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COLUMNISTAS / PARA QUE SER CANDIDATO
domingo 23 junio, 2019

Dos proyectos para octubre

Habrá también algún candidato marginal cuyo papel será debilitar a uno de los candidatos importantes. Sale en la prensa unos días, gana unos pesos y se jubila. Su campaña la paga el candidato que se beneficia con su presencia.

por Jaime Duran Barba

Formulas. Cerrado el período de negociaciones, parece que se consolidaron dos sectores, uno democrático y otro que defiende el populismo autoritario. Foto: cedoc
domingo 23 junio, 2019

En 2009 nos reunimos en San Pablo con Marina Silva y Guilherme Leal, candidatos a la presidencia y vicepresidencia de Brasil por el Partido Verde. Para escribir una estrategia de campaña, siempre necesitamos la respuesta a una pregunta: ¿para qué quieren ser candidatos? Marina y Guilherme lo tenían claro: pretendían instalar como temas de la campaña brasileña el desarrollo sustentable y la protección de la vida en la Amazonia. Cuando insistimos en cuál sería el porcentaje que obtendrían en las urnas o si les interesaba ganar las elecciones, dijeron que no. Simplemente querían difundir sus ideas. Los dos transmitieron tal convicción y transparencia, que obtuvieron un triunfo impresionante: un 20% de brasileños votó por ellos. Si Marina se mantenía con esa estrategia, habría sido presidenta de Brasil. La gente percibe el idealismo o el egoísmo de los candidatos, la sinceridad de sus planteamientos y su hipocresía.

Por qué. Aunque parezca extraño, cuando a alguien se le pregunta para qué es candidato, algunos no pueden explicarlo. A veces tienen una vaga idea de que podrían ganar o iniciar una carrera política, pero no mucho más. Con Informe Confidencial hacemos desde hace décadas diagnósticos políticos. Estudiamos un país, investigamos las actitudes de los electores, analizamos a sus dirigentes y aconsejamos lo que se puede hacer en una coyuntura.  En los últimos dos años, trabajamos en ocho países y en seis ocasiones le dijimos al candidato que sería muy difícil que ganara las elecciones.

En algunas ocasiones, aunque no se dan las condiciones para ganar en ese momento, se puede poner las bases para un programa futuro. En 2005 empezamos a trabajar en la Ciudad de Buenos Aires con un grupo de dirigentes presidido por Mauricio Macri. Tenían la capacidad de pensar estratégicamente, usaban herramientas modernas, tenían un liderazgo tenaz. Iniciamos un camino coherente que culminó en las eleciones presidenciales de 2015.

En algunas ocasiones, el candidato carece de formación y de información, supone que puede ganar porque se lo dicen unos pocos allegados, forma lo que llama un partido político, pero en realidad es solo un membrete que reúne a sus parientes y amigos más cercanos. Repentinamente, se convierte en un disciplinado militante de su propia fantasía y se obliga a hacer lo que dice la organización. Esos membretes realmente no son partidos, no tienen ideas, no mantienen nada, son solo una pantalla para fomentar el ego de su gerente propietario. Pero suena importante que sea el partido el que le impone al candidato determinadas conductas. Todos saben que es una farsa, pero colaboran para mantenerla. Así, asoma en la prensa que el Frente Sicodélico se reúne, autoriza al propietario para que haga una alianza, a condición de que algún pariente sea candidato a un cargo menor.

Posibilidades. Cuando se organiza una candidatura real, caben varias posibilidades. Si se busca ganar las eleciones, hay que evaluar objetivamente las posibilidades de que sea posible. Hay limitaciones reales y es posible detectarlas para saber si la aventura tiene sentido. Con frecuencia los candidatos se confunden suponiendo que “todo el mundo” les pide que se postulen. Ese mundo no suele ir más allá de las personas que los rodean o que acarrean contratando camiones. Hecho el estudio, no los conoce nadie o no tienen ninguna posibilidad objetiva de juego.

Algunos asisten a un acto de campaña en Estados Unidos y creen que lanzando confeti en escenarios vistosos, llenos de gente, se convierten en líderes de fuste. Nada de eso sirve para nada. Lo gracioso es que lo hacen una y otra vez a lo largo de los años, ven que esos actos no tienen ningún efecto, pero siguen organizándolos sin ninguna autocrítica.

