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CHOCARON LOS EGOS MAS GRANDES DEL MUNDO!

Dios y el enganche melancólico

Debía suceder y sucedió, bastante más temprano que tarde. Imaginar una convivencia profesional pacífica entre dos argentinos exitosos y habituados a caminar por la vida ignorando el significado de la palabra “no” es una ingenuidad imperdonable.

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“Resulta desde todo punto de vista monstruosa la forma en que la gente va por ahí hoy en día, criticándote a tus espaldas por cosas que son absolutamente ciertas.”
 

Oscar Wilde (1854-1900)

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Debía suceder y sucedió, bastante más temprano que tarde. Imaginar una convivencia profesional pacífica entre dos argentinos exitosos y habituados a caminar por la vida ignorando el significado de la palabra “no” es una ingenuidad imperdonable. Hablamos de un verdadero clásico nacional, compatriotas. Menotti-Bilardo, Vilas-Clerc, Saavedra-Moreno, Cherutti-Artaza, Frondizi-Balbín, Rial-Canosa, Feinmann-Sarlo, Cristina-Cobos, Buzzi-De Angeli, Moria-Nazarena... Uf. Con una mano en el corazón, ¿quién se atrevía a apostar a favor de un futuro armonioso en la Selección con Maradona y el enganche melancólico compartiendo el mismo techo? Difícil.

Aquí y en el resto del mundo, Diego es tratado como un dios pagano al que se le perdona todo. Riquelme también se piensa como otra deidad; o al menos así lo ve su círculo íntimo que, está claro, es lo único que a él le importa en la vida.

Uno jugó como nadie ha podido hacerlo; el otro juega de enganche, un puesto que no existe en el Primer Mundo futbolero. Los dos sufren la dulce incomprensión de los que nacieron diferentes. Aceptan las reglas del juego pero miran todo con enorme recelo. Se encierran. Se escudan en su fama, o en la música más maravillosa de la que habló Perón. Ambos reconocieron en el otro límites que nunca antes habían enfrentado. El choque fue brutal; la ruptura, inevitable.

El día después, la barra riquelmiana Nietzsche, un poroto llenó de pancartas el entrenamiento matinal de Boca. “Román: Dios no existe” decía una, con el sagrado 10 armadito entre las letras. Segundos antes de renunciar, Riquelme había dicho que Riquelme –un ídolo habla en tercera persona, siempre– “tiene una manera de actuar muy clara” y no abrió más la boca. Maradona sí. Dijo que no entendía qué le pasaba, que iba a ser titular y que él, como técnico, tenía todo el derecho a hablar de su equipo en los medios. Comprensible. Aplacada la furia inicial, se concentró en lo que más le gusta hacer: señalar un único culpable con nombre y apellido. Esta vez le tocó a Marcos Franchi, actual representante de Riquelme, ex suyo y ex amigo, aunque no tanto como Guillote Cóppola.

“Lo conozco bien, con él compartí muchas noches en silencio dedicadas al mismo vicio”, lo pulverizó. Curioso abrazo del oso maradoniano. Lo ignoro todo sobre Marcos Franchi, aclaro, pero sé que este insólito fusilamiento público puede ser fatal para cualquier persona que haya vivido o viva el mismo drama que Maradona sufrió en carne propia y conoce como nadie. Ningún jugador, ninguna camiseta, ningún Mundial; nada justifica perder el respeto por el dolor del semejante, compatriotas, haya hecho lo que haya hecho. Qué códigos ni ocho cuartos.

Riquelme es una usina de problemas. Melancólico, tímido, soberbio por inseguridad, maltratador, inescrutable, silencioso, amigo de muy pocos. No es, obvio, la persona ideal para trabajar en grupo.

El festejo del Topo Gigio, su más dulce creación, nació como una protesta contra Macri. Peleado con todos, se fue al Barcelona y no le fue bien. Cataluña fue tan distante con él como 20 años antes lo había sido con Maradona. El técnico Van Gaal lo recibió con munición gruesa. “Yo no lo pedí”, dijo, mientras le aclaraba a los dirigentes: “No va a jugar, me frena el equipo”. Idénticos argumentos lo dejaron afuera de la Selección de Marcelo Bielsa.

Nunca brilló y fue cedido al modesto Villarreal, que armó un equipo solo para que él ejerciera su oficio en extinción. Fue enganche, por fin; se floreó en la Champions pero... volvió a irse mal. Logró un milagro, casi: se peleó a muerte con el ingeniero Pellegrini, rara avis amabilis del fútbol. Jugó un Mundial y renunció “porque a mi mamá la enferman las críticas”. Volvió a Boca y fue multicampeón, sin dirigirse la palabra con Martín Palermo y otros. Repitió la historia con la Selección de Basile. Nunca hubo onda con el introvertido Messi y menos con el resto del plantel que, triunfantes sin él en Marsella, le dedicaron un cantito festivo que encontró gran difusión... recién ahora. “¡Hay que alentar/ hay que alentar/ ya estamos todos/ no llamen más!” Poetas.

La mayoría del establishment futbolero se encolumnó detrás del argumento oficial del ahora poderoso mito nacional. “La que pierde es la Selección”, disimulaban los políticamente correctos y se lamentaban los fieles del Lefebvre de los enganches. La verdad es que la mayoría celebraba en secreto la despedida. La diferencia entre ambos no es menor. Riquelme divide las aguas; Maradona... zapatea sobre ellas.

El fenómeno Maradona me conmueve tanto como me enfurece; me pasa con él lo que me pasa con el país. Riquelme es menor, también en eso. Lo veo como a un porteño en el extranjero: talentoso, desconfiado, voraz; patriota más por ignorancia y temor hacia lo nuevo que por convicción. Como jugador prefiero a Verón, ya lo saben.

¿Será cierta la muerte de Dios que anuncian los defensores de Nietzsche que adoran al enganche melancólico? Quién sabe. ¿Seremos, algún día, un país grande y fuerte como un superhombre? Mmm... Ojalá. Aunque más no sea para no desquiciarnos fatalmente como el loco de Turín si es que –Dios no lo permita–, alguno de esos giles que nunca faltan la pifia en pleno Mundial y chau, nos roban la gloria injustamente; otra vez.