La órbita baja de la Tierra se convirtió en uno de los territorios más disputados del siglo XXI. Allí operan miles de satélites comerciales que sostienen comunicaciones, navegación y observación del planeta. En ese contexto, el magnate Elon Musk busca convertir la órbita baja terrestre en un gigantesco centro de datos orbital, capaz de abastecer la creciente demanda de computación para inteligencia artificial.
La propuesta surge en un momento crítico. Científicos y organismos espaciales advierten desde hace años sobre la proliferación de satélites y el riesgo de colisiones en cadena. Sin embargo, para Musk y SpaceX, el espacio ofrece una oportunidad inédita con energía solar casi constante, costos operativos reducidos y una escala imposible de replicar en la Tierra sin colapsar redes eléctricas y recursos naturales.
El proyecto fue formalizado a fines de enero con una presentación ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC). Allí, SpaceX solicitó autorización para desplegar una constelación de centros de datos orbitales de hasta un millón de satélites en órbita terrestre baja (LEO, por su siglas en inglés), una cifra sin precedentes en la historia de la actividad espacial.
La iniciativa se apoya en la experiencia acumulada con Starlink, que ya es la constelación de satélites más grande del mundo, y en el desarrollo del cohete Starship, clave para lanzar grandes volúmenes de carga al espacio. Aun así, la magnitud del plan reaviva un debate global sobre hasta dónde puede expandirse la infraestructura orbital sin convertir el espacio cercano a la Tierra en un sistema inestable.
La órbita baja de la Tierra entra en una zona de riesgo por la proliferación de satélites
El proyecto de SpaceX: un centro de datos orbital de escala inédita
Según la presentación ante la FCC, SpaceX propone que estos satélites operen en capas orbitales de entre 500 y 2000 kilómetros de altitud, con inclinaciones heliosincrónicas de 30 grados. El objetivo es maximizar la exposición a la luz solar y permitir que los satélites generen energía de forma casi permanente.
“Al aprovechar directamente la energía solar casi constante con un bajo costo operativo o de mantenimiento, estos satélites alcanzarán una eficiencia energética y de costos transformadora, al tiempo que reducirán significativamente el impacto ambiental asociado con los centros de datos terrestres”, afirmó la compañía en el documento oficial.
La arquitectura del sistema se basaría en enlaces ópticos entre satélites, que permitirían la comunicación directa sin pasar por estaciones terrestres intermedias. A su vez, los datos se transmitirían a la Tierra a través de la infraestructura de Starlink. Como respaldo, los satélites también operarían en la banda Ka para telemetría, rastreo y comando, bajo licencia de la FCC.
SpaceX sostiene que parte de la constelación estaría ubicada en “altitudes orbitales prácticamente sin uso” y que los satélites más altos, expuestos a la luz solar más del 99 % del tiempo, sostendrían aplicaciones que requieren computación constante. Los de menor inclinación, en cambio, absorberían picos de demanda para equilibrar la carga del sistema.

La empresa no presentó un cronograma de despliegue ni una estimación de costos. También solicitó una exención de los requisitos habituales de la FCC, que obligan a desplegar la mitad de una constelación en seis años y la totalidad en nueve. SpaceX argumentó que esos hitos buscan evitar el acaparamiento de espectro, algo que -según la compañía- no aplicaría en este caso.
En paralelo, Musk reforzó públicamente la idea. “Los satélites estarán tan separados que será difícil distinguirlos”, afirmó en X. “El espacio es tan vasto que resulta incomprensible”. En otra publicación fue aún más categórico: “SpaceX hará esto”.
Riesgos orbitales, tormentas solares y el temor al síndrome de Kessler
La ambición de SpaceX choca de frente con las advertencias de la comunidad científica. Hoy, la órbita terrestre baja alberga más de 32.000 satélites y fragmentos de escombros, la mayoría concentrados en LEO, según el registro del astrofísico Jonathan McDowell. Cada nuevo objeto incrementa el riesgo de colisión.
Un estudio reciente liderado por Sarah Thiele, iniciado en la Universidad de British Columbia y continuado en la Universidad de Princeton, describe el sistema actual como un “castillo de naipes”. Publicado como preprint en arXiv y difundido por Robotitus, el trabajo advierte que la estabilidad de las megaconstelaciones depende de un control continuo y condiciones ideales.
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Los datos son elocuentes. En la órbita baja, se produce un “acercamiento cercano” entre objetos cada 22 segundos. En el caso de Starlink, esos encuentros ocurren cada 11 minutos. Para evitar choques, cada satélite realiza en promedio 41 maniobras por año.
El mayor riesgo identificado son las tormentas solares. Estos eventos expanden la atmósfera superior, aumentan la fricción y alteran las órbitas. Durante la tormenta solar Gannon de mayo de 2024, más de la mitad de los satélites en LEO debieron realizar maniobras de emergencia. Además, las tormentas pueden dañar sistemas electrónicos y afectar la capacidad de control desde la Tierra.
El estudio introduce un indicador clave: el CRASH Clock, que estima cuánto tiempo puede pasar sin control activo antes de una colisión grave. En junio de 2025, ese margen se habría reducido a apenas 2,8 días. En 2018, antes de la expansión de las megaconstelaciones, era de 121 días. Incluso una pérdida de control de 24 horas implicaría una probabilidad cercana al 30% de iniciar una colisión capaz de desencadenar el síndrome de Kessler.
Ese escenario -una reacción en cadena de colisiones- podría inutilizar órbitas enteras durante décadas, afectando comunicaciones, navegación, observación climática y servicios críticos a escala global. A diferencia de otros riesgos tecnológicos, las tormentas solares no pueden prevenirse y solo se anticipan con uno o dos días de margen.

IA, energía solar y una apuesta que redefine el futuro del espacio
Pese a las alertas, SpaceX enmarca su proyecto como un salto civilizatorio. “El lanzamiento de una constelación de un millón de satélites que operan como centros de datos orbitales es un primer paso para convertirse en una civilización Kardashev Tipo II”, afirmó la compañía, en referencia a una sociedad capaz de aprovechar toda la energía de su estrella.
La motivación central es la inteligencia artificial. SpaceX sostiene que el aumento de costos energéticos y la saturación de redes eléctricas terrestres hacen que, en pocos años, la computación espacial pueda ser más barata que la terrestre. “Liberados de las limitaciones del despliegue terrestre, dentro de unos años el menor costo para generar computación de IA estará en el espacio”, aseguró la empresa.
El plan también se vincula con movimientos financieros de alto impacto. Musk confirmó que SpaceX evalúa una salida a bolsa que podría recaudar hasta 50.000 millones de dólares, con una valuación cercana a 1,5 billones. Parte de ese capital estaría destinado a financiar el centro de datos orbital. Incluso se analiza una posible integración con xAI o con Tesla.
Mientras tanto, otros países avanzan con propuestas mucho menores: China presentó planes por casi 200.000 satélites y Ruanda llegó a proyectar constelaciones de más de 300.000. Frente a eso, la iniciativa de SpaceX supera todo lo considerado hasta ahora.