viernes 20 de mayo de 2022
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27-03-2022 01:09

La farsa sin fin

27-03-2022 01:09

Corría el año 1852 cuando, en un periódico de obreros alemanes inmigrados a Nueva York, Karl Marx publicaba un artículo sobre el golpe de Estado encabezado un año antes en Francia por el sobrino de Napoleón. La nota se titulaba “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”, y en el texto se incluía esta frase: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa”. Aquel artículo se convertiría luego en libro con el mismo título y la frase se haría célebre y sería citada una y mil veces a lo largo del tiempo, incluyendo el presente. Al reflexionar sobre ella en la revista digital Paco, el sociólogo Mariano Canal escribía el 6 de agosto de 2015: “La idea de Marx, más allá de la evocación a Hegel, ya estaba presente en algunos escritos suyos anteriores que pensaban la historia como un proceso que debe, para concretarse del todo en la conciencia de los hombres, tener una replicación farsesca que rompa con la falsa verdad de las apariencias heroicas de la historia solemne hecha de grandes hombres, grandes acontecimientos y callados procesos sociales subterráneos”. Solo riéndose de su pasado los humanos pueden tomar distancia y perspectiva para separarse de él, pensaba el imprescindible filósofo alemán.

Desde su aparición en el centro del escenario político argentino el kirchnerismo parece empeñado en asumir la función de reproducir como farsa hechos, ideas y efemérides previamente instaladas en la historia, no solo nacional. Si lo pensamos desde las grandes e inmortales tragedias de William Shakespeare, el matrimonio de Néstor Kirchner y Cristina Fernández convirtió en farsa, mientras duró como tal en el poder, la tragedia Macbeth. Ni él ni ella alcanzaban (ni alcanzan) las dimensiones trágicas ni la profundidad filosófica de los personajes del gran bardo inglés, pero sus acciones remitían, en tono patético y farsesco, a aquella obra. En el intento de retomar el legado de su padre y completar una secuencia trunca, el hijo Máximo evoca de manera burda (y siempre farsesca) las tribulaciones del príncipe Hamlet, aquel de “algo huele a podrido en Dinamarca”. Lo podrido está en la política nacional, pero esto no es Dinamarca ni de lejos y el aire trágico que emanaba de la pluma de Shakespeare es remplazado por acciones toscas y bastas.

La trágica muerte del demócrata progresista Lisandro de la Torre, que se suicidó el 5 de enero de 1939, tras luchar inútilmente contra la corrupción, da lugar a farsas protagonizadas por los De Vido, los Jaime o hasta quienes, como Luana Volnovich, se atan a sus cargos con excusas hipócritas después de haber quedado en evidencia por corrupciones económicas en unos casos y morales en otros. Si presidentes como Arturo Illia son destituidos ilegalmente y viven y mueren en la austeridad y la pobreza (tragedia), los Kirchner declaran cuantiosas fortunas, cobran millonarias pensiones del Estado, convierten cajas del patrimonio común de la ciudadanía en bienes políticos y personales y se aferran a fueros y cargos en procura de inmunidad o impunidad (farsa). E incluso bajo su influjo tanto ellos como sus cortesanos y militantes transforman temas ligados a episodios trágicos, como el de los derechos humanos o la conmemoración de la fecha en que se instaló la dictadura militar, en parodias farsescas que los vacían de sentido. O, peor, que tergiversan su significado.

A diferencia de la idea de Marx, las farsas en todos estos casos (y en tantos otros que se podrían citar como ejemplo) no provocan una risa que permita tomar perspectiva y analizar el pasado. Son presente y, como ocurren aquí y ahora, terminan generando tanta desazón, tanta pesadumbre, tanta impotencia y devastación como las tragedias que remedan de un modo grosero. Más aún cuando la oposición, con su estilo y a su manera, no deja de empollar, sin prisa y sin pausa, sus propias farsas. Y la historia gira en el círculo vicioso de un eterno y sombrío presente.

*Escritor y periodista.