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CULTURA / muestra
domingo 6 mayo, 2018

Cómo hacer cosas con palabras

Leantro Katz (1938) presenta en la galería Henrique Faria más de veinte piezas realizadas entre 1980 y 2016. “Entre dos citas” emula a Austin y a Foucault al enlazarse con dos grandes títulos del pensamiento occidental: “Cómo hacer cosas con palabras” y “Las palabras y las cosas”. Entre la escritura y la morfología de esas letras, su obra que deambula por esos dos ámbitos.

Laura Isola

Katz. El cuerpo de su obra consiste en explorar la literalidad y el sentido. Desarma y vuelve a armar las frases. Juega e indaga en la geometría de las letras. Foto: Gentileza Galeria Henrique Faria

Leandro Katz hace cosas con palabras. Un mural, páginas de libros, incluso alfabetos. Una exhibición llamada Entre dos citas es el marco en el que muestra esta habilidad. El artista, poeta y escritor oscila entre las palabras y las cosas; entre las imágenes y sus representaciones gráficas. Entre la escritura y la morfología de esas letras, símbolos y significados, realiza una obra que deambula por estos dos ámbitos sin decidirse por alguno. Combina a la perfección el pensamiento sofisticado y la manualidad, algo así como una teoría lingüística hecha con los materiales que se consiguen en una pinturería artística.
La oración inicial de este pequeño ensayo, entonces, alberga muchos más sentidos. La ambigüedad del término “cosas” como algo distinto a “palabras”. De ahí que aparezca el runrún de título del exquisito tratado de John Austin, Cómo hacer cosas con palabras. En esa obra, el filósofo británico se entronca con una tradición y continúa, de alguna manera, a sus precursores, nombres tan importantes como Wittgenstein, Buhler, Benveniste, Jakobson y Malinowski. Hacia adelante, da pie a la teoría de los actos de habla que sigue John Searle. Para ello distingue los enunciados constatativos de los performativos. Estos últimos son la gema de su postulación: cosas que solo podemos hacer con palabras y sin necesidad de una referencia externa, tales como prometer, absolver, negar, disculparse y agradecer, entre otros.
En esta deriva filosófica que va de la mano de la lingüística pragmática y la filosofía del lenguaje ordinario se podrían inscribir estas producciones de Katz. Un cuerpo de obra que explora la literalidad y el sentido derivado. Que desarma y vuelve a armar las frases; que juega e indaga en la geometría de las letras. En el caso de la serie Libro Quemado es el ejemplo conspicuo: ellas valen por sentido y por su forma. La O es tanto una vocal que distingue significado como un círculo de color que alterna con rectas y diagonales, tal como se ven en las otras vocales y consonantes. Una pragmática tomada al pie de letra.
A su vez, la investigación es exhaustiva para abordar todas estas posibilidades escriturarias y alternativas pictóricas. Una lengua inventada, entre código secreto y códice antiguo con iluminaciones, tachaduras y anotaciones, se puede “leer” en BBB (Beatrice’s Black Book), collagues topográficos realizados en lápiz y acuarelas sobre papel entre 1983 y 1985. Algo de esto queda con la evidencia de un desnudo: las letras despojadas en su mínima expresión en Oscura conjetura. La cuadrícula en la que se divide la pieza de papel sobre cartón alberga un trazo de cada grafema que permite leer “Conjetura  Oscura” y que su título repite en espejo. Asimismo, en la praxis de la lectura de esas letras incompletas está la definición  prístina de qué es una conjetura. Una suposición, una hipótesis, algo de adivinación. Sin embargo, para este ejercicio el mejor sinónimo es figuración. La que delinea la caligrafía tanto en sus rayas y marcas como la que la presupone en la definición de la palabra, al tiempo que la adjetiva. Es oscura como el lenguaje que apenas nos acerca al conocimiento de las cosas.
Por su parte, la exposición indica sus referentes filosóficos, nada menos que con Hegel y Guy Debord. Con dos citas de estos filósofos, Katz prueba nuevas combinaciones. Sobre la pared blanca desarma y desparrama palabra por palabra de “Cuando la filosofía pinta con tonos grises, un aspecto de la vida ha envejecido y ya no se puede rejuvenecer, solamente se puede reconocer: el búho de Minerva alza su vuelo a la caída de la noche”, del primero  y del francés “Cuando el arte se independiza pintando al mundo con colores brillantes, un momento de la vida ha envejecido y ya no se puede rejuvenecer con colores resplandecientes, solamente se puede evocar en la memoria. La grandeza del arte se torna aparente a la caída de la vida”.
Con ellas teje una trama con hilos, rojo y negro, para volverlas a armar.  Esa operación es la síntesis que contiene la tensión de la tesis y la antítesis. No tanto como idea del progreso del filósofo idealista sino en la más intensa y productiva literalidad. El rojo y negro, la tirantez de las fibras que intenta atraer a las palabras para componer nuevamente la cita. Pero ya nada será igual. Hegel mezclado con Debord, Hegel agitado consigo mismo y Debord revuelto en su escrito enredan, diluyen y entreveran los tonos grises y los colores brillantes. Lo envejecido resplandece.
Si para Hegel la filosofía llega siempre demasiado tarde y para Debord, el arte tarda demasiado en llegar a la vida, la pregunta no es tanto por cómo se da esta secuencia en la historia de las ideas sino la que hace Eduardo Grüner en su texto sobre la muestra: cómo soldar los demasiados espacios que hay entre filosofía, arte y vida. Ese parece ser el mayor de los enigmas.


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