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COLUMNISTAS / sorpresas
viernes 6 julio, 2018

Deconstrucción

A favor de Gabriela Michetti habría que decir que sus posturas sobre esta clase de temas han sido siempre claras y por demás manifiestas.

por Martín Kohan

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

A favor de Gabriela Michetti habría que decir que sus posturas sobre esta clase de temas han sido siempre claras y por demás manifiestas. No me explico, por lo tanto, la aterida consternación suscitada por sus últimas declaraciones sobre la legalización del aborto, en especial por parte de quienes la votaron como vicepresidente de la Nación (esos votantes, como sabemos, fueron muchos: más de la mitad del país). A diferencia de María Eugenia Vidal, que se las arregla a la perfección para que no sepamos del todo bien qué es lo que piensa sobre estas cosas, a diferencia de Mauricio Macri, que parece dar la impresión de que no piensa mayormente nada, y a diferencia de Cristina Fernández de Kirchner, que en pirueta de trapecio atinó a soltarse del no y a caer agarrada del sí, Gabriela Michetti, por su parte, fue siempre rotunda al respecto: sus tesituras, retrógradas hasta lo medieval, el carácter fuertemente elemental de los argumentos que expone y la manera tosca en que lo hace, no dejan lugar a dudas ni alientan ninguna ilusión sobre eventuales rectificaciones. Baste recordar su voto en contra de la Ley de matrimonio igualitario y las rudimentarias justificaciones que ofreció en aquel momento. Está a la vista, es más que obvio.

El caso de Elisa Carrió es diferente, porque Lilita es, ante todo, y aun en su veta trágica, una comediante. Necesita apelar, por lo tanto, al efecto de lo inesperado, esto es, al disparate. No obstante, si uno se fija, en el fondo se repite, es siempre más o menos lo mismo. Conocemos sus delirios místicos, sabemos que su republicanismo es tan raro que descree de los debates parlamentarios. Están al tanto, antes que nada, sus votantes (esos votantes, como sabemos, fueron muchos: más de la mitad de la Ciudad de Buenos Aires). ¿Quién podría sorprenderse, entonces, ante su prescindencia altanera en el debate de la Ley de despenalización del aborto en la Honorable Cámara de Diputados, ofreciendo a cambio su imagen devota de implorante hincada en una capilla, a solas con Dios?

Habría que revisar un poco los textos de Jacques Derrida, o al menos los de Jonathan Culler; no estoy seguro de que el concepto de “deconstrucción” se esté usando de manera pertinente, me parece que se habla más bien de conversión o de reconversión, de transformarse y de corregirse. En cualquier caso, admito que no alcanzo a entender cuál es el sentido de votar a un determinado candidato a candidata, esto es, su ideología y su visión política, para pasar luego a exigirle su inmediata “deconstrucción”: que no piense lo que piensa, que no haga lo que dijo, que no diga lo que cree, en fin: que no sea quien es. ¿No es más fácil, me pregunto, más directo y efectivo, deconstruir el propio voto, es decir, la próxima vez, votar distinto, y ahorrarse estas tantas protestas?


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