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Apuntes en viaje

Naturaleza y delito

Confieso que soy lector compulsivo de diarios. Desde hace bastante, los casos policiales y las noticias estrambóticas son una fuente inagotable de goce literario.

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Desde hace bastante, los casos policiales y las noticias estrambóticas son una fuente inagotable de goce literario. | Marta Toledo

El olor de la naturaleza recalentada en Buenos Aires me recuerda por momentos a paisajes de Centroamérica o el sur de México. Recordar es un modo de aliviar padecimientos del presente y corroborar que en el pasado, en la juventud, el calor sentaba mejor: era una expresión del cuerpo. Todo bajo un ventilador se arreglaba y recuperaba. No había remordimientos en la vida. Viajar por Centroamérica, con un mínimo de sociabilidad, implicaba agenciarse una colección de amigos mochileros. Si hago memoria, en todos mis viajes de juventud estaba presente la barrera agradable del calor. Hasta me animaría a decir que la aventura del viaje terminaba cuando se acercaba el frío.

Por las tardes, en cada lugar, me replegaba. Sin excepción las tardes estaban anuladas por el sol pleno. La habitación anónima, a veces compartida, era un gran refugio romántico, mientras los amigos de turno ejecutaban las excursiones de rigor. Después de almorzar, y hasta las cuatro o cinco, se abría un momento de lectura y escritura. La combinación de agobio estival, sueño y literatura, producía el efecto de un alucinógeno. Casi como en este mismo momento, a los 41 años, mientras escribo desde Lobos y leo noticias bajo un ventilador.

Confieso que soy lector compulsivo de diarios. Desde hace bastante, los casos policiales y las noticias estrambóticas son una fuente inagotable de goce literario. Leo las notas como si fueran borradores de futuras novelas. Me animaría a decir que en el anonimato de los cronistas de diarios, hay plumas que desde la economía informativa y el ascetismo estilístico, atrapan. Quizás me haya vuelto un lector mediático. De hecho leer diarios a través de aplicaciones o internet, se parece mucho a un zapping televisivo. Y si uno busca materia ficcional, en ese zapping sobran argumentos. La realidad está presentada como ficción. El caso del primer saxofonista de los Fabulosas Cadillacs, detenido primero por ser entregador en diversos robos en countries exclusivos y luego por la autoría intelectual de una especie de salidera, no deja de sorprenderme. Hay casos todavía más literarios –dignos de Poe– como el del financista israelí de semblante kafkiano y mirada psicópata, desbordado de deudas, que emparedó en Mendoza a su tía y a su madre, pero cuando la noticia involucra a un artista mi interés es mayor. La vida de un rockero que toca la fama y tiene en sus manos casi todo lo que un joven quiere tener, renuncia, pasa a la clandestinidad, cambia de piel, al punto de que en el 2018 del saxofonista que treinta años antes grabó varios discos con los Fabulosos Cadillacs tal vez no queden más que recuerdos vinculados a un hombre que ya no existe, podría decirse que es un argumento netamente romántico. Si el involucrado fuera un escritor en vez de un músico, el caso sería todavía más extraordinario y podría sospecharse una moral detrás del delito. Digamos que de un escritor que tocó la fama, perdió el don y eligió el ostracismo, la autoría intelectual de un robo no sería más que un efecto colateral tardío de las labores literarias. Todo lo que haga alguien que a los 23 deja de escribir, está signado por la literatura y podría leerse en clave aunque suceda décadas después. Tal es el caso de Rimbaud. Así, creo, lo leería Ricardo Piglia. El caso del escritor francés Jean Genet vendría a ser paradigmático, solo que al revés: la literatura resultó el efecto colateral de una juventud delictiva.

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