Alguna vez acompañé a un candidato que creía que la gente quería que insultara a los K. Fuimos a un local repleto de personas que aplaudían a rabiar todo lo que decía. Al final me dijo: “¿Ves cómo se entusiasman con mi discurso? Son personas que vienen de todas las provincias del país”. Cuando le pregunté por qué estaban en ese sitio, me dijo que los habían traído en buses. Si usted lleva a un sitio a cientos de personas a las que paga el transporte y la comida, aplaudirán cualquier cosa. Suponer que representan al pueblo es un disparate.

Listas. Cuando se conforman las listas, en muchos casos la negociación se traba por el ego de los eventuales candidatos. Dicen que el pueblo se enojará si no van primeros en la lista y aceptan un segundo lugar. Normalmente el tema tiene que ver más con la vanidad, porque solo su familia hablará acerca de su posición en la lista. Otros suponen que les corresponde algún sitio porque han sido personas importantes. Antiguamente, para ser designado candidato era suficiente tener una pose solemne y exhibir algún título. Actualmente, las cosas son más transparentes, se aplican encuestas y todos pueden conocer la fuerza electoral de cada uno.  

Los grupos de izquierda suelen dedicar tiempo a la discusión ideológica para conformar un frente común. Sus temas son importantes, no se despachan en pocas horas. Discuten declaraciones en las que cada uno de ellos cede en algo en aras de la unidad. Unos pueden aceptar que el campesinado reemplace al proletariado como protagonista de la revolución, otros podrían admitir que se haga la revolución en un solo país, la Unión Soviética, renunciando a la tesis de la revolución mundial. Todos esos esfuerzos no mueven al pequeño porcentaje de votos que obtienen desde hace décadas y menos al entorno. Son discusiones que no interesan a nadie que no sea creyente de esas ideas.

Cuando fui secretario general del gobierno ecuatoriano, me reuní con legisladores de un partido de izquierda cuyo apoyo necesitaba para que se aprobara una ley. Empezaron recitando el discurso habitual contra el imperialismo y el capitalismo, igual al que había escuchado toda la vida. Cuando llegó el momento de los acuerdos, entregaron un papel con una lista de empleos: la dirección de la escuela de un pueblo remoto para la mamá de uno de ellos, un puesto de enfermera para la hermana de otro y cosas así. Cuando propuse que discutiéramos el texto de la ley, no manifestaron ningún interés. Si cumplíamos con la lista de demandas votarían por cualquier texto.

La rosca política, que tanto reclaman algunos periodistas, gira en torno a nombramientos, contratos y dinero. 

Hay ocasiones en las que el candidato sabe que no tiene ninguna posibilidad de ganar pero se anota por otras razones. Hace algunos años coincidí en el aeropuerto con un candidato que quería estar en los medios. No tenía dinero para la campaña, pero esperaba que llegara un avión, se confundía con los pasajeros, fingía que llegaba de un viaje y lograba que lo entrevistaran. Era su forma de felicidad.

Rosca. Juan José Sebreli dice en El malestar de la política que “la palabra, herramienta imprescindible para pensar y comunicar ideas y conceptos, adquiere relevancia cuando se hace política, sobre todo democrática, ya que esta se vale de la discusión del diálogo para resolver los conflictos y evitar la violencia”. En el capítulo acerca de la izquierda y la derecha, en el mismo libro, Sebreli desarrolla ideas que deberían ayudar a ordenar el caos conceptual en que vivimos. La palabra del discurso político se devaluó, perdió sentido. Bastantes políticos y periodistas leen poco, no discuten ideas sino imágenes superficiales. Mientras leo a Sebreli, veo en la televisión la vorágine de acuerdos y desacuerdos propios del cierre de las listas. Me pregunto si el nivel de la política mejoraría si obligáramos a que todos los candidatos leyeran a Sebreli.

La rosca política, que tanto reclaman algunos periodistas, gira en torno a nombramientos, contratos y sumas de dinero. Asoman enjambres de partidos, grupos, dirigentes que demandan sus espacios. No es fácil lograr que no se arme un conflicto general. Hay políticos que saben negociar y distribuir. Es un arte. A algunos de los que negocian no les importa hacia dónde va el país, hablan al mismo tiempo con los representantes de los autoritarismos más salvajes y con sectores democráticos en una puja por quién les da más cargos.

Terminado el período de negociaciones, parece que se consolidaron dos sectores, uno democrático y otro que defiende el populismo autoritario. Habrá también algún candidato marginal cuyo papel será debilitar a uno de los candidatos importantes. Sale en la prensa unos días, gana unos pesos y se jubila. Su campaña la paga el candidato que se beneficia con su presencia.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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