rosas y sus aliados se enfrentaron a la Coalición del Norte. La victoria de Rosas en 1841 lo consolidó como el jefe de la Confederación Argentina, pero el 3 de febrero de 1852 sería derrotado por Juan José de Urquiza en la batalla de Caseros. De esta manera, la Confederación Argentina adoptó un modelo federal en la Constitución de 1853, pero incluyendo un marcado presidencialismo para asegurar el predominio del gobierno de Buenos Aires por sobre el de las demás provincias.    

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Unitarios y federales, dos proyectos de nación opuestos

Conservadores y radicales 

La Argentina de 1880 estaba caracterizada por la ficción electoral. El gobierno del Partido Autonomista Nacional (PAN) aplicaba la política del acuerdo, en la cual la elite elegía al sucesor del presidente y los gobernados no tenían voz. Métodos como el fraude, la intervención policial y la quema de urnas eran más que frecuentes en el sufragio, el cual era cantado. 

Sin embargo, la crisis económica de 1890 permitió el surgimiento de una oposición que buscaba derrocar al gobierno: la Unión Cívica de Bartolomé Mitre y Leandro N. Alem. El 26 de julio de ese mismo año pidieron por la libertad de voto y el respeto a la Constitución en la Revolución del Parque. Si bien lograron la renuncia del entonces presidente Miguel Juárez Celman, este fue reemplazado por otro gobierno oligárquico: el de Carlos Pellegrini, con el apoyo de Julio Argentino Roca y Mitre. 

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Fue entonces cuando la Unión Cívica se dividió entre Nacional (Mitre) y Radical (Alem e Hipólito Yrigoyen). A diferencia del grupo de Mitre, los radicales no estaban dispuestos a negociar con el gobierno. Sus intentos revolucionarios, como los de 1893 y 1905, causaron agitación en las organizaciones obreras, cosa que sería una advertencia para el gobierno.

El presidente Roque Sáenz Peña consideró que para legitimar el poder del PAN eran necesarios los votos de los ciudadanos, cosa que se hizo efectiva el 10 de febrero de 1912: la Ley Sáenz Peña hacía del voto secreto, obligatorio y universal. Pero el sufragio seguía siendo exclusivo para nativos argentinos y naturales masculinos mayores de 18 años. 

Sin embargo, en las elecciones de 1916 la UCR se alzaría con la victoria con la candidatura de Hipólito Yrigoyen. Es de esta manera que la Ley de Sáenz Peña termina marcando el comienzo de las presidencias radicales. Yrigoyen gobernó hasta 1922 cuando fue sucedido por otro radical: Marcelo T. de Alvear. Al término de su mandato, Yrigoyen sería reelecto en 1928. Sin embargo, el golpe de Estado encabezado por José Félix Uriburu en 1930, lo alejaría del poder y daría inicio a la década infame.    

La transformación de los partidos

Peronistas y antiperonistas

El golpe de Estado del Grupo de Oficiales Unidos (GOU) en 1943 dio por finalizada la década infame. Esto le permitió a Juan Domingo Perón llegar a la secretaría de trabajo en 1944, lugar desde el cual logró marcar un importante cambio en las relaciones laborales. Impulsó medidas como el aguinaldo, las vacaciones pagas y mejoras en las jubilaciones, que hicieron dar cuenta a los trabajadores de que había una autoridad superior a sus empleadores que velaba por sus intereses: el Estado. 

Esto generó rechazo en profesionales, docentes, médicos y empresarios, sectores que veían al ascenso del peronismo como el debilitamiento de las normas culturales. De esta manera, el nuevo lugar que había adquirido lo plebeyo terminó agrupando a sectores antes heterogéneos bajo una nueva categoría: la clase media.   

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Las tensiones entre los peronistas y la incipiente clase media aumentaron con el segundo gobierno de Perón. La crisis económica y la radicalización del discurso peronista, que implicaba la persecución a la oposición y el aumento de la propaganda oficial, desembocaron en atentados violentos por parte de ambos bandos. En 1951 el ejército realizó un intento de golpe de Estado y en 1953 colocaron bombas en una marcha peronista. Por otro lado, los seguidores de Perón incendiaron iglesias, el Jockey Club (símbolo de la clase media porteña), y sedes de la UCR y del partido socialista.   

Luego del bombardeo a la Plaza de Mayo perpetrado por la Marina en 1955, la autoproclamada Revolución Libertadora derrocó a Perón y proscribió su partido el 16 de septiembre de ese mismo año. Este hecho luego definiría gran parte de los conflictos políticos y sociales que mantendrían en vilo a la Argentina durante la segunda mitad del siglo XX.