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domingo 14 enero, 2018

Defensa de la poesía

Este año se cumplió una década de la desaparición física del cantautor Eduardo Darnauchans, figura fundamental de la música popular uruguaya. Un libro analiza el legado y la permanencia de su obra poética.

Rodolfo Edwards

Darno. Nació en Montevideo en 1953; murió en esa misma ciudad el 7 de marzo de 2007. Foto: cedoc

La música popular uruguaya es pródiga en talentos inusuales. Basta correr un poco el telón de la historia para que aflore una retahíla de autores y compositores fuera de toda norma, libérrimos e impredecibles, lejos del mercado como de las rutinas marketineras. Luis Trochón, Jorge Lazaroff o Leo Masliah pertenecen a esa imprevisible estirpe de conjurados que suelen dejarnos perplejos por su empecinada alquimia. Eduardo Darnauchans también abonó con su obra el terreno donde pastan las ovejas negras.  

Darnauchans nació en Montevideo en 1953; sin embargo, pasó su infancia y su adolescencia en Tacuarembó. Siendo muy joven se integró al Grupo de Tacuarembó, una fértil asociación de músicos y poetas, liderada por el poeta y profesor Washington Benavides, maestro y guía de Darnauchans en aquellos años formativos. Víctor Cunha, Eduardo Larbanois y Numa Moraes eran parte de aquel combo, un verdadero semillero de artistas. Si bien Darnauchans participó lateralmente en lo que se conoce como “canto popular uruguayo”, coincide generacionalmente con la eclosión de este movimiento, surgido en medio del apogeo de la dictadura que irrumpió en el país vecino en 1973. Este movimiento supo desplegar ingeniosas acciones para burlar el férreo control estatal: repartiéndose entre salas pequeñas, pubs y café-concert armaron un tejido que rápidamente se convirtió en una de las formas más notables de la resistencia la dictadura.

Precoz militante del Partido Comunista Uruguayo, desde la adolescencia Darnauchans conoció los rigores de la dictadura. En 1979 sufrió una prohibición explícita: una resolución le prohibía presentarse en vivo en lugares públicos, lo que afectó notoriamente su carrera. Con tres discos editados, se perfilaba en ese momento como uno de los autores más relevantes de su camada.

En Darnauchans. Poesía y compromiso de un cantor popular uruguayo (Ediciones del Empedrado), la investigadora Silvia Sabaj hace un recorrido exhaustivo por la obra poética de Darnauchans, poniendo las letras de las canciones bajo una lupa que devela claves, símbolos y correspondencias íntimas que esconden el denso entramado de palabras que recubre las obsesiones del autor uruguayo: el amor, la muerte, la infancia, la ciudad, la política.

Hay en Darnauchans una voluntad de cocinar sus materiales en el fuego lerdo de la invocación y la plegaria, el trance místico y la alucinación urbana; austero y sigiloso a la hora de organizar la hechura de una canción, tripulante de barcos al garete, pasajero de la nada, entre Bob Dylan y los Beatles, supo merodear como un vagabundo los sitios recónditos, las penumbras donde prestidigitan las caídas figuras imposibles: “Se detienen en las plazas/ como esperando la noche/ con los ojos fugitivos/ y las sienes en desorden”, canta en Como los desconsolados.

En la tapa de Darnauchans. Poesía y compromiso de un cantor popular uruguayo hay una foto que dice mucho de la personalidad de Darnauchans: se lo ve prendiendo un cigarrillo, luce unas oscuras gafas Ray-Ban Classic, y hay un pin con una hoz y un martillo clavado en una solapa de su camisa. Caminando las costas montevideanas, despeinado por una sudestada invernal, con su orgulloso gabán decadente, el Darno cultivó una imagen malditista que tal vez fuera simplemente una coraza para disimular una vieja herida encallada en su ser. Todo lo expurgó en una poesía implacable, en brisas de palabras luminosamente tristes. Hijo mestizo de la cultura rock anglosajona y la poesía culterana española, imbuido de una mística decimonónica, cantó sus canciones como un trovador medieval, con una cálida voz bien afinada o diciendo poemas como quien reza una plegaria, paciente pescador de palabras que sirvieran para interrumpir el flujo del tiempo que siempre se escapa.

También puso música a palabras ajenas; además de las duplas compositivas con sus amigos Washington Benavides y Víctor Cunha, hizo canción poemas de Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Humberto Megget y Federico García Lorca, entre muchos otros.

El Darno siempre cuidó al máximo el uso de la palabra, “zurciendo” versos a la manera de un ritual, como remarca su colega Fernando Cabrera en el prólogo del libro de Sabaj: “Conocí muchos cantautores en mi vida. Pocos o ninguno con el amor a la palabra que vi en Eduardo Darnauchans. Ese amor no estaba circunscripto solo al momento creativo, sino que vivía en él, hora tras hora, día tras día”. Esta vocación casi sacerdotal de Darnauchans por el oficio poético lo llevó a internarse en oscuros laberintos que le hacían difícil la salida. Hay una vibración fantasmal en canciones como Niñez de luz, cuya melodía parece salida de una cajita de música y las palabras se agrupan en un trance emotivo que evoca la infancia de Alicia Gladys, madre del poeta: “Tu niñez fue una lágrima/ que quiso ser rosa pero nunca fue”. En Pago, homenajea a su padre, el médico Pedro Darnauchans Brum, con una pintura fiel de los años dorados: “Comías pan francés y arroz con leche y para espantar espantos colgaste un esqueleto en la azotea”.

Hay Darno para rato.


